
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Piero De Benedictis convirtió una historia íntima en una memoria colectiva. Cuando Mi viejo comenzó a escucharse a finales de los años sesenta, aquella canción escrita junto al poeta y periodista José Tcherkaski encontró rápidamente un lugar en los hogares latinoamericanos. La historia de un hijo que recuerda a su padre dejó de pertenecer únicamente a quienes la habían escrito y pasó a formar parte de la vida de miles de familias.
Vendió cientos de miles de ejemplares, recibió numerosas versiones y atravesó las décadas conservando intacta esa capacidad de tocar una fibra profunda: la memoria de quienes alguna vez miraron a su padre con admiración, nostalgia o gratitud.
Por eso la muerte de Piero, ocurrida este 7 de octubre en Buenos Aires a los 81 años, tiene la dimensión de esas despedidas que alcanzan a varias generaciones al mismo tiempo. Su repertorio acompañó noviazgos, reuniones familiares, tardes frente a la radio, encuentros entre amigos y momentos de reflexión.
Llegando, llegaste encontró un lugar entre quienes hicieron de la canción una forma de hablar del amor; Pedro Nadie y Tengo la piel cansada de la tarde acompañaron otras búsquedas de su repertorio, mientras Para el pueblo lo que es del pueblo llevó su voz hacia las preocupaciones sociales de una época convulsa. Piero fue construyendo, canción tras canción, una obra capaz de transitar por la intimidad de una familia y, al mismo tiempo, mirar de frente las circunstancias de su país y de su continente.
Nació el 19 de abril de 1945 en Galípoli, Italia, y tenía apenas tres años cuando llegó a Argentina junto a su madre y su hermana para reunirse con su padre. La familia pasó por Banfield y posteriormente se instaló en Allen, Río Negro, donde comenzó su acercamiento a la música. Durante una etapa de su juventud ingresó a un seminario con la intención de convertirse en sacerdote, pero en 1963 decidió viajar a Buenos Aires para buscar un camino diferente. La música terminó convirtiéndose en su oficio y en la manera que encontró para relacionarse con el mundo.
La televisión argentina abrió sus primeras puertas en 1964 y cuatro años después conoció a José Tcherkaski, un encuentro que tendría profundas consecuencias en su carrera. Entre ambos nació una alianza creativa que produjo algunas de las canciones más recordadas de la música popular latinoamericana.
Mi viejo, Como somos, Pedro Nadie, Tengo la piel cansada de la tarde y Llegando, llegaste surgieron de esa etapa en la que la balada encontraba nuevas formas de contar el amor, la familia, la soledad y las pequeñas historias de la vida cotidiana. Piero cantaba con una cercanía que hacía sentir al oyente frente a una conversación, como si aquella voz estuviera contando una historia conocida y poniendo melodía a recuerdos que cada persona guardaba de manera distinta.
Con los años, su música comenzó a mirar también hacia las calles y hacia las circunstancias políticas y sociales de Argentina. Para el pueblo lo que es del pueblo, Que se vayan ellos, y Coplas de mi país llevaron su repertorio hacia la canción social y reflejaron las inquietudes de una época marcada por profundas tensiones políticas. Algunas de sus composiciones fueron prohibidas durante la dictadura argentina y Piero tuvo que vivir en el exilio en Europa y por eso España se convirtió entonces en una de las estaciones de una vida artística que posteriormente volvería a América, donde continuó construyendo una carrera marcada por la canción popular, la defensa de la infancia y las causas sociales.
Su obra, sin embargo, nunca quedó encerrada en la canción de protesta, porque Piero también dedicó una parte importante de su trabajo a los niños y a la construcción de mensajes relacionados con la paz, la solidaridad y la esperanza. La sinfonía inconclusa en la mar acompañó a varias generaciones de familias y se convirtió en una de sus piezas más recordadas. En 1981 llegó Soy pan, soy paz, soy más, una canción que amplió todavía más el alcance de su repertorio y que posteriormente encontraría en Mercedes Sosa una interpretación memorable. En 1995 produjo, además, un proyecto discográfico dedicado a los derechos de los niños, con la participación de figuras internacionales como David Gilmour, Annie Lennox, Joaquín Sabina y León Gieco.
Colombia ocupó un capítulo especial dentro de esa larga historia. Piero llegó al país durante los primeros años de su carrera internacional y terminó estableciendo una relación profunda con el público colombiano. En 1972 se presentó ante cerca de 70.000 personas en la Media Torta de Bogotá y posteriormente recorrió distintas ciudades y regiones, llevando sus canciones a públicos que habían crecido escuchándolo en la radio. En 1994 recibió la nacionalidad colombiana, un reconocimiento que acompañó una relación construida durante décadas y que trascendió los escenarios.
