
La historia del tiple colombiano se ha construido en los escenarios donde sus intérpretes encuentran oportunidades para crecer, compartir conocimientos y proyectar su talento, y en Charalá, Santander, el Concurso Nacional del Tiple «Pedro Nel Martínez» ha consolidado durante dos décadas y media un espacio dedicado a reconocer a los músicos que mantienen viva una de las expresiones más representativas de la tradición andina nacional.
El certamen nació en 2001 por iniciativa del Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de Santander, con el propósito de estimular y reconocer a los intérpretes del tiple en el ámbito nacional y ese mismo año, el Concurso Nacional de Tiple de San Sebastián de Mariquita cedió sus derechos de autor al Fondo Mixto para dar continuidad al proyecto y la primera edición se realizó en Bucaramanga cuando tuvo como ganador al maestro Henry Mora, oriundo de Socorro, Santander.
En 2002, el concurso se trasladó a Charalá, tierra del maestro Pedro Nel Martínez, y encontró allí un escenario estrechamente ligado a la tradición musical santandereana y en marzo de 2004, mediante la Ordenanza Departamental 0014, durante la administración del gobernador Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo, el certamen obtuvo reconocimiento institucional y posteriormente, su marco normativo fue modificado mediante la Ordenanza 017 de agosto de 2010.
Desde entonces, su trayectoria se ha construido a partir de la continuidad organizativa, el compromiso con los intérpretes y la apertura de oportunidades para músicos provenientes de diferentes departamentos y, de acuerdo con la información suministrada por la organización, el concurso ha entregado al país más de 52 campeones nacionales y ha contribuido a proyectar nombres que hoy forman parte de la historia de la música andina colombiana.
El recorrido de sus ganadores permite reconocer la diversidad que alimenta esta tradición y la lista comienza en 2001 con Henry Mora, de Socorro, Santander, y continúa en 2002 con Gilberto Bedoya, de Manizales, Caldas; en 2003, con Adrián Carlos Manrique, de Charalá, Santander; en 2004, con Carlos Andrés Quintero, de Zapatoca, Santander; y en 2005, con Juan Manuel Araque, de Bucaramanga, Santander.
En 2006, el título fue para Guillermo León Puerta, de Medellín, Antioquia; en 2007, para Yasser Luna Meza, de Barrancabermeja, Santander; en 2008, para Juan Pablo Peña, de Guasca, Cundinamarca; en 2009, para Álvaro Javier Quiroga, de Vélez, Santander; y en 2010, para Felipe Andrés Sánchez, de Bogotá.
La década continuó con una presencia importante de intérpretes santandereanos. Edwin Castañeda, de Charalá, obtuvo el reconocimiento en 2011, seguido por Diego Otero, también de Charalá, en 2012. En 2013, el ganador fue Carlos Vásquez, de San Gil; en 2014, Nicolás Márquez, igualmente de San Gil; y en 2015, Julián David Serna, de Charalá. En 2016, el título correspondió a Camilo Cifuentes, de Bogotá; en 2017, a Vidal Ramírez, de Vélez, Santander; y en 2018, a Javier Ariza, de Bogotá.
En 2019, el ganador fue César Castro, de Bucaramanga. Mateo Vargas, de Armenia, Quindío, obtuvo el título en 2020; Luis Alfredo Pabón, de Floridablanca, Santander, lo consiguió en 2021; y Julián Fonseca, de Charalá, fue el ganador de 2022. En 2023 no se realizó el concurso. La convocatoria se retomó en 2024 con Onofre Alfonso Ortiz, de San Gil, como ganador, y en 2025 el título fue para Jefferson Lizcano, de California, Santander.

Esta sucesión de nombres y procedencias constituye una historia sagrada del certamen, permitiendo observar cómo el concurso ha reunido intérpretes de diferentes municipios y departamentos y también evidencia la relación de Charalá con la tradición del tiple y el requinto, gracias a los músicos de la región que han alcanzado el título nacional y han contribuido a mantener el vínculo entre el ancestro y su patrimonio musical.
