
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general Sistema Informativo La Palestra
El cierre sostenido de medios de comunicación en Colombia no solo ha reducido la oferta informativa, sino que ha alterado de manera sustancial la relación entre poder, información y ciudadanía y lo que durante décadas funcionó como un sistema de vigilancia, con medios ejerciendo control, contraste y verificación, hoy se encuentra debilitado frente a una expansión acelerada de plataformas digitales institucionales que operan sin intermediación crítica y veraz.
Desde antes de la pandemia y con mayor crudeza durante ella, el país asistió a la desaparición progresiva de numerosos medios de comunicación, tanto hablados como escritos; algunos intentaron una transición forzada hacia entornos digitales, enfrentando limitaciones técnicas y financieras que comprometieron su sostenibilidad; otros, simplemente, cesaron operaciones de manera definitiva.
A este panorama se sumó un factor adicional de alta presión ya que en múltiples casos, los propietarios de estos medios debieron afrontar demandas y querellas por parte de sus propios empleados, quienes, ante la pérdida de sus puestos de trabajo, acudieron a instancias judiciales, agravando aún más la situación de quienes, en su momento, les habían brindado una oportunidad laboral en un sector ya debilitado.
Y es que la contracción de la pauta publicitaria, tanto estatal como privada, no fue un ajuste coyuntural, sino un reordenamiento de prioridades estratégicas que terminó por asfixiar financieramente a periódicos, emisoras y proyectos informativos independientes para avivar las plataformas personales en donde se hace propaganda a diestra y siniestra. A menor inversión, menor capacidad operativa; a menor capacidad, menor incidencia y el resultado, los cierres progresivos que han dejado amplias zonas del país sin cobertura periodística seria y confiable.

En ese vacío brotó como la mala hierba, un modelo paralelo de “comunicación” y entidades públicas, empresas privadas, mixtas y actores políticos construyeron sus propios canales de difusión, portales, redes sociales, plataformas multimedia, desde los cuales emiten información sin someterla a procesos de contraste o verificación externa, es decir, un desplazamiento que implica la sustitución de un sistema basado en la pregunta por otro basado en la afirmación y uno basado en el análisis investigativo y el otro en la adulación fabricada.
Desde una lectura crítica, la proliferación de estos perfiles digitales ha derivado en la consolidación de entornos analógicos donde predomina la autoexaltación por lo que las publicaciones institucionales tienden a resaltar logros, amplificar mentiras maquilladas favorables y omitir zonas problemáticas de gestión y en estos espacios, la información no se somete a escrutinio, sino que se manipula, porque lo que no encaja en la perorata oficial, simplemente no circula.
El fenómeno adquiere mayor complejidad cuando se observa la dinámica de interacción en donde funcionarios, contratistas y equipos de trabajo junto a sus familias participan activamente en la amplificación de estos contenidos, generando circuitos de validación interna donde el ensalzamiento mutuo sustituye el análisis crítico del verdadero periodismo y así la lógica de la comunicación se aproxima entonces a la del posicionamiento digital, es decir, métricas de interacción, aprobación inmediata y visibilidad constante, multiplicada por los mismos funcionarios como tarea prioritaria ordenada por sus jefes inmediatos.
En este esquema, la figura del servidor público o del directivo empresarial se desplaza hacia una lógica de vitrina empalagosa, donde la gestión se comunica bajo códigos de autopromoción y la frontera entre información institucional ocasiona que la construcción de imagen se diluya, y el ejercicio comunicativo se oriente más a posicionar imagen entre los incautos que a rendir cuentas ciertas a la ciudadanía.
El efecto acumulado es un desequilibrio evidente y mientras el periodismo, concebido como herramienta de análisis, investigación y control, pierde capacidad operativa con el masivo cierre de medios, los llamados canales institucionales consolidan su dominio en la circulación de información amañada que a simple vista muta la ética y la convierte en servilismo mediático en favor del protagonismo de los “dioses de turno” más conocidos como “los dueños del aviso”.

La consecuencia no es sólo la reducción de medios serios y verdaderos, sino la transformación del ecosistema informativo en un espacio donde la crítica pierde terreno frente a la narrativa administrada en donde todo está bien, cada acción es denominada como: “nuenca antes en la historia” y los libretos prefabricados por astutos asesores, y estrategas denominados expertos en marketing predominan en el presuntuoso comité de aplausos.
En este escenario, la ausencia de investigación periodística deja de ser un vacío técnico y se convierte en un problema estructural; sin medios que indaguen, contrasten y cuestionen, las zonas de opacidad encuentran menos resistencia y sin una ciudadanía expuesta a múltiples lecturas de la realidad, el debate público se empobrece y se diluye cada día más.
El cierre de medios no es un accidente del mercado sino la evidencia de un desmonte del control ciudadano, porque al extinguirse las redacciones que investigan y contradicen, el poder ocupa el espacio con canales propios en los que se emiten versiones sin verificación ni contrapregunta y en ese circuito, no pocos liderazgos de turno convierten la comunicación en propaganda, toda vez que difunden contenidos incompletos o manipulados, que se amplifican en entornos digitales afines premiando el elogio y castigando el disenso.
La consecuencia es ineludible toda vez que se desarticula la rendición de cuentas, la confusión se vuelve norma y la investigación que incomoda al poder es sistemáticamente desplazada; y sin mediación independiente, la verdad pública deja de construirse en el contraste de los hechos para convertirse en discursos vanos de astucia y palabreja.
En últimas, el cierre sistematizado de los medios de comunicación deja de ser una estadística y se convierte en una pérdida estructural, ya que es el silenciamiento progresivo de la crítica y la renuncia forzada a uno de los pocos mecanismos reales de control ciudadano.