Dentro de ese vínculo con Colombia, Boyacá ocupa un lugar particular. Tunja y Duitama recibieron a Piero en diferentes momentos de su trayectoria y uno de sus conciertos dejó una escena que resume la dimensión generacional de su música. Frente a unas 3.000 personas, el cantante pidió que levantaran la mano quienes todavía no habían nacido cuando sus primeras canciones comenzaron a escucharse. Apenas cerca de un centenar respondió al llamado. Frente a él estaban quienes habían conocido sus canciones en su juventud, pero también sus hijos y nuevas generaciones que las habían aprendido en sus hogares. En aquella escena podía reconocerse la verdadera permanencia de una obra: una canción escrita décadas atrás seguía encontrando un lugar en personas que todavía no habían llegado al mundo cuando fue creada.
Su relación con los niños boyacenses también quedó registrada en diferentes visitas. En 2015, durante una gira por Colombia, Piero cantó en Tunja para niños con necesidades especiales y posteriormente ofreció un concierto para el público de la ciudad. Años después, en 2021, regresó al departamento como parte de la programación del Festival Internacional de la Cultura de Boyacá, donde participó en el conversatorio Piero, una vida de música y rebeldía y compartió nuevamente su experiencia artística con el público.
Esos encuentros permiten recordar una dimensión especialmente humana de su carrera. Piero entendía el escenario como un lugar para encontrarse con la gente y no como una frontera entre el artista y su público. Su relación con los niños, su interés por las causas sociales y su disposición para conversar y escuchar acompañaron buena parte de su trayectoria. En Colombia también participó en iniciativas relacionadas con la paz, la infancia y la solidaridad, asuntos que terminaron formando parte de la identidad de un artista que nunca separó completamente sus canciones de sus convicciones.
Su repertorio dejó una extensa colección de historias. Fumemos un cigarrillo, Mi viejo, Llegando, llegaste, Pedro Nadie, Como somos, Tengo la piel cansada de la tarde, Para el pueblo lo que es del pueblo, Que se vayan ellos, Coplas de mi país, Soy pan, soy paz, soy más y La sinfonía inconclusa en la mar forman parte de una obra que atravesó la balada, la canción popular, la trova, el repertorio infantil y la canción social. Cada una pertenece a un momento distinto de su vida, pero juntas permiten comprender la amplitud de un cantautor que convirtió sus experiencias, sus preguntas y sus afectos en canciones capaces de sobrevivir a las épocas.

Más de seis décadas después de aquel joven que llegó a Buenos Aires con el sueño de convertirse en cantante, Piero dejó una obra que siguió pasando de padres a hijos. Cambiaron los formatos, desaparecieron algunas emisoras, llegaron nuevas tecnologías y aparecieron otras formas de escuchar música, pero aquellas canciones continuaron encontrando oídos dispuestos a recibirlas. Esa permanencia representa quizá uno de los mayores reconocimientos para un cantautor: conseguir que su voz continúe acompañando a personas que pertenecen a generaciones distintas de aquella que escuchó sus primeras canciones.
Piero también dejó una forma particular de entender la canción. La utilizó para hablar del padre, del amor, de la infancia, de la injusticia, de la paz y de las esperanzas de un continente que durante décadas encontró en la música una manera de reconocerse. Su voz pudo cantar una historia familiar y, en la canción siguiente, preguntarse por el destino de un pueblo. Pudo acercarse a los niños y después dirigirse a miles de personas en un escenario. Esa amplitud explica buena parte de la vigencia de su obra y la cercanía que conservó con públicos tan diferentes.
Este 7 de octubre, Piero murió en Buenos Aires a los 81 años. Queda una carrera extensa, una discografía que forma parte de la memoria musical latinoamericana y una relación particularmente entrañable con Colombia. Quedan también sus encuentros con Boyacá, los conciertos compartidos con sus niños, las conversaciones, los escenarios y las canciones que todavía pueden escucharse en las voces de quienes crecieron con ellas.
Y queda Mi viejo, aquella canción que nació para contar la historia de un padre y terminó convirtiéndose en una de las formas más profundas que encontró Piero para hablar de la memoria y tal vez por eso sus palabras adquieren ahora otro significado, porque también pueden acompañar la despedida del hombre que durante décadas las llevó por América Latina.
“Fue un buen tipo, mi viejo” y quizá esas mismas palabras sirvan hoy para recordar a Piero, porque fue un buen tipo, un buen ser humano y un gran cantautor que hizo de sus canciones una manera de acompañar la vida de los demás. En Boyacá, donde tantas veces compartió su música con niños, jóvenes y adultos, permanecerá también el recuerdo de aquellas visitas y de una voz que consiguió algo reservado para muy pocos artistas: entrar en la memoria de varias generaciones y permanecer allí.
Piero se fue, pero sus canciones continúan llegando, como llegan las voces que alguna vez encontraron en una guitarra, una historia y una melodía, la manera de quedarse para siempre.
Gracias, viejo querido. Gracias, Piero.