Uno de los aportes más significativos del certamen es el impulso brindado a una verdadera «camada» de requintistas, labor que representa una contribución concreta al relevo generacional de la música andina colombiana porque cada niño y cada joven que se aproxima al instrumento, estudia sus posibilidades técnicas y se familiariza con los repertorios tradicionales amplía las perspectivas de continuidad de un lenguaje musical arraigado en la identidad cultural del país.
La formación de nuevos intérpretes requiere disciplina, acompañamiento y espacios donde el aprendizaje pueda convertirse en experiencia escénica y en ese proceso, los concursos ofrecen metas, propician el intercambio entre músicos y permiten que los participantes presenten sus avances ante jurados especializados y públicos diversos, por lo que el trabajo desarrollado en Charalá ha contribuido a que nuevas generaciones de requintistas encuentren un lugar dentro de la escena musical nacional.
El compromiso que ha acompañado al Concurso Nacional del Tiple desde sus inicios se expresa también en su capacidad para reunir a intérpretes, maestros, gestores culturales, jurados y públicos alrededor de un propósito compartido, pero la continuidad del certamen exige una labor de organización y gestión cultural que favorece la circulación de la música, el reconocimiento de sus exponentes, la transmisión de conocimientos asociados a los instrumentos de cuerda tradicionales y en esto las administraciones como la actual de Charalá con Jorge Vega junto al comité organizador apoyados por la gobernación de Santander han sido fundamentales.
La gestión y el compromiso de los líderes que se echan este trabajo al hombro permiten que cada año se entregue una jugosa premiación como sucede este año en la edición de 2026, que contempla estímulos económicos para las categorías infantil, juvenil y mayores, además de reconocimientos especiales que destacan diferentes dimensiones de la interpretación musical.
En la categoría infantil, dirigida a participantes de 6 a 12 años, se entregarán $2.000.000 al primer puesto, $1.500.000 al segundo y $1.000.000 al tercero. En la categoría juvenil, para edades de 13 a 17 años, los premios serán de $3.000.000 para el primer puesto, $2.000.000 para el segundo y $1.000.000 para el tercero.
En la categoría mayores, dirigida a participantes de 18 años en adelante, el primer puesto recibirá $7.000.000; el segundo, $4.000.000; y el tercero, $2.000.000. La programación contempla, además, un reconocimiento de $2.000.000 para el mejor tiple acompañante y otro de $2.000.000 para la mejor obra inédita.
Estos incentivos reconocen el trabajo de los participantes y ofrecen un estímulo para la preparación artística, la exploración interpretativa y la creación musical, y el premio a la mejor obra inédita también abre un espacio para la composición y la renovación del repertorio andino colombiano.

Charalá ha convertido esta cita entonces en un punto de encuentro para la cultura santandereana y para quienes reconocen en el tiple y el requinto instrumentos fundamentales de la sonoridad andina, por cuanto cada edición contribuye a proyectar al municipio como un destino comprometido con la preservación y difusión de sus tradiciones, al tiempo que convoca a visitantes y representantes del sector cultural y turístico en torno a una programación especializada.
La trayectoria del Concurso Nacional del Tiple «Pedro Nel Martínez» se resume en sus campeones, en los músicos que han pasado por su escenario y en los más de 250 requintistas que ha impulsado en tanto que su aporte a la cultura colombiana se prolonga en cada intérprete que asume el compromiso de estudiar, ejecutar, transmitir esta tradición, y en cada nuevo público que descubre en sus cuerdas una parte de la gran riqueza musical de la patria.
«Desde este jueves 29 de octubre de 2026 y hasta el domingo 1° de noviembre, Charalá recibe a los grandes exponentes del tiple y el requinto, así como a jurados, invitados, la prensa regional y nacional, gestores culturales, líderes, gobernantes, las colonias y al público amante de las más bellas tradiciones», así lo manifestó a este medio el maestro Pedro Nel Martínez, en tanto que el cantautor Ramiro Alonso Pilonieta Pico, director artístico del evento, señaló que las bodas de plata serán sin duda un plato fuerte servido a la mesa para el deleite de propios y visitantes.











