
Por: José Ricardo Bautista Pamplona / director general – Sistema Informativo La Palestra
La noche del sábado 18 de octubre descendió sobre Bogotá con la delicadeza de un telón que cae en cámara lenta.
El teatro del Gimnasio Moderno, solemne y encendido de presagios, y bajo la batuta de Ricci Producciones, abrió sus puertas para dejar entrar a los hijos de la nostalgia. Afuera la ciudad continuaba su rumor, pero dentro el aire tenía otro peso, otro tono, otra respiración, la de los instantes que no se repiten.
Era la noche del Dueto Nocturnal, la noche de sus treinta años, la noche en que la música se convertía en memoria y la memoria en una forma de oración taciturna que traducía las plegarias por la paz, la misma que se escuchó en el bambuco de Alfonso Ricardo, “bajemos las armas”.
Desde el vestíbulo se sentía que algo sagrado iba a ocurrir. Los pasos resonaban con timidez, como si temieran quebrar el silencio que precede a los milagros. Los abrazos eran más largos, los saludos más hondos, y en cada mirada se adivinaba la alegría de quien se reencuentra con un pedazo de sí mismo.

Allí estaban todos, autores, compositores, intérpretes, periodistas, cultores, soñadores, amigos y cómplices de tantas travesías, convocados por un mismo pulso invisible, el amor por la música del Dueto Nocturnal que nombra lo nuestro, que nos recuerda que seguimos siendo un mismo canto repartido en muchas voces.
El teatro, atiborrado hasta el último rincón, respiraba expectante; las luces dormían aún como si aguardaran la señal de los dioses, y entonces, un murmullo se convirtió en silencio, y el silencio en atención. Apareció Juan Consuegra, trovador de palabra y arquitecto de décimas, quien con naturalidad y sin protocolos, fue hilando anécdotas, risas y pequeñas nostalgias que sirvieron de antesala al prodigio.
Alfonso y Vladimir aparecieron bajo una luz suave, tiple y guitarra en mano. Bastó el primer acorde para que la emoción encontrara su cauce. La música comenzó a fluir como un río que vuelve a reconocerse en su vertiente antigua, entre el murmullo de San Marcos y las cordilleras de Santander.

Las canciones iniciales eran fragmentos de la historia misma, esas obras que se quedan suspendidas en el tiempo y siguen respirando en los corazones de quienes alguna vez las oyeron al calor de un recuerdo.
Así comenzó el viaje: un recorrido por los caminos de la canción andina, por los versos que aún saben a campo y a madrugada, porque cada obra era una postal sonora, un regreso al alma colectiva del país, y entre uno y otro, el público respiraba al compás de los artistas, como si esa noche, los corazones hubieran aprendido a latir con el mismo ritmo.
Poco a poco, el escenario se pobló de nuevas presencias. El sonido se expandió y la textura musical se volvió un lienzo de herencias. Apareció el santandereano Yonatan Reyes, con su órgano de sonidos profundos y cristalinos, como una voz que baja desde las montañas.

En sus manos vibraba la herencia de Jaime Llano González, pero también la huella personal de quien acaricia notas y memorias. Junto a él, el maestro Mario Martínez, hijo del legendario tiplista del mismo nombre e integrante del Dueto de los Hermanos Martínez, quien desplegó su maestría con la naturalidad de quien lleva la música en la sangre.
Y allí mismo, el primogénito del inolvidable “Wafa”, compañero de Velosa en tantas andanzas campesinas, Luis Felipe Aljure, trajo consigo el pulso alegre de la tierra, la picardía del terruño, el alma de los caminos entre percusiones sentidas que hicieron galopar el alma.
El Dueto Nocturnal, acompañado por su piano y su tiple, se sumergió en los aires que definen la raíz: el bambuco “Brisas del Pamplonita” acarició los sentidos con su melancolía serena, mientras el pasillo y la danza, ese espejo donde la nostalgia se mira y sonríe, dibujaban en el aire un cimbrado de ecos y espiraciones.

Desde entonces, el concierto fue un peregrinaje por la memoria melódica del país. Cada nota era un gemido suspendido hacia el ayer, cada acorde, un homenaje a los juglares que nos legaron la esencia de nuestra identidad: José Alejandro Morales, Jorge Villamil, Luis Carlos González y tantos otros nombres que hoy siguen resonando en las nuevas generaciones como plegarias de pertenencia.
De pronto, la escena cambió su temperatura, y como una flor que se abre entre las luces, apareció Mariana la Colombiana, con su traje de tricolor nacional, tomada de la mano de su padre, el gran Leonardo Laverde.
Su presencia desbordó ternura. Es una niña y es un símbolo; la promesa viva de un país que aún cree en el poder del arte como cura sanadora, y cuando de manera jocosa el presentador le preguntó por qué cantaría esa canción, su respuesta fue un chispazo de inocencia y determinación: “Porque yo soy Mariana la Colombiana”. Esa frase, dicha con el candor de la infancia, se quedó flotando en el aire, convertida en verso, en insignia y en motivo de orgullo; su voz limpia y sincera llenó el teatro de una emoción pura, casi irreal.

