
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director del Sistema Informativo La Palestra
La tarde del pasado 1° de octubre se abrió como un cofre de nostalgias en Duitama, cuando en una jornada sencilla, y emotiva como campana de iglesia en fiesta patronal, se hizo efectivo el lanzamiento de una revista que además de papel y tinta es la memoria viva de aquel certamen orbital que hace tres décadas convirtió a la Perla de Boyacá en epicentro del planeta ciclístico.
La publicación, liderada por el periodista Ricardo Gabriel Cipagauta Gómez y el icónico Armando Reyes Lara, se presentó como un álbum del tiempo, un espejo de fino papiro en el que aún respiran las imágenes de una ciudad que se vistió de colores y banderas para recibir al mundo.
Ellos, vigías de la palabra y del recuerdo, confesaron que la tarea fue una auténtica arqueología sentimental: buscaron fotografías en baúles cerrados como cofres sagrados, desempolvaron negativos escondidos entre hojas amarillentas, y convocaron a coleccionistas, que celosamente guardaban afiches, grabaciones y recortes como quien protege reliquias de familia y hasta las oficinas del Tiempo y el Espectador llegaron los precursores de este documento, para hallar fotografías, especialmente de las mujeres pedalistas que también hicieron parte del certamen.

Esta revista no solo evoca, resucita, porque sus páginas son ventanas abiertas por donde se cuela el aire épico de aquellos días en que Duitama dejó de ser un nombre más en los mapas, para convertirse en corazón emocionante del ciclismo mundial. Allí están los rostros de los héroes del pedal, el júbilo de las multitudes y los colores que pintaron hasta los más mínimos rincones de la ciudad.
Treinta años atrás, un visionario hombre y para la época dirigente deportivo nacional, de apellidos Bermúdez Escobar y de nombre Miguel Ángel, osó soñar lo imposible: llevar a Boyacá los Campeonatos Mundiales de Ciclismo. Aquel sueño, que parecía del tamaño del Himalaya, se volvió carne y asfalto gracias a alianzas trenzadas con la paciencia de los artesanos.
En el gobierno nacional, se encontraba Ernesto Samper Pizano quien dio el apoyo necesario, en Coldeportes Luis Alfonso Muñoz, en la Federación Colombiana de Ciclismo Antonio Ambrosio, en el gobierno departamental el duitamense Alfonso Salamanca Llach, quien fue relevado durante ese mismo periplo por José Benigno Perilla, en las alcaldías por donde también pasó el mundial; Manuel Arias Molano en Tunja, Rodolfo de Jesus Diaz en Paipa y Alcides Gomez Lopez en Tuta, y en la alcaldía, anfitriona, el también visionario hijo de la perla, Héctor Julio Becerra Ruiz, quien abrió las arcas del municipio y las manos del pueblo para levantar un certamen que marcaría la historia de su amado terruño.

Un comité operativo, dirigido por el alcalde Becerra Ruiz e integrado por Guillermo Velásquez, José Ricardo Bautista Pamplona y Ricardo Vesga, uniformados con chaqueta vinotinto y la dotación temporal por parte de la UCI de un vehículo Sprint, asumió la titánica tarea local de darle forma a lo que muchos creían quimera, y articulados con las directivas del certamen que tenía en sus filas a destacados personajes del país y el mundo, fueron estructurando una organización desde lo deportivo, administrativo y lo turístico y cultural para que Duitama no fuera inferior al gran reto.
La ciudad, que parecía un tanto adormecida, despertó de golpe cuando la primera dama, Nuncy Díaz de Becerra, en una agitada reunión en Culturama, propuso que cada barrio adoptara una delegación extranjera, tarea que fue asumida con entusiasmo por los dinámicos presidentes de las juntas de acción comunal entre los que se encontraban Ignacio López, Andrés Limas, Joaquín Tamara, la elegante Consuelito y Armando Reyes, entre otros.
Fue como encender un fósforo en un cañaveral seco: el civismo ardió y de pronto, los techos y los tanques de agua, los postes y hasta las piedras fueron bañados con los colores de las banderas de los países participantes.
La ciudad se transformó en un mosaico esplendoroso, un arcoíris urbano que los aviones registraron desde el aire y que aún hoy habita en la retina de quienes vivieron aquella euforia.

En tan solo días, se agotó hasta el último tarro de pintura y las brochas escasearon junto a la tela con la que se hicieron de manera artesanal y amorosa las banderas gigantes de todos los países de la órbita.
Los frentes de trabajo se multiplicaron como semillas al viento. La prensa local se codeaba con los grandes medios nacionales e internacionales. Estudiantes universitarios aprendían francés a velocidad de ráfaga para atender a los visitantes de la UCI y a las delegaciones internacionales; taxistas y tenderos recibían formación como embajadores improvisados y toda la ciudad se convirtió en anfitriona y en maestra de hospitalidad.
Una guía en tres idiomas liderada por Culturama, con el apoyo de la Facultad de Hotelería y Turismo de la U.P.T.C. y los maestros expertos en lenguas extranjeras de la ciudad, ilustraba a los forasteros sobre las bondades de la acogedora ciudad, en tanto que un CD llamado “Muy boyacense” sirvió de souvenir para que los bambucos, torbellinos y pasillos entonados por los artistas de la región, acompañaran el latir de los corazones henchidos de emoción y viajaran en las maletas de los encopetados visitantes.
La gastronomía, servida en ollas gigantes en mingas y convites, conquistaba los paladares de los deportistas hasta con las hojas de los tamales y las tuzas de las mazorcas. Era la fiesta de los sabores, de los olores, de la generosidad campesina convertida en banquete universal.

Y cómo no evocar aquel afiche que se volvió emblema y reliquia, con el título rotundo “Duitama es mundial”, donde la legendaria Cedrela, árbol tutelar de la ciudad, se alzaba majestuosa como raíz, rodeada por las banderas del mundo que parecían abrazarla en un coro de colores.
Fue tal la fascinación que en pocos días se agotó, y el alcalde junto a su jefe de prensa, Alfredo Deaquiz, debieron ordenar nuevas impresiones para calmar la fiebre cívica de sus coterráneos, quienes lo enmarcaban con orgullo y lo colgaban en salas, oficinas y tiendas como si fuese un retablo. Aún hoy, muchas de esas piezas descansan en las paredes del recuerdo, como estampas vivas de una ciudad que se atrevió a soñar en grande y logró tocar el cielo con las ruedas de la historia.
La osadía también tuvo su símbolo: una valla monumental, auspiciada por la organización Carlos Ardila Lülle, patrocinador oficial del evento, proclamaba con orgullo insolente: “Duitama, capital cívica del mundo”. Y no era exageración, porque durante aquellos días, la ciudad fue un pulso compartido, un tejido de solidaridad que abrasaba a los ciclistas y a las delegaciones del mundo como si fueran hijos propios.
El legado quedó grabado en piedra y asfalto con la inauguración de la famosa Ruta del Mundial, que se convirtió en santuario deportivo y mirador eterno de aquel sueño cumplido. Desde sus curvas empinadas y montañas altivas, el recuerdo aún vigila, como centinela que no duerme, la epopeya que convirtió a la Perla de Boyacá en joya del planeta ciclístico.
A un costado del histórico Parque de los Libertadores, donde aún resuenan los ecos de la gesta libertaria, se levantó una tarima monumental, auspiciada por la entonces naciente Cervecería Leona, que llegaba como un rugido joven a brindar por la fiesta del pedal. Allí, bajo las luces que parecían encender la memoria de los Andes, los aires de la agrupación Nueva Cultura cruzaron con sus voces un tapiz sonoro, mientras las vigorosas y elegantes danzas del Colegio Jesús Eucaristía daban vida a un escenario que parecía latir al ritmo de la tierra boyacense.

Sobre aquella plataforma, donde la emoción era idioma universal, la palabra se elevó en la voz firme y cálida del presentador Ricardo Gabriel Cipagauta Gómez, acompañada por la cadencia en francés de Mery Carolina Ramírez, quien con su traducción hacía que el eco de lo dicho en Duitama viajara sin fronteras hasta el corazón de los visitantes del mundo.Fue un instante de comunión entre la cultura y el deporte, donde las tradiciones locales se convirtieron en embajadoras de Colombia ante los ojos expectantes del planeta.
Hoy, esa memoria regresa, encuadernada en la revista que se lanzó el pasado miércoles; y es que no se trata solamente de un libro, sino de un fraternal apretón entre lo que fuimos y lo que aún podemos ser y un recordatorio de que cuando el civismo despierta y el sueño se comparte, hasta los cerros tutelares se abren para dar paso a la historia.
En las páginas de esta revista que, según anunciaron sus gestores, se tendrá que hacer muy pronto un nuevo tiraje; más que fotografías late todavía la voz de un pueblo que un día entero se convirtió en bandera, en aplauso y en pedazo de un cielo que fue cómplice de todos los que soñaron con vivir un mundial de ciclismo, como en efecto ocurrió hace ya tres décadas.
En el telar inmenso de la memoria, hay un hilo dorado que brilla con luz propia: el del visionario Miguel Ángel Bermúdez Escobar, hijo de esa tierra que, con la audacia de un Quijote y la fe de un sembrador, se atrevió a soñar que las montañas y el nevado de su amado Boyacá podían ser escenario del mundo.
Su empeño fue semilla y su terquedad, arado, porque supo abrir camino entre incredulidades y serranías de dificultades hasta convertir la utopía en hecho tangible. Gracias a su mirada de largo horizonte, Duitama no solo fue anfitriona de un campeonato, sino que se miró al espejo de su propio destino y descubrió que era capaz de escribir páginas universales.











