
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Hay mujeres cuya existencia termina confundida con el paisaje espiritual de un país; mujeres que dejan de pertenecer únicamente a una familia para convertirse en refugio simbólico de una memoria colectiva.
Así partió “Mamá Nina”: Ana Luisa Becerra, figura tutelar de la música andina colombiana, guardiana de una tradición construida con cantos de cuna, arrullos bambuqueros, partituras familiares, noches de ensayo y silencios donde también habitaba la música.
Con su despedida se apaga una presencia irrepetible dentro del universo cultural colombiano; una voz materna que acompañó durante más de un siglo entero la respiración artística de varias generaciones.
En torno suyo crecieron bambucos, pasillos, poemas, novelas, sonetos y ceremonias domésticas donde la música ocupaba el lugar del pan sobre la mesa; indispensable, diaria y sagrada.
Ana Luisa había nacido para escuchar y el oído musical heredado de María Luisa Calero Carvajal y Jesús Becerra Lemons encontró desde muy temprano una parcela fértil en la sensibilidad de aquella niña de ojos atentos que años más tarde convertiría su hogar en una de las células familiares más importantes de la tradición vocal colombiana.
Junto a la educadora Sor Vicenta Cabrera fortaleció una formación intelectual extraordinaria que atravesó la literatura, la pintura, la psicología y el pensamiento espiritual con una naturalidad poco común.
Ni siquiera el tiempo logró imponer límites a su aprendizaje porque cerca de los ochenta años ingresó a estudiar teología en la Pontificia Universidad Javeriana, afrontando la virtualidad con la misma serenidad con la que otras personas acomodan una lámpara o abren una ventana.
Aprendió a usar computadores, videollamadas y nuevas tecnologías con la curiosidad intacta de quien jamás permitió que la edad clausurara la capacidad de asombro.
Su casa terminó convirtiéndose en un conservatorio afectivo y allí crecieron once hijos atravesados por el canto, la disciplina vocal y la afinación rigurosa que Ana Luisa impartía con precisión casi litúrgica.
Cada ramificación de su vientre incorporada al coro familiar representaba una nueva extensión de su sensibilidad artística y los Arellano terminaron levantando una genealogía donde la música circulaba como herencia sanguínea.
La historia de amor junto al locutor Luis Alfonso Arellano García parecía escrita desde la música misma; él salía de la emisora Voces de Occidente, levantaba la mirada hacia la joven de ojos verdes y le anunciaba desde la distancia radial: “Hoy te voy a dedicar este programa musical”.
Aquella escena terminó transformándose en uno de los relatos sentimentales más entrañables de la cultura bugueña y juntos edificaron una familia destinada al arte, al canto y a la defensa de la identidad musical colombiana.
Pero la vida también le reservó estaciones de devastación profunda. El 27 de noviembre quedó grabado para siempre como una fecha marcada por la tragedia. Ese día de 1969 falleció su esposo Alfonso Arellano García. Veinte años después, exactamente el mismo día, el destino volvió a tocar su puerta con una violencia inimaginable: su hijo Gerardo Arellano, tenor, maestro y músico de inmensa estatura artística, abordó el vuelo de Avianca que jamás llegó a Cali tras el atentado terrorista que estremeció al país y dejó 107 víctimas.
Madre y viuda; dos duelos atravesados por la misma fecha. Dos ausencias instaladas para siempre en la memoria doméstica; sin embargo, Ana Luisa transformó el dolor en escritura y allí donde otras personas habrían encontrado únicamente oscuridad, ella levantó poemas, sonetos y páginas enteras donde las lágrimas adquirían forma literaria. “Yo me pongo a escribir y se me van las penas”, repetía con una lucidez conmovedora mientras la vida continuaba ardiendo alrededor de su hoguera.
Aquella fortaleza silenciosa terminó irradiando a toda su descendencia. Beatriz Arellano Becerra, Eugenio Arellano, Juan Consuegra y Federico Arellano continuarían defendiendo el folclor andino colombiano como abanderados de una tradición recibida directamente de las manos de Ana Luisa y el bambuco, especialmente, encontró en esa familia una comarca de permanencia y dignidad cultural que hoy se exhibe con orgullo en los escenarios de Colombia y el mundo.
Su existencia alcanzó dimensiones casi legendarias; tatarabuela, matriarca de cuatro generaciones y consejera permanente de hijos, nietos y bisnietos, Ana Luisa llegó al centenario rodeada por 71 descendientes que encontraban en ella una fuente inagotable de sabiduría.
“Mamá Nina”, como amorosamente la llamaban, seguía respondiendo llamadas, ofreciendo consejos y pronunciando palabras capaces de calmar cualquier tempestad familiar.

En 2017, Funmúsica y el Festival Mono Núñez le otorgaron el Premio a Toda una Vida, reconocimiento destinado a honrar décadas enteras dedicadas a cultivar la música en múltiples generaciones, distinción que apenas alcanzaba a insinuar la magnitud de su legado.
Ana Luisa Becerra deja además una obra escrita donde sobreviven intactas sus búsquedas interiores: Velero Azul, Pensamientos, Un viaje feliz, Lucía y Gitano Josué, publicaciones donde la sensibilidad literaria acompañó permanentemente su universo musical.
Hoy, mientras la música andina colombiana atraviesa uno de sus silencios más hondos, la figura de Ana Luisa permanece suspendida sobre el país como una lámpara encendida en medio de la memoria y en cada bambuco interpretado por sus hijos, en cada coro familiar, en cada verso escrito para combatir la tristeza y en cada guitarra afinada dentro de su descendencia, continuará respirando aquella mujer que convirtió el arte en una forma de raigambre espiritual.
Su partida deja vacía una silla fundamental dentro de la cultura colombiana, pero también deja encendida una llama eterna en forma de herencia imposible de apagar.
Hoy, “Mamá Nina” vuelve a encontrarse con Gerardo Arellano Becerra en ese territorio misterioso donde las ausencias recuperan su nombre y donde la música continúa pronunciándose en voz baja sobre la eternidad.
Madre e hijo regresan al mismo coro, rodeados de partituras invisibles, inventando poemas para el descanso del alma y convirtiendo cada recuerdo en delicadas polifonías suspendidas sobre el tiempo, y mientras Colombia despide a una de sus grandes guardianas culturales, Ana Luisa vuelve a abrazar a los suyos para continuar, desde otra dimensión del canto, acompañando la memoria afectiva de generaciones enteras que seguirán susurrando su nombre hasta el sollozo.
Honramos su memoria y su recuerdo, escuchando Velero Azul, de autoría de «Mamá Nina» con la interpretación magistral de su hijo, el también fallecido Gerardo Arellano Becerra:











