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Helga Mora Carreño de Corradine, la arquitecta que tejió memoria, cultura y dignidad

El deceso de doña Helga Mora Carreño de Corradine. La Palestra informa

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09/16/2025

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Helga Mora Carreño de Corradine. Fotografía Archivo particular.

La vida de Helga Mora Carreño de Corradine, Helga, Helguita o “Juelga”, como la nombraban con ternura quienes la amaban, se apagó a los 92 años y once meses, apenas cinco días antes de cumplir sus 93. 

Falleció en la Clínica Cardioinfantil de Bogotá, tras una complicación respiratoria, pero lo que ella deja no cabe en un parte médico ni en una despedida apresurada, porque deja un país tocado por su legado, una memoria abrazada con hilos de arquitectura, cultura, artesanías y, sobre todo, honradez.

Nació en Soatá, Boyacá, el 8 de septiembre de 1932, pero sus raíces estaban profundamente ancladas en Guacamayas y Chiscas, tierra de montañas, fique y tradición. Hija del abogado Flaminio Mora Pedraza y de Guillermina Carreño Barón, Helga creció en un hogar donde la disciplina académica se conjugaba con la esencia campesina y desde allí empezó a forjarse la mujer pionera que años después sería reconocida como la arquitecta número doce del país, cuando muy pocas mujeres se atrevían a tomar el camino de las aulas universitarias.

Su paso por la Universidad Nacional no sólo la convirtió en profesional, sino en maestra, porque Helga enseñó historia del arte, de la arquitectura y diseño industrial en múltiples universidades, entre ellas la Nacional, la Javeriana, la Gran Colombia, la Piloto, La Salle y la Católica. 

A su lado, su esposo, el también arquitecto Alberto Corradine, compartió no solo proyectos familiares, sino investigaciones que aún hoy son referencia, como el libro Historia de la Arquitectura Colombiana del Siglo XIX.

La obra de Helga trascendió las aulas y estuvo en restauraciones de patrimonio en Tunja, Socorro, Zipaquirá, Mompóx y El Cocuy, siempre con la mirada puesta en preservar la memoria histórica. 

Pero fue en 1968, cuando una borrasca arrasó Guacamayas, donde su carácter quedó grabado para siempre en la memoria de la región. No dudó en lanzarse al rescate de quienes habían quedado atrapados bajo el lodo y, cuando el pueblo empezó a reconstruirse, fue ella quien levantó la Casa de la Cultura, el teatro y nuevas viviendas.

Sin embargo, más allá de muros y planos, lo que reconstruyó Helga fue la dignidad cultural de su comunidad, toda vez que rescató las danzas de matachines, las máscaras tradicionales y las artesanías en fique que habían estado a punto de desaparecer. 

Con su liderazgo e impulso organizó el primer grupo artesanal de Guacamayas, conformado por más de veinte mujeres y un hombre, dando inicio a un movimiento que convirtió el tejido local en símbolo internacional.

Su labor en Artesanías de Colombia fue decisiva y allí transformó objetos cotidianos en piezas de diseño con destino internacional. Las humildes mochilas campesinas se convirtieron en accesorios de pasarela y las pequeñas canastas escolares en obras que cruzaron océanos. Gracias a su empeño, las artesanías de Guacamayas obtuvieron la primera denominación de origen del país, un reconocimiento que elevó la tradición local a patrimonio nacional y mundial.

“Helga enseñó a los artesanos a mirarse a sí mismos con orgullo, a entender que sus manos creaban piezas dignas de museo”, recuerda Amanda Barón, amiga cercana y testigo de esa transformación.

Pero Helga no solo fue arquitecta, restauradora e investigadora; fue también madre de ocho hijos: Magdalena, Alberto, María Gabriela, Diego Tomás, Bernardo, Santiago, Rodrigo y Manuel Eduardo. En su casa se cocinaban amasijos, se levantaban cañizos y se aprendía a destechar casas campesinas tanto como se estudiaba historia universal. Su hogar fue taller, escuela y escenario cultural: allí se gestaron zarzuelas, se diseñaron telones y se planearon viajes familiares a archivos parroquiales y rincones patrimoniales del país.

De todas sus enseñanzas, sus hijos recuerdan una que definió su existencia: “ni ojo en carta, ni mano en plata”. La honradez, decía Helga, es la raíz que sostiene cualquier vida digna y ese principio fue su herencia más grande.

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Una familia apegada a los principios y valores del ancestro maternal. Fotografía Archivo particular.

En Guacamayas todavía la evocan caminando por las calles, saludando a cada artesana por su nombre y animándola a mostrar con orgullo sus tejidos al mundo. Su grandeza no estuvo en los títulos, ni en los reconocimientos internacionales, sino en esa cercanía sincera, en ese respeto por cada persona, sin importar su origen o condición.

Helga Mora Carreño de Corradine fue arquitecta de piedra, pero también de afectos. Diseñó aulas y futuros; rescató artesanías, pero sobre todo reconstruyó la autoestima de comunidades enteras. Hoy, al partir, nos deja la certeza de que su vida fue un tejido de hilos firmes, entrelazados con la misma fuerza del fique que ayudó a dignificar.

Su despedida terrenal se realiza en Bogotá, en la Capilla de la Fe; pero su verdadera permanencia está en las calles de Guacamayas, en los libros que escribió, en los artesanos que levantó y en la familia que formó. 

Su nombre, como sus obras, seguirá siendo memoria viva de un país que ella ayudó a edificar con ternura, rigor y valentía.

La Palestra expresa sus más sentidas condolencias a sus familiares y amigos.

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