Luego vino el turno de la gran Beatriz Arellano, esa mujer cuya voz parece haber nacido con el eco de los cañaduzales y la fuerza de los ríos. Su presencia fue una llamarada, porque revivió obras inmortales como “Hay que sacar al diablo”, de su hermano Eugenio, con esa mezcla de poder y ternura que solo ella sabe conjugar, y cuando ella abandonó la escena, la dinastía Arellano continuó con la interpretación de Juan Consuegra, que ya no solo presentaba, sino que también cantaba.
Al encuentro llegó la inconfundible María Isabel Saavedra, dueña de una voz que parece hecha de seda y de viento, de palabra y de sueño. Juntas construyeron un instante de dulzura suspendida, un duelo de belleza donde el público escuchó sin moverse, temiendo que un solo aplauso rompiera el hechizo.
Y entonces, como si la noche quisiera multiplicar su encanto, se unieron otras voces femeninas a la de Saavedra, Lucena Rojas y Letty Santamaría, para cantar a las mujeres que han sostenido la historia con las manos, con la esperanza y con la sangre.

Cuerpos y almas que han defendido el derecho a soñar, a cuidar, a recordar; mujeres que, como la reciente Nobel de la Paz, han forjado desde la entraña misma la memoria que nos salva del olvido.
La velada alcanzó su punto de esplendor cuando, en medio de aplausos y emociones, la Fundación Promúsica Nacional de Ginebra, custodia del Festival Mono Núñez, se hizo sentir en el escenario, su presidente, Julián Peña, y la ejecutiva Clara Eugenia Collazos entregaron al Dueto Nocturnal una placa conmemorativa que selló, con gratitud y afecto, tres décadas de entrega, amor y permanencia.
Aquel acto fue seguido por las palabras del compositor y periodista José Ricardo Bautista Pamplona, quien, con emoción contenida, anunció el nacimiento de un sueño: «Dueto Nocturnal Sinfónico», un proyecto que en 2026 habrá de reunir la esencia de estas tres décadas en un abrazo entre lo popular y lo sinfónico, entre la raicilla y la inmensidad.

Y cuando parecía que la noche ya lo había dado todo, el tiempo se detuvo una vez más. La familia del recordado Arturo de la Rosa subió al escenario para entregar a Funmúsica una joya de incalculable valor: la cinta original de la grabación para televisión en blanco y negro del primer Festival Mono Núñez, filmada por la programadora «Arturo de la Rosa Televisión» hace ya 51 años.
Fue un momento de silencio reverente. Tener en las manos aquel testimonio fílmico era como mirar directamente los ojos de la historia. La emoción del público fue contenida y colectiva, como si en ese acto se nos devolviera un pedazo del alma nacional.
Después vino el cierre, majestuoso y profundo. El Dueto Nocturnal regresó al escenario para mostrar su rostro más amplio, más universal. Las notas se elevaron hacia lo intemporal: “Granada” y otros temas del repertorio mundial se fundieron con la danza, y los cuerpos se convirtieron en música visible. Era el arte en su forma más pura: sonido, movimiento y emoción en perfecta comunión.

Lucena Rojas y Letty Santamaría regresaron al escenario, y juntos, todos los artistas, tejieron un final de antología. Las luces parecían temblar con el último acorde, y el público, de pie, ofreció un aplauso que no terminaba, un aplauso que no sólo celebraba un concierto, sino una historia, como aquella que han tejido Alfonso y Vladimir.
Así cerró la noche recordando los versos con los que abrieron el concierto, el bambuco de Luis Carlos González, aquel que habla del caminito y la tarde, y con la emblemática obra de Lucho Bermúdez que inmortaliza a Colombia, como un himno de fe y alegría.
Y cuando las luces se apagaron, aún flotaba en el aire una certeza de que mientras existan voces como las de Alfonso y Vladimir, el alma de Colombia seguirá cantando y los versos de los juglares de ayer y hoy continuarán calando en lo más profundo del alma citadina.

Se dio inicio entonces a una celebración que se prolongará hasta octubre de 2026, cuando el tiempo mismo, convertido en partitura, siga escribiendo en sus compases la leyenda de este prodigioso encuentro de voces.
Será un año preñado de memorias y de presentimientos, un año que presagia nuevos amaneceres para el pentagrama nacional, porque el arte verdadero no se detiene; se renueva, se multiplica y florece en cada escenario donde vibra la emoción.
Vladimir y Alfonso, dos almas que la música unió en un mismo pulso estelar, seguirán llenando de cadencias atenoradas el horizonte sonoro de la patria, porque en sus voces confluyen la dulzura del recuerdo y la claridad del porvenir; en su canto habita la ternura de lo humano, la fe en lo que no se apaga y la certeza de que la belleza, cuando nace del alma, tiene vocación de eternidad.











