
La cultura de Boyacá hoy inclina su rostro, como se inclina el árbol ante el viento de la pérdida. Llora el arte, pero también honra, y en ese gesto doble, reverente, despide a uno de sus más nobles hijos: Carlos Arturo Avendaño Ortiz, escultor, pintor, gestor cultural y alma incansable de la creación artística en esta tierra de historia y corazón libertario.
Nacido en Tunja, pero criado entre los verdes y los silencios de Cómbita, Carlos Avendaño consagró su existencia a esculpir piedra, bronce o madera, así como sueños colectivos, símbolos públicos, mitologías regionales, porque su vida fue un acto continuo de creación y de entrega y por eso, con manos pacientes y espíritu despierto, transformó la materia en mensaje, el polvo en dignidad y el arte en historia.
Desde muy joven, la marmolería familiar, la tradicional Avendaños, en Tunja, fue su taller y su templo, su aula y su trinchera. Allí, entre relámpagos de cincel y nubes de cantera, germinaron las obras que hoy adornan plazas, parques, santuarios, cementerios y jardines, como ramas de su alma extendidas por la nación, porque cada escultura suya, es un fragmento sembrado en los profundos raizales del tiempo.
Carlos Arturo fue un sembrador de oportunidades; promovió la formación de jóvenes sin recursos, impulsó procesos comunitarios y defendió con vehemencia la necesidad de que el arte no sea un privilegio, sino un derecho del alma humana.
Creo Fundalibertad, organización con la que soñó, y en muchos casos logró, hacer del arte y el deporte herramientas de transformación social. Junto a grandes amigos como Jorge Armando García y Carlos Humberto, tejió redes, propuso ideas y creyó hasta el último suspiro que la belleza puede salvar.
Y lo demostró con obras monumentales y humildes, visibles y sutiles, públicas y entrañables. En Tunja, el Cementerio Jardines de la Asunción custodia esculturas suyas que dialogan con la eternidad. En Cómbita, su tierra de infancia, dejó su alma estampada en el Parque Cultural de Sora, inaugurado apenas semanas antes de su partida, como si hubiera alcanzado a despedirse en forma de legado.
Su obra cruzó fronteras y en Corferias, durante la gran vitrina nacional de 2012, representó a Boyacá con esculturas de gran formato que impactaron tanto, que algunas hoy reposan en colecciones internacionales. También dejó su impronta en Yopal, Aguazul y otros rincones de Casanare, donde el arte viajó a lomo de sus anhelos.
Fue, un escultor del gesto, del espíritu, de la emoción convertida en volumen. Entre sus obras más representativas, talladas en roca arenisca blanca o fundidas en bronce, se encuentran:
- El «Caballo Loco», cuya fuerza galopa aún en la retina colectiva.
- La elegancia solemne del «Busto a Pedro Pascasio Martínez», símbolo del heroísmo joven.
- La dignidad del «Busto a Rafael Uribe Uribe», donde la historia late.
- La imponencia del «Monumento al Hombre Llanero», un tributo ecuestre al temple del oriente.
- La belleza firme del «Caballo Andino» y el «Caballo en Fibra de Vidrio», armonía de fuerza y poesía.
- La presencia ilustre del «Busto al Libertador Simón Bolívar» y del «Busto a la Madre», símbolos del origen y la esperanza.
- El «Escudo de Sogamoso tallado en piedra», heráldica hecha roca.
- Las obras en óleo sobre lienzo y fibra de vidrio que conjugaban técnicas mixtas y sensibilidad pura.
También restauró símbolos, como el Bosque de la República en Tunja, devolviéndole dignidad a los espacios olvidados. Fue un visionario hasta el último día.
Soñaba con el Festival de la Carranga, con jornadas culturales en Sutamarchán, con nuevas esculturas para su Tunja amada, entre ellas un monumento al ciclista, que sus amigos hoy proponen erigir como homenaje póstumo a su heredad y su memoria y como estela de su paso por los talleres escultóricos de la vida.

Fue lector ávido, pensador crítico, interlocutor fervoroso de alcaldes y líderes, ante quienes proponía con terquedad de poeta. Algunos de sus proyectos fueron ignorados; otros, afortunadamente, se hicieron piedra y forma, palabra y cuerpo.
Hoy, la comunidad artística de Boyacá lo despide con homenajes que no buscan llenar el vacío, sino multiplicar su eco, porque Carlos Arturo deja una resonancia inmortal y el resonar de su martillo, golpeando el cincel de sus ideas rebeldes, de su ternura oculta bajo su overol de trabajo y el espíritu hecho polvo en el taller de sus recuerdos.
Se ha ido un artista integral, un escultor de identidades, un forjador de símbolos; pero el alma de Carlos Arturo, es de esos latidos que nunca se apagan, porque quedan por siempre y para siempre tallados en la historia.











