
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director General – Sistema Informativo La Palestra
En Colombia, la historia de los grupos musicales suele escribirse con lápiz blando. Aparecen, brillan un instante y desaparecen, borrados por la suma de dificultades que aquí siempre parecen mayores que la voluntad.
No es solo la economía, ni únicamente los egos o el desgaste, es también una relación frágil con el tiempo, una dificultad marcada para sostener los procesos cuando dejan de ser novedad y por eso, cuando una agrupación atraviesa las décadas sin perder su voz, no estamos ante un caso curioso, sino frente a una forma distinta de habitar la cultura.
Impromptus pertenece a esa estirpe rara, porque no nació como proyecto calculado ni como empresa artística; nació como nacen las cosas que duran: sin saber que iban a durar. Y quizá por eso ha permanecido.
Cuarenta años después, Improntus no solo sigue activo, sino que conserva una manera reconocible de decir la música andina colombiana, una ética de trabajo tejida en el ensayo cotidiano y una relación con el oficio que