
La ciudad de Ibagué volvió a confirmarse como santuario de la memoria sonora del país durante la cuadragésima edición del Festival Nacional de la Música Colombiana, una celebración que marcó cuatro décadas de existencia y que permitió contemplar, en un mismo horizonte, la maestría de la tradición y el impulso renovador de las nuevas búsquedas estéticas.
Bajo el lema “Con el canto germina la vida”, la capital tolimense fue escenario de una verdadera comunión artística en la que lo antiguo y lo nuevo, lo académico y lo popular, lo consagrado y lo emergente, encontraron un punto de coincidencia: rendir tributo a las raíces de la música colombiana y al legado imperecedero de maestros como Garzón y Collazos, cuya obra convirtió el sentir andino en patrimonio emocional de toda una nación.

Durante nueve días, la ciudad se abrió en múltiples escenarios para recibir no solo a los concursantes y creadores que dieron cuerpo al certamen, sino también a una constelación de artistas invitados que enriquecieron la programación con su presencia, su estilo y su autoridad musical.
La cantautora María Isabel Saavedra, dueña de una obra sensible y profundamente conectada con la canción colombiana, aportó la dimensión íntima de una autora que conoce el arte de conmover desde la palabra bien dicha y la melodía entrañable. María Cristina Plata llevó la elegancia de una voz madura, de refinada expresividad, capaz de abrazar la tradición andina y los repertorios latinoamericanos con una solvencia interpretativa que honra la canción de raíz. Katie James, con su singular capacidad para abrazar lo rural, lo poético y lo universal, confirmó que la música colombiana también puede renovarse desde la sutileza, la contemplación y la fidelidad al paisaje interior.

A esta galería de presencias se sumó Beatriz Arellano, intérprete de calado y rigor, cuya voz ha sabido dialogar con los repertorios esenciales del país desde una interpretación seria de la forma y del contenido.
Yolanda Rayo, por su parte, llevó al festival el peso de una trayectoria nacional construida entre la fuerza escénica, el carisma popular y una identidad vocal reconocible, recordando que la música colombiana también se expande desde la versatilidad y el oficio. La Gran Rondalla Colombiana aportó la nobleza de los formatos tradicionales y el eco sentimental de una escuela interpretativa que sigue conmoviendo a públicos de diversas generaciones, con el efusivo homenaje a Garzón y Collazos. Adriana Lucía, figura de amplio reconocimiento, imprimió al encuentro una energía contemporánea que reafirmó el poder de los grandes nombres para convocar nuevas audiencias en torno a la identidad sonora del país.

Junto a ellos, artistas y agrupaciones como Yuri Buenaventura, Puerto Candelaria, María Mulata, Jessica Jaramillo, Camila Torres, la Orquesta Lucho Bermúdez, el Dueto Los Inolvidables, el Dueto Viejo Tolima, la Banda Sinfónica del Tolima, la Majestuosa Banda de Baranoa, el Dueto Nocturnal, el Dueto Tradiciones y la Coral Musical de Ibagué completaron una programación plural, rica en matices, donde cada presencia aportó una lectura distinta de lo colombiano.
En el centro de esta gran celebración se mantuvieron los concursos “Leonor Buenaventura” de composición y “Príncipes de la Canción 2026”, espacios en los que la creación y la interpretación fueron sometidas al más serio examen artístico.

El jurado calificador, integrado por respetables figuras del arte, la interpretación y la composición como María Teresa Guillén Becerra, José Ricardo Bautista Pamplona, Edwin Guevara Gutiérrez, José Luis Benavides Varón y Eugenio Zamora García , asumió una responsabilidad compleja y delicada.
No les correspondió únicamente escuchar obras y ejecuciones, sino discernir entre sensibilidades, propuestas y lenguajes que exigían una mirada técnica, histórica y estética de altísimo nivel. De allí que el fallo haya sido percibido como justo, equilibrado y muy acertado, tanto por los participantes como por la prensa y los melómanos que disfrutaron del evento de manera tanto presencial como por las transmisiones realizadas por los canales, emisoras nacionales y las redes oficiales del evento.

En el concurso “Príncipes de la Canción 2026”, el primer lugar fue para el dueto Florecer Andino, agrupación que logró cautivar por su solidez interpretativa y por su capacidad de asumir el repertorio desde el respeto a la tradición y una sensibilidad fresca, afinada y respetuosa. Detrás suyo se ubicaron Valderrama’s Dúo, Prisma, Héctor y Alfredo, Yllariy y Bossa, nombres que demuestran que la música andina colombiana sigue encontrando nuevas voces, nuevas lecturas y nuevos caminos de permanencia.
En el concurso de composición “Leonor Buenaventura”, la obra “Cuando mi voz canta”, de María Isabel Mejía, figuró entre las destacadas de una competencia exigente, acompañada por “Canta el alma, canta la vida”, de Fernando Salazar Wagner, y “A la semilla”, de Sebastián Valdivieso, muestras todas de que el país sigue teniendo compositores capaces de escribir desde la raíz sin renunciar a la contemporaneidad.

Pero si algo debe subrayarse en esta edición memorable es la dimensión humana de su organización. Allí sobresale el liderazgo de Doris Morera de Castro, auténtica primera dama de la gestión cultural, cuya visión, constancia y profundo amor por la música colombiana han sido decisivos para sostener y engrandecer este certamen a lo largo del tiempo y junto a ella, la sabiduría técnica del maestro César Zambrano, quien al lado de su hijo conduce los motores operativos del concurso, representa una garantía de rigor, precisión y excelencia, toda vez que su trabajo, articulado con el de un grupo de almas altruistas, querendonas del arte y comprometidas con cada detalle, hace posible que cada escenario, cada jornada y cada momento del festival alcance el nivel que una celebración de esta magnitud exige.
A ello se suma el respaldo institucional del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, la Gobernación del Tolima, la Alcaldía de Ibagué y la empresa privada, apoyos que no solo permiten la realización del evento, sino que ofrecen garantías de permanencia y crecimiento gradual a un certamen que, al cumplir cuarenta años, no da señales de agotamiento, sino de madurez, vigor y proyección.

Lo vivido en Ibagué fue, en esencia, una lección de continuidad cultural y una prueba de que la tradición no se conserva encerrándola, sino haciéndola dialogar con el presente.
La edición 40 del Festival Nacional de la Música Colombiana quedará así en la memoria como un encuentro memorable en el que la sabiduría tradicional se abrazó con la maestría vanguardista, y donde cada artista invitado, cada concursante, cada organizador y cada institución contribuyó a demostrar que la música colombiana sigue siendo una comarca viva, fértil y convocante.











