
Por Francisco Antonio Córdoba Bravo, Arquitecto director de la obra Pueblito Boyacense de la Constructora Otálora Asociados.
Uno de los grandes protagonistas que hizo aportes decisivos a las primeras bases de Pueblito Boyacense en la década de los 90 fue el arquitecto y humanista Francisco Córdoba.
Su nombre está inmerso en los cimientos mismos del proyecto, no solo por la precisión de su oficio, sino por la hondura de su mirada: una mirada capaz de entender que la arquitectura no se trata únicamente de levantar muros, sino de construir sentido, pertenencia y memoria.
En aquellos años iniciales, cuando todo era todavía un sueño con forma de locura descontrolada, la Constructora «Otalora Asociados» a quién se le había adjudicado el proyecto, delegó a uno de sus profesionales para consolidar los visos arquitectónicos del proyecto y Córdoba se convirtió en compañero incansable del gestor del sueño, el maestro José Ricardo Bautista Pamplona, y en la dirección de Culturama, juntos pasaban horas y horas imaginando, discutiendo, corrigiendo, volviendo a empezar y ajustando la quimera de hacer un pueblo, pero en esta oportunidad con los escasos recursos de la modalidad de vivienda de interés social.
No eran jornadas de simple trabajo técnico; eran largas conversaciones entre el deseo y el territorio, entre la nostalgia por las plazas boyacenses y la necesidad de darle forma a un lugar nuevo que las honrara sin imitarlas de manera vacía. Cada trazo, cada callejuela, cada ritmo de fachada nacía de ese diálogo paciente y apasionado, como quien talla a mano una pieza destinada a durar.
Francisco Córdoba aportó alma y fue de los que entendió que Pueblito Boyacense no debía ser solo un conjunto cerrado de casas blancas y balcones de madera, sino un espacio con vocación de encuentro, un lugar donde la gente pudiera caminar sintiéndose parte de una historia mayor.
Su formación humanista le permitía traducir la idea de Bautista, no sólo como obra física, sino como gesto cultural: un fraterno abrazo entre el pasado boyacense y el presente de la región y un refugio simbólico para la identidad.
Por eso, cuando hoy recorremos Pueblito Boyacense y vemos la armonía de su conjunto, la manera en que las calles se abren hacia la plaza, la calidez de sus proporciones y esa sensación de estar entrando a un pueblo que “siempre estuvo ahí”, también estamos caminando por una parte de la mente y del corazón de Córdoba.
Su inspiración se volvió paisaje habitable y aquella idea genial que parecía tan frágil sobre la mesa de trabajo terminó siendo realidad arquitectónica gracias a sus aportes al proyecto y a ese rigor amoroso con el que lo acompañó desde el inicio.
Luego de muchos años de haberse hecho realidad aquel sueño, el arquitecto Córdoba nos sorprende con un sentido escrito, como homenaje y declaración de amor a un proyecto en el que él puso conocimiento, latido y corazón.
«Pueblito Boyacense pálpito de luces y esperanzas»
Pueblito Boyacense late hoy en destellos de mil colores, luces y algarabía, transformando sus calles y plazas empedradas en un tapiz en donde el encanto hace presencia, tejiendo sueños e ilusiones, recreando la esencia de la geografía boyacense en cada uno de sus rincones, Villa de Leyva, Ráquira, Tensa, Monguí, Tibasosa, Sáchica y Cocuy.
Las figuras iluminadas en cada una de sus plazoletas como en la principal donde el tocado del cacique, testigo mudo, orla con su penacho momentos épicos que pasaron de la historia a la leyenda. En sus callejuelas, la dureza petrea de sus zócalos contrasta con la ternura y la alegría desbordante de estas fechas decembrinas que celebran la Navidad, el año viejo que se va, pero también, la esperanza de un nuevo amanecer con el despertar del nuevo año que ya se avizora.
Esta atmósfera tan propia, tan sentida y especial, busca envolver a propios y visitantes, uniendo en un mismo espíritu los villancicos, los cantos infantiles y la melódica presencia de conjuntos juveniles con la cálida nostalgia de los viejos.
Estamos en ese mes que nos recuerda que alguna vez fuimos niños, pero que en cada brillo de esas luces multicolores aún florece para todos, esa fe en el futuro y el júbilo por vivir.
Es un testimonio, aún hay anhelos por cumplir y milagros por admitir.
Calurosas felicitaciones a Pueblito Boyacense, a sus gentes y a todas aquellas personas que de una u otra forma hicieron tangible ese regalo de mágica belleza para todos aquellos que visitan este pequeño terruño enclavado en los fértiles laresboyacenses de Duitama.











