
«Casa llena». La expresión que para muchos organizadores es un sueño esquivo, se materializó con fuerza eléctrica y alma de guitarra distorsionada en el corazón de Medellín.
Fue un acto de redención colectiva. A las 7:15 de la noche del jueves 3 de julio, la Casa de la Música de la Fundación EPM brilla como un escenario épico. Cada butaca ocupada, cada rincón respirando memoria, cada mirada cargada de expectativa. Los mensajes llegaban como susurros cargados de euforia: “¡se quedó gente por fuera!”. Y lejos de la tristeza, una certeza se instaló: el MuRock no sólo nacía, nacía querido.
La apertura fue como una descarga de electricidad: un guitarrazo preciso de Luisa Fernanda Restrepo, seguido por un solo de virtuosismo imparable, marcó el inicio ceremonial.
Como un llamado a la reverencia, el gesto de la guitarra convocó al silencio y a la memoria. Así arrancaba oficialmente MuRock: Museo del Rock Medellín, con un alma palpitante, un relato por contar y un país entero por emocionar.

Frente al público, Carlos Acosta y Javier Rodríguez, dos de los cinco visionarios fundadores del museo, delinearon con voz firme los contornos de un sueño largamente gestado.
No estaban solos: en primera fila, como en un acto simbólico de testimonio y relevo, el mítico Juancho López, cofundador de la banda pionera Los Yetis, se convirtió en la primera voz viva del relato.
Su voz no narraba historia: la encarnaba. En un instante suspendido en el tiempo, recordó aquel día en su almacén del centro de Medellín, cuando cuatro jóvenes, Los Pelukas, los primeros émulos criollos de los Beatles, compraron los trajes con los que debutarían en 1964.
La historia se hacía presente. También en primera fila, el hijo de uno de aquellos Pelukas, recién llegado desde Cali, no podía ocultar la emoción. El pasado y el presente del rock colombiano se dieron la mano bajo la cúpula de un edificio que ahora resguarda guitarras, vinilos, anécdotas y promesas. En solo diez minutos, el rompecabezas del rock colombiano comenzaba a completarse ante nuestros ojos.
Cristina y Lina, las dos anfitrionas de la Casa de la Música, irradiaban orgullo. La decisión de acoger el MuRock ya no era un acto institucional, sino una declaración de amor a la cultura viva. Lo dijeron sin palabras: sus gestos hablaban de fe, de audacia y de futuro.

Luego, los fundadores compartieron lo que está por venir. El museo no es un punto final: es un nuevo comienzo. Se vislumbra una emisora web de rock colombiano, un podcast, artículos, investigaciones, becas, talleres, conferencias… MuRock no es un museo pasivo, es una plataforma viva, un laboratorio de memoria y creación.
Fueron llamados adelante todos los fundadores y tres figuras esenciales que dieron más de lo que se les pidió: Juan Roberto López, Juan Camilo Betancur y Andrés F. Laverde, quienes, junto a Sissi Tamayo, Sandra Posada y Jorge Calderón, construyeron con pasión cada rincón de esta epopeya.
Y cuando parecía que no cabía más emoción, el salón principal, aquel que parecía inmenso cuando estaba vacío, se hizo pequeño. Había más personas que espacio. Ya no importaban los aforos: el alma del rock era incontenible.

Comenzó el recorrido. Músicos de la vieja escuela, jóvenes de las nuevas generaciones, coleccionistas, DJ’s, cronistas, periodistas, fans. Muchos no se veían desde hacía 20 años. Otros, quizás, nunca se habían encontrado. Y todos estaban allí. Celebrando algo que debió existir hace mucho, pero que hoy llegó para quedarse.
MuRock es entonces, un grito coral que dice: el rock colombiano tiene memoria, tiene casa, y tiene futuro. Medellín lo sabe y el país entero está invitado a sentirlo.











