
Hay seres cuya existencia parece trazada por los designios del compromiso y la entrega, almas cuya vocación no es otra que la de servir, amar y construir puentes invisibles entre los sueños colectivos y las realidades del pueblo.
Uno de esos hombres extraordinarios es Armando Reyes Lara, tejedor incansable de comunidad, memoria y afecto.
Su nombre, pronunciado con reverencia en las esquinas de Duitama, resuena como un eco noble que atraviesa el tiempo, porque Armando no es simplemente un ciudadano, es un testigo privilegiado de la vida que acontece entre montañas, aceras y esperanzas; es el guardián de los instantes que se desvanecerían si no fuera por el disparo oportuno de su cámara fotográfica, que convierte lo efímero en historia.
Dueño de una mirada que sabe ver lo esencial, Armando ha hecho de la fotografía su testimonio de amor por la tierra que acogió su ser y su lente no solo captura imágenes, detiene la respiración de los días, inmortaliza los abrazos y convierte los gestos cotidianos en poesía visual. Su archivo es una geografía íntima de Duitama, un corazón abierto que late con cada clic.
Pero no se detiene allí su generosidad, porque el viejo Armando, es amigo leal de los artistas, mecenas silencioso de jornadas culturales, animador de veladas musicales donde su alma se mece al son de bambucos, pasillos y guabinas, porque Armando ha sido siempre un fanal encendido en medio de las sombras y con cada verso que tararea, con cada concierto al que asiste, reafirma su amor por lo nuestro, por lo auténtico, por lo eterno.
Entre sus muchas pasiones, el periodismo empírico ocupa un lugar sagrado y en él ha encontrado la herramienta para elevar la voz de los sin voz, para poner el micrófono al servicio de los olvidados, de los que transitan por las márgenes del poder.

Así nació “Calle arriba y calle abajo”, esa joya radial que, más que un programa, es un acto de justicia sonora. Allí, en las ondas de La Voz de los Libertadores, Armando camina, literal y simbólicamente, las calles de su ciudad, dando palabra al tendero, al artista, al líder comunal, al niño soñador y a la abuela sabia, porque nadie es invisible bajo su mirada, nadie es insignificante cuando su voz resuena.
Y como todo lo que nace del alma auténtica, “Calle arriba y calle abajo” se convirtió en parte del patrimonio afectivo de Duitama, es la bitácora viva de una ciudad que, pese a los remolinos de los nuevos tiempos, aún cree en la bondad, en el encuentro y en el diálogo fraterno.
Por eso, el aplaudido cantautor Mario Rincón, otro enamorado del alma popular, ha decidido estofar con melodías y palabras un homenaje a la altura del personaje. Su canción, titulada con el mismo nombre del programa, es un tributo, un acto de gratitud y de justicia.
En ella, Mario Rincón canta al servidor, al caminante, al soñador incansable que es Armando Reyes Lara. Canta a sus huellas en las veredas del tiempo, a su ternura vestida de reportero, a su don de gentes, a su camaradería que no se agota ni se doblega.

Así, en cada acento de esta sentida composición, se alza la figura de un hombre que ha hecho del servicio un arte, y de la calle, su escenario más noble, porque Armando no necesita títulos ni honores, le basta con el respeto de su pueblo, con el abrazo espontáneo del vecino, con la mirada emocionada de aquel a quien alguna vez dio aliento.
Ahora, gracias a esta canción que ya palpita en la síncopa de los corazones duitamenses, su legado se multiplica. “Calle arriba y calle abajo” no es tan solo el nombre de un programa; es el símbolo de una canción y unas trovas echadas al viento, la vida consagrada al bien, a la palabra, a la memoria y a la esperanza.
Disfrutemos aquí de: «Calle arriba y calle abajo». Composición de Mario Ricón Ortíz. Interpretes: Mario Rincon y Edna Fernanda Acosta Álvarez











