
Llega una publicación literaria más del maestro Fernando Rojas Quiñones quien describe de manera sentida su paso por los rincones del país y el mundo, en una búsqueda permanente de sonidos ancestrales y murmullos originarios con los que se han construido los cancioneros, poniendo al descubierto las culturas de diferentes partes del mundo.
«Hay quienes heredan tierras, apellidos ilustres o antiguos relojes de bolsillo. Yo heredé sonidos. No eran legados escritos ni fortunas contables, sino ecos de cuerdas vibrantes y susurros de viento atrapados en la madera de un instrumento.
Así, de manera casi imperceptible, mi casa se transformó en un templo de la música. Primero fue la sala, luego el comedor, después las habitaciones, hasta que el eco de las quejas familiares rivalizaba con la sinfonía de mi creciente colección. Cada objeto tenía un alma, cada cuerda, un secreto, cada tambor, un latido.
Busqué respuestas en los álbumes polvorientos de la familia, en retratos sepia donde el tiempo parecía dormido. Y allí, en el rincón de la memoria, encontré a la abuela Edelmira, consumada intérprete de la Bandola, y a su hermano, un tiplista virtuoso que convertía las tardes de Ciénega Boyacá en un festín de notas y nostalgias. Comprendí entonces que la música no era solo una afición: era un hilo invisible que nos unía a través de generaciones, una llama perpetua encendida en los genes.
El destino continuó revelándome pistas. Supe que la sangre de Jorge Camargo Spolidore, fecundo compositor de bambucos y director de orquesta, corría también por mis venas. No era coincidencia que en la universidad Jorge Tadeo Lozano mi vida se dividiera en acordes y armonías: una orquesta tropical que hacía vibrar las fiestas, un grupo de mechudos que soñábamos con el rock, una tuna con su espíritu hispánico y un ensamble andino que traía consigo los vientos del altiplano.
Más tarde, en los 80s, llegó el legendario «Maletín de la alegría», un viejo morral cargado de maracas, guacharacas y percusión menor, que hacía de cada reunión un carnaval de ritmos. Mientras mis amigos golpeaban con torpeza aquellos cacharros sonoros, yo me perdía entre las notas de la guitarra y la armónica, evocando el espíritu de Dylan, sintiendo que la música era más que un arte: era una forma de habitar el mundo.
Hoy, entre mis manos, mi colección es un pasaporte a culturas distantes, una bitácora de historias que laten dentro de cada instrumento. Son más de cien piezas, cada una con su propia voz, con su propio relato escondido entre las vetas de la madera y el pulso del metal. No es solo una colección: es la prueba de que la música no se elige, nos elige a nosotros».
Así lo describe de manera gráfica y sentida el escritor, músico e investigador Fernando Rojas Quiñones, quien saca a la luz pública el libro “25 historias fascinantes de instrumentos musicales”, en cuyas páginas interiores se revelan leyendas que ilustran la magia que hay detrás de los instrumentos vernáculos pertenecientes a diferentes culturas del universo.
Sobre el autor de esta joya literaria el analista Juan Manuel Navarrete dijo: “Conocí hace más de 25 años a Fernando Rojas detrás de un Guiple. Así, con mayúscula lo digo, porque jamás había tenido la oportunidad de ver una caja de guitarra-tiple con dos diapasones y sus correspondientes encordados y clavijeros, brindando la oportunidad de ejecución de un tiple y una guitarra al mismo tiempo, sólo con la maestría y el talento de un músico consumado como Fernando Rojas, mi amigo, mi colega y casi copartidario. Desde su casa en Chía, Fernando desborda de sonoridad y arpegios las tardes sabaneras de la vereda.
Es el creador y director de “La Insólita Orchestra”, donde con su excepcional talento ejecuta más de seis instrumentos en una sola pieza musical, desde el conocido guitarrón mexicano, el charango, derivado de la vihuela, el piano y hasta un piano de cristal creado por él mismo, con copas de vino, brandy y ajenjo. Fernando es, en mi respetuoso parecer, un excelente Luthier Colombiano, prohibido de ser ignorado por los coterráneos de Chía y sus alrededores, incluida Colombia entera.
Es un gozo para el espíritu escuchar la maestría en la ejecución de sus instrumentos en la Insólita Orchestra, al punto de que su arte y creatividad ya han sido reconocidos en el exterior con invitaciones a eventos internacionales y reportajes de periodistas culturales y artísticos en América y Europa.
Desde estas sencillas líneas, hacemos un merecido reconocimiento al empeño, la creatividad y la visión postmodernista de Fernando, ahora empecinado en promover e impulsar en Colombia un instrumento tan especial como el salterio, incorporándolo a los pentagramas donde habitan y fluyen acuciosas las notas de un bambuco sentido, un pasillo picaresco o un alegre y bullanguero vallenato con todos los juguetes.











