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20 de julio: ¿Independencia para quién? Una reflexión crítica sobre la gesta libertadora y la exclusión de los pueblos originarios

Por ti Colombia…

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07/20/2025

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20 de julio. Fotografía: Archivo particular.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona / Director General del Sistema Informativo La Palestra.

Cada 20 de julio, Colombia se cubre de tricolores, retumba con marchas militares y se embriaga de discursos patrióticos que celebran “la libertad” conquistada en 1810. 

Se habla del “Grito de Independencia”, del Florero de Llorente como símbolo de insubordinación, de criollos visionarios que encendieron la llama de la emancipación y se festeja con orgullo el nacimiento de la nación republicana, como si aquel acto fundacional hubiera incluido a todos los pueblos que habitan este territorio. 

Pero, con mirada crítica y memoria más amplia, vale preguntarse: ¿libertad para quién? ¿Fue realmente una independencia o simplemente un relevo en las élites del poder? ¿Qué significó esta gesta para los pueblos originarios?

El relato hegemónico sobre el 20 de julio tiende a romantizar un episodio impulsado por los criollos, descendientes de europeos nacidos en América, que buscaban autonomía frente al dominio peninsular. 

No obstante, al analizar el trasfondo económico y social, lo que se evidencia es una disputa entre dos grupos de poder dentro de una misma lógica colonial, toda vez que los criollos no buscaban destruir el sistema, sino apropiárselo y su proyecto de “libertad” no contemplaba a indígenas, esclavizados, campesinos ni sectores populares. 

El nuevo orden republicano se erigió sobre los mismos cimientos excluyentes del virreinato, y en muchos casos, las nuevas repúblicas mantuvieron e incluso profundizaron las desigualdades estructurales.

Mientras se libraban batallas por una bandera, en los territorios indígenas se seguía luchando por algo más elemental, como era el derecho a existir sin ser despojados, evangelizados, esclavizados, abusados o invisibilizados.

Para las naciones originarias, el proceso de independencia no representó ni redención ni inclusión; por el contrario, muchas comunidades indígenas percibieron la gesta independentista como una continuación, o incluso una intensificación, del colonialismo, pero ahora con nuevos nombres, nuevas banderas y nuevos opresores.

Durante la Colonia, los pueblos nativos habían sido explotados mediante instituciones como la encomienda, la mita y el resguardo, y aunque algunos clanes ofrecían cierta protección jurídica, en el periodo republicano estas figuras fueron desmanteladas sistemáticamente. 

Los nuevos gobiernos criollos vieron en los territorios oriundos un obstáculo para el desarrollo económico y promovieron la asimilación forzada, la desaparición de sus autoridades tradicionales y la destrucción de sus sistemas de conocimiento, porque la “independencia” no los liberó del yugo, sino que reconfiguró las formas de sometimiento.

Para comprender el verdadero impacto de la independencia, es preciso retroceder aún más y evaluar la llamada “Conquista” representada como el punto de partida de la civilización en América porque, la conquista fue en realidad un proceso brutal de invasión, saqueo, genocidio y destrucción de sistemas culturales, espirituales y políticos profundamente enraizados. La Independencia de 1810 no significó el fin de ese proceso, fue más bien una mutación de sus formas.

La historia oficial presenta la gesta libertadora como la aurora de la democracia, pero para las naciones originarias fue, en gran medida, la consolidación de su marginación por cuanto, mientras los criollos redactaban constituciones, los pueblos campesinos eran despojados de sus lenguas, sus creencias, sus tierras y sus derechos.

Por supuesto que la celebración del 20 de julio no debe abolirse, pero sí transformarse interiormente, porque, necesitamos resignificarla para que no siga siendo la conmemoración excluyente de una libertad ficticia. 

Es hora de reconocer que la nación colombiana no nació en 1810, ni se limita al relato de héroes en casaca montados a caballo, porque Colombia es un tejido ancestral de pueblos originarios que existían milenios antes de la llegada de Colón y que aún hoy resisten.

