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Editorial

El apoyo en doble vía, una delgada línea entre la gratitud y la corrupción

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04/07/2025

En la vida cotidiana, en la política, en las empresas y hasta en la cultura popular, la idea de apoyo mutuo está presente de muchas maneras, por cuanto nos han enseñado desde pequeños, que ayudar al otro es un valor esencial, pero rara vez nos advierten sobre los matices éticos de esta acción. 

¿Es lo mismo apoyar a alguien por reconocimiento a su esfuerzo que favorecerlo por conveniencia? ¿Dónde está la línea que separa la solidaridad de la corrupción?

Desde la antigua Grecia, el concepto de reciprocidad ha sido fundamental en las relaciones humanas, Aristóteles, por ejemplo, hablaba de philia, esa amistad virtuosa que se basa en el respeto mutuo y la búsqueda del bien común, analogía donde el apoyo no es una moneda de cambio, sino una expresión genuina de reconocimiento.

Por otro lado, Immanuel Kant defendía que el apoyo debe darse desde el deber honesto, sin esperar nada a cambio y en su concepto moralista, ayudar a alguien no debería depender de lo que obtendremos en el futuro o de lo que recibimos en el pasado, sino del principio de hacer lo correcto. 

En la era actual, el apoyo en doble vía desafía estos principios porque en la política, en los negocios y hasta en la vida personal, muchas veces la ayuda viene con una factura oculta y para no ir tan lejos basta con recordar las miles de ayudas que se entregan a los candidatos en épocas electorales y que luego son facturadas a un escandaloso precio con interredes de agiotistas o qué decir cuando se pone precio al silencio y a la no revelación de “guardados” vergonzosos a cambio de un supuesto “apoyo” futuro.  

John Rawls, en su teoría de la justicia como equidad, ofrece una perspectiva más pragmática y nos dice que el apoyo debe estar basado en manuales de justicia y no en relaciones de conveniencia lo que implica que las oportunidades deben distribuirse de manera justa, sin favoritismos ni atajos que beneficien solo a unos pocos o a los de siempre.

En el mundo profesional, la diferencia entre apoyo legítimo y corrupción es especialmente delicada y se nos dice una y otra vez que el networking es muy importante para el éxito, es decir, construir relaciones, conectar con personas influyentes y aprovechar oportunidades a través de contactos hasta cierto punto, algo que es parte natural del crecimiento profesional.

Pero, ¿qué sucede cuando el mérito deja de ser el criterio principal y se impone la recomendación, el apellido, la compincheria y hasta la complicidad de escondidos de sospechosa maniobra? Aquí es donde el apoyo se desvirtúa y se cristianiza en un obstáculo para la equidad y la igualdad de proporciones.

Casos como el nepotismo en el sector público muestran cómo el favoritismo socava instituciones enteras ya que, cuando una persona ocupa un cargo no por su capacidad, sino por sus conexiones, la organización pierde talento, credibilidad y eficiencia y en contraste, las sociedades que promueven la meritocracia donde el esfuerzo, la experiencia y la preparación determinan el ascenso tienden a prosperar más.

La historia está plagada de ejemplos que ilustran las dos caras del apoyo. En la antigüedad, el sistema de clientelismo comenzó como una relación de protección fidedigna entre ciudadanos y élites, pero con el tiempo se transformó en una red de favores e influencias que perpetuó la corrupción.

En la cultura popular, el cine y la literatura reflejan estas dinámicas con crudeza. El Padrino, por citar tan solo uno de los tantos filmes, retrata cómo los favores siempre tienen un precio y cómo la ayuda se convierte en una trampa disfrazada de generosidad. 

En contraste, muchas otras historias de mentoría en la literatura muestran cómo el apoyo honesto consigue cambiar la vida de una persona sin segundas intenciones y cómo ese sostén se reconcilia con la garantía para sacar adelante los proyectos, porque es bien claro que una persona capaz y con méritos acumulados define en tan solo un instante el logro de objetivos comunes, en tiempos y cronogramas que para otros se hacen eternos y hasta imposibles. 

El dilema del apoyo no es solo una cuestión teórica; es un desafío diario en nuestras decisiones personales y profesionales. ¿Cómo podemos fomentar una cultura de apoyo legítimo? La transparencia, la evaluación objetiva del mérito y una educación basada en valores éticos son la respuesta.

Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de elegir: ¿favorecemos el talento y la justicia, o nos dejamos llevar por la conveniencia y el interés propio? 

En un mundo donde las relaciones son fundamentales, la verdadera diferencia radica en cómo usamos nuestro poder de ayudar a quienes por sobrados méritos merecen ser llamado a dinamizar lo sueños para hacerlos realidad y no cometer el injusto error de abandonar a los talentosos cercanos, en el cuarto del olvido, solo porque sus resultados pueden opacar el deseo de figuración de quienes tienen hoy el fugaz poder, ese mismo que se esfuma tan rápido como la mantequilla en la braza.  

Yo te ayudé, yo te apoyé y ahora tú me apoyas no por la necesidad de pagar favores, sino porque hay méritos de sobra para dar la mano a quienes han demostrado ser sólidos en sus resultados y firmes en sus acciones. 

Ese es quizá un acto de justicia que va más allá de la gratitud.

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