
Bogotá volvió a latir con el corazón boyacense durante el pasado fin de semana.
El alma del altiplano descendió de las montañas y se instaló orgullosa, en el tradicional Colegio INEM de Kennedy, que se convirtió, como ya es costumbre, en el epicentro emocional de los Encuentros Boyacenses 2025.
Más de 40.000 almas durante las dos jornadas, entre niños con ruana, abuelas trenzando recuerdos, y jóvenes portando el porvenir, acudieron al llamado profundo de la raíz, esa que no olvida y canta.
Este evento, que desde hace años conjuga memoria, cultura y alegría, nació del sueño de un hombre soñador: Omar Sánchez, visionario y sembrador de identidad. Hoy, aunque su presencia física se ha vuelto brisa, su legado florece en cada nota carranguera, en cada mazorca asada, en cada niño que zapatea al ritmo de un torbellino y su familia, convertida en luz de este propósito, ha tomado su estandarte y lo ha elevado como antorcha viva que ilumina a los suyos y a Colombia entera.

Desde las diez de la mañana del sábado 7 de junio, la fiesta abrió sus puertas con danza, esa forma de hablar con los pies, lo que el alma no puede callar. El grupo Danza y Sabor fue el primero en pisar el escenario, seguido por Aires de mi tierra y los rítmicos del Cocuy, que trajeron consigo los vientos gélidos del páramo convertidos en melodía.
La jornada continuó con la dulzura musical de Pan de Azúcar, el vigor de Los de la Villa y la autenticidad de los Juankrrangueros. La danza Sentimiento Colombiano llenó el ambiente de nostalgia y orgullo. Y luego, la alegría se hizo música con Quitasueños y Son de Martínez, hasta que llegó uno de los momentos más esperados: la presentación de Heredero, que durante dos horas ofreció un concierto inolvidable. Sus canciones, hechas con palabras del campo, hicieron vibrar a los miles de asistentes como si fueran una sola voz. La jornada cerró con la fuerza musical de Xuantaños, recordando que Boyacá también puede ser estruendo festivo.
El domingo, el aire se llenó de solemnidad campesina desde temprano, con una Eucaristía celebrada como se vive en las veredas; con devoción sencilla y canto hondo. Luego, los Bailadores del Oriente y la Corporación Colombiana Herencias del Folclor tomaron la escena, entre giras, pañuelos y trajes que narraban historias de antaño.

El grupo Carrangosson encendió la segunda oleada de emociones, seguida por la Banda y Danza de Arcabuco, orgullo de una región que suena a chirimía y trabaja con el alma. La tarde avanzó con más danza, música y juventud: DJ Mario Andretti trajo un aire moderno que no olvidó las raíces, y los Titanes de la Carranga ofrecieron dos horas de música viva, auténtica y poderosa. Wipity, con su danza alegre, y Santos Pinilla y su agrupación Parrandason remataron una jornada que cerró con broche de oro gracias a Carranwest, quienes demostraron que la carranga puede ser también poderosa como el viento y colorida como la chicha en feria.
Los Encuentros Boyacenses se convirtieron en altar a la identidad y en esta histórica jornada, cada puesto de artesanía, cada rincón de gastronomía, cada esquina poblada de tejidos, esencias, olores y memorias, fue un acto de amor hacia una tierra que no deja de hablar a través de su gente.
Allí, la carranga no fue solamente un simple sonido, se tradujo en idioma. La danza no fue solo movimiento, fue oración. La fiesta no fue solo encuentro: fue reencuentro con lo esencial. Y en ese marco, más que una programación artística, lo vivido refrendó una sinfonía del alma andina. Un canto colectivo que resonó desde el corazón urbano de Bogotá hasta los páramos lejanos donde todavía se cree en la palabra dada y en la mazorca compartida.

Gracias a la familia Sánchez por no permitir que el legado de Omar se apague. Gracias a cada agrupación, cada danzante, cada músico, cada campesino que cruzó la ciudad para volver al alma. Gracias a los que cocinan desde el recuerdo, a los que bailan desde la entraña, a los que crean desde la raíz.
Porque los Encuentros Boyacenses son un acto de fe cultural, una promesa de eternidad y un grito que dice: la montaña vive en nosotros, aunque habitemos la planicie.











