
El calendario colombiano vuelve cada año, puntual y ceremonial, a detenerse en el 24 de marzo, como si la memoria supiera que hay nombres que no se recuerdan: se habitan. Y entonces aparece, entre la brisa tibia que baja de la Guajira, la figura de Rafael Manjarrez, nacido en La Jagua del Pilar, allí donde el polvo es música y el silencio siempre está a punto de volverse verso.
Desde ese origen de tierra encendida comenzó a escribirse, casi sin anunciarse, una de las obras más vastas y profundas del cancionero nacional. Más de trescientas canciones han brotado de su pulso, como si cada una fuera una conversación pendiente con el alma del Caribe.
Sus palabras encontraron pronto otros cuerpos, otras voces: las de Diomedes Díaz, Jorge Oñate, el Binomio de Oro, Los Betos… y así, de garganta en garganta, su obra dejó de ser suya para volverse de todos, instalándose sin permiso en la memoria colectiva de un país que aprendió a sentir en clave de acordeón.
Pero hubo un instante, como ocurre en toda gran historia, en el que el tiempo decidió detenerse para escuchar. Fue 1986. En el aire de Valledupar se levantó una canción que no pedía aplausos sino pertenencia: “Ausencia sentimental”. Aquella obra no solo ganó un festival sino que conquistó una emoción que no tenía nombre hasta entonces, y desde ese momento, cada edición del Festival de la Leyenda Vallenata dejó de ser únicamente un encuentro musical para convertirse en un ritual donde la nostalgia se canta de pie, como si doliera bonito.

Han pasado cuarenta años desde ese instante, y sin embargo, la canción no envejece, al contrario, se expande, crece en la voz del que se fue, en el suspiro del que regresa, en el silencio del que recuerda porque se ha vuelto una patria íntima, un lugar invisible donde caben todos los que alguna vez han sentido que la distancia también tiene sonido.
Y mientras esa canción sigue caminando el tiempo, su autor no se ha detenido. En 2024, el país volvió a nombrarlo, esta vez como Compositor del Año, confirmando que su pluma no pertenece al pasado sino a una vigencia que dialoga con nuevas generaciones y sus letras siguen naciendo, ahora en las voces de Rafa Pérez, Beto Zabaleta, Elder Dayán Díaz, como si el legado no fuera una herencia estática sino una corriente viva que se rehace en cada interpretación.
Pero la historia de Manjarrez no se escribe únicamente en partituras, ya que hay otra dimensión, menos visible pero igual de necesaria, donde su nombre también resuena con firmeza: la defensa de quienes crean. Abogado, notario, líder incansable, ha llevado la bandera de los derechos de autor más allá de las fronteras, convirtiendo su voz en un instrumento de justicia.
Desde la presidencia de SAYCO hasta su papel en el Comité Latinoamericano y del Caribe de la CISAC, su trabajo ha sido una partitura distinta: una donde cada nota busca dignificar la vida de quienes escriben, componen y sueñan.

Ese compromiso acaba de ser reconocido también fuera del país. En Colombia, pero con acento internacional, la Sociedad de Autores y Compositores del Perú, APDAYC, le otorgó una condecoración que no solo celebra su trayectoria, sino que subraya su papel como guardián de la creación en toda la región. No es un premio más: es el eco de una causa colectiva que encuentra en él una voz clara, firme, inquebrantable.
Y así llega nuevamente el 24 de marzo, como un regreso, porque Colombia recuerda a Rafael Manjarrez, lo canta, lo piensa, lo agradece, puesto que hay hombres que escriben canciones… y hay otros, como él, que escriben la vida misma con la tinta invisible de la emoción.
En cada verso suyo habita un país entero: sus nostalgias, sus alegrías, sus despedidas y sus regresos. Y mientras exista alguien dispuesto a cerrar los ojos para escuchar, su obra seguirá ahí, intacta, respirando en la memoria, como una certeza profunda de que la música, cuando nace del alma, no pasa nunca… se queda.