La verdadera independencia debe ser inclusiva, plurinacional y descolonial. Implica reconocer que hay múltiples memorias, múltiples relatos de país, y que ninguno puede llamarse “libre” si persisten la discriminación, el racismo estructural, el extractivismo, las dictaduras, el narcisismo, la corrupción y la invisibilización cultural.

El 20 de julio no puede limitarse a las loas militares ni a las gestas de bronce. Debe ser una oportunidad para reflexionar críticamente sobre el país que hemos construido y sobre las voces que han sido silenciadas y, la verdadera independencia será la que logremos cuando los pueblos todos o los campesinos, no solo sean recordados en notas de pie de página, ni en acalorados discursos populistas, sino cuando sean examinados como sujetos históricos, políticos y espirituales fundamentales para la Colombia que soñamos.

La gesta libertadora, así como fue narrada, no fue la libertad de todos, pero aún estamos a tiempo de construir una patria más justa, más digna y más coherente con la diversidad de quienes la habitan. Entre la multiplicidad y las diferencias de unos y otros, entre las agudas polarizaciones que dejan los caudillos y sobre todo en medio de las guerras cibernéticas donde se arman grupillos de ideologías ficticias, olvidando que al final del camino, somo un solo pueblo, una sola patria, el mismo país o como dice el maestro Leonardo Laverde en su bambuco…” Colombia una sola bandera” …

En medio de los desafíos diarios que enfrenta la nación, es deber de todos los colombianos reconocer con gratitud y respeto a quienes, con valor inquebrantable y compromiso silencioso, salvaguardan el orden constitucional y la soberanía de nuestra patria.

Las Fuerzas Militares de Colombia, Ejército, Armada y Fuerza Aérea, Policía, han sido, a lo largo de la historia, garantes del territorio, defensores de la institucionalidad y escudo ante las amenazas que buscan desestabilizar la paz. Su sacrificio, muchas veces anónimo, ha estado marcado por jornadas extenuantes, zonas adversas y decisiones difíciles que no todos están dispuestos a asumir.

A ellos y a todos los funcionarios que tienen la espinosa tarea de aplicar con firmeza las normas, aun en medio de incomprensiones, les expresamos nuestra gratitud, porque su labor contribuye de manera fundamental al propósito mayor de construir una nación justa, soberana y respetuosa de la ley.

Sabemos que cumplir y hacer cumplir las reglas no siempre trae aplausos, pero sí honra, porque se sostiene en la convicción de que una nación sin orden ni justicia está condenada al caos. Por eso, a todos los hombres y mujeres que portan uniforme con dignidad y vocación de servicio, nuestro respeto incondicional y nuestra gratitud perenne.

Y a todos nosotros, ciudadanos de a pie, que la historia no nos recuerde como actores pasivos, ni como simples parlantes multiplicadores de odios heredados, resentimientos enquistados o querellas estériles. 

Que no quedemos retratados en las portadas del recuerdo, como espectadores indiferentes, sino como protagonistas conscientes de una sociedad que, a pesar de las tormentas, lucha con dignidad para sostener sus principios, sus convicciones y su grandiosa cultura ancestral.

Porque construir país no es solo tarea de quienes empuñan un fusil o portan un uniforme, sino también de quienes, desde la palabra, el verso, el trabajo honesto, la educación, la solidaridad y la memoria, resisten a la descomposición, rechazan la indiferencia y siembran ilusión.

Colombia es una patria compleja, herida en muchas partes, pero también extremadamente hermosa, rica en espíritu, en variedad y en quimeras posibles; por eso, frente a cada dificultad y a cada desafío nacional, cabe repetir una y otra vez, con el alma en alto y la fe intacta, que este país vale la pena. Que esta nación aún puede ser el lugar donde el respeto supere al odio, donde el deber venza al egoísmo, y donde la justicia no sea un ideal distante, sino una práctica cotidiana.

Así, entre todos, no sólo honramos la memoria de quienes han ofrendado su vida por la patria, sino que también nos convertimos en arquitectos de la Colombia viable, esa que sigue con su acento firme en el corazón de quienes no nos rendimos, porque aún sentimos en el pecho, el latido de la esperanza. 

!Por ti Colombia!…

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