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Educación

El anhelado encuentro de los liceistas

Llegó el momento del reencuentro. La Palestra informa

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09/05/2025

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El recordado escudo del Liceo Santo Domingo de Guzman. Fotografía Archivo particular.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona director general – Sistema Informativo La Palestra / Exalumno – Liceo Santo Domingo de Guzmán. 

La ciudad de Tunja, con su aire de eternidad y sus campanas que aún guardan ecos de evangelio y de historia, se cubre de emoción para presenciar un abrazo largamente esperado: el reencuentro de los liceistas.

Bajo el cobijo de las montañas boyacenses y el eco de la memoria, vuelven a confluir varias generaciones que, en distintos tiempos y senderos, fueron forjadas por la mano firme y sabia de los preceptos de San Domingo de Guzmán.

Es el suspirado encuentro, es una liturgia del recuerdo, un acto de afectos, donde cada rostro evoca la juventud compartida, cada mirada revive las travesuras y cada palabra restituye los lazos que jamás se rompieron, aunque la vida dispersara los caminos.

Este es el día en que las cuitas se redimen y las nostalgias guardadas en el cofre del tiempo hallan consuelo en la risa compartida, en el relato de una anécdota que vuelve a brotar fresca, como si hubiese ocurrido ayer en los corredores del colegio.

Allí, donde resonaron los pasos apresurados, las voces llenas de ilusión y las primeras preguntas sobre la vida y el destino, hoy vuelve la melodía de la hermandad.

Es el instante en que los corazones se sacian con la cosecha de los recuerdos: la evocación del maestro que marcó huellas con su ejemplo, la complicidad de los compañeros que supieron tender la mano en los días difíciles, la brisa de aquel tiempo en el que la juventud parecía infinita.

Tunja, noble y silenciosa, se convierte en cómplice y testigo. En sus calles de piedra se adosan las memorias a la esperanza; en sus muros centenarios se escuchan, como un murmullo, los nombres de quienes caminaron bajo la misma insignia.

El colegio del alma abre sus brazos para recibir a estos hijos, que no regresan con uniformes ni mochilas, sino con la madurez de la vida recorrida y la gratitud de saberse parte de una misma raíz.

Este encuentro, tantas veces soñado, se vuelve ofrenda y celebración: ofrenda a la memoria de aquellos que partieron y que hoy son presencia invisible, celebración de los que persisten en la tarea de vivir con la huella imborrable de la fraternidad liceísta.

Porque al final, ser liceísta no es sólo haber cursado aulas y exámenes, sino haber aprendido a enramar la vida con valores, amistad con lealtad, recuerdos con esperanza. Hoy, en este anhelado encuentro, las generaciones se abrazan como eslabones de una misma cadena, como notas de una misma canción, como estrellas de un mismo cielo.

Y en medio del apretón sincero, se escucha el susurro de San Domingo: “perseverar en la verdad, vivir en la hermandad”.

Así, el afortunado instante se magnifica; las voces, las risas y las memorias regresan al emblemático patio adosado por arcadas icónicas, esas que aún permanecen erguidas para sostener bajo su techumbre no solo el peso de los años vividos, sino también la grandeza de los senderos recorridos en singular.

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El abrazo estrecho y sincero del reencuentro liceísta. Fotografía Archivo particular.

Ese recinto, que antes albergó sueños adolescentes, hoy se erige como símbolo de resiliencia, testigo inmortal de que la amistad, la memoria y el espíritu liceísta son eternos, capaces de renacer en cada reencuentro como llama que jamás se extingue.

Que este reencuentro selle por siempre y para siempre la solidaridad que florece aún en la distancia, y reafirme el orgullo de haber sido forjados en una institución que hoy honra el trasegar exitoso de sus hijos.

Hijos que un día partieron por el altivo portón, llevando consigo sueños y promesas, y que hoy regresan, nobles y agradecidos, por el mismo zaguán, no para buscar refugio, sino para ofrecer memoria y narrar sus victorias.

Así, este instante se convierte en herencia perpetua: en la certeza de que la huella liceísta no se borra, sino que resplandece con cada regreso, con cada estrujón, con cada vida que testimonia que los lazos verdaderos son eternos.

Hoy se reafirma, con más fuerza que nunca, aquella filosofía que trasciende el tiempo y recoge un sentir colectivo: “sembrar la semilla y no acumularla”.

Porque el don recibido no germina en la codicia, sino en la generosa entrega; porque solo la mano que se abre permite que el grano fecunde la tierra fértil del prójimo y se multiplique en esperanza.

Así lo entendió Santo Domingo de Guzmán, quien jamás reservó para sí la luz, sino que la derramó como llama compartida, convencido de que la verdadera eternidad solo la alcanza quien siembra en parcela ajena y en el corazón de los demás.

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