
Por: José Ricardo Bautista Pamplona- Director General – Sistema Informativo La Palestra
Doce años han quedado guardados en el regazo paciente de los recuerdos desde aquel día en que el maestro, músico y humanista Carlos Julio Aranguren Medina emprendió su partida hacia ese espacio donde la música no concluye y el silencio aprende a sostener lo que fue dicho con el alma. Allí continúa, sin estridencias ni solemnidades, el diálogo sereno entre su aliento y el metal de la trompeta que marcó su vida.
Nació en Pesca, Boyacá, el 7 de julio de 1925, y murió en Sogamoso el 24 de enero de 2014; sin embargo, fue Duitama la tierra que lo acogió como propio y donde hoy reposan sus recuerdos, como si el destino hubiese querido anclar su memoria al lugar donde dejó su huella más honda.
Desde niño, bajo la guía inicial de su hermano Marco Tulio, la música se presentó como juego y compromiso. A los ocho años inició su formación y, con el paso del tiempo, esa vocación temprana se convirtió en disciplina, rigor y una ética inquebrantable frente al oficio musical.

La Banda Municipal de Músicos de Duitama fue su casa, su responsabilidad y su causa, y allí no solo formó instrumentistas: formó carácter. En 1974 llegó su primer galardón en el Concurso Departamental de Bandas de Paipa, y en 1978 asumió la dirección de la agrupación, cargo que sostuvo hasta 2003 con una entrega constante y silenciosa.
Bajo su conducción, la banda alcanzó reconocimientos departamentales y nacionales, obtuvo el título de ganadora de ganadores en 1981 y fue declarada fuera de concurso en 1995, como resultado natural de una labor dedicada, honesta y exigente.
Pero si algo definió al maestro Aranguren fue su condición humana. Hombre de punto blanco, palabra justa y proceder recto, su figura recia inspiraba respeto inmediato, pero bastaban unos minutos de conversación para descubrir en él una ternura profunda, una sensibilidad que no necesitaba exhibirse.
Tenía el porte de los hombres de antes, aquellos para quienes la autoridad no se imponía, sino que se ejercía con ejemplo porque su señorío no estaba en el gesto altivo, sino en la coherencia entre lo que pensaba, decía y hacía.

Era sereno, reservado y profundamente emotivo. Sé quebraba en llanto cuando su banda era ovacionada, no por vanidad ni triunfo personal, sino por el reconocimiento al trabajo colectivo, al esfuerzo compartido, a los años de ensayo y sacrificio.
Muchas veces esas lágrimas no se asomaban al rostro; encontraban su cauce en el sonido de su trompeta, en ese tono contenido y melancólico que parecía decir lo que las palabras no alcanzaban.
Los homenajes llegaron sin estrépito, como llegan las cosas que se merecen. El reconocimiento en la Regional del Festival Mono Núñez, su paso por la Alfombra Roja del Festival Internacional de la Cultura, la inclusión de su nombre en el álbum de autores y compositores boyacenses, los tributos ofrecidos por amigos y gestores culturales, y la escultura que hoy permanece en el centro peatonal de Duitama, como señal de gratitud comunitaria.

Hoy, sus hijos custodian su memoria con el mismo respeto con el que él vivió y en un rincón recogido del Pueblito Boyacense, la posada que lleva su nombre guarda fotografías, trofeos y las trompetas que acompañaron su existencia.
Allí permanece el latido misterioso de su vida, como enseñanza permanente, que la música, cuando se vive con rectitud, humildad y amor por los otros, no se apaga. Se queda.
El nombre de Carlos Julio Aranguren Medina se escribe con mayúsculas y se pronuncia con respeto, no por protocolo ni solemnidad vacía, sino porque su vida fue testimonio vivo de una estirpe que entendía el oficio, la palabra y la conducta como una sola cosa.

Perteneció a esos hombres de modales finos y alma transparente, herederos de un tiempo en el que la dignidad se ejercía, donde la autoridad nacía del ejemplo y la grandeza se expresaba en la sencillez.
En su manera de vivir, de enseñar y de hacer música, dejó sembrada una lección que no envejece: servir con rectitud, ternura y respeto por los otros, como aún lo hace el sonido agudo de su metal, persistente en las honduras del silencio.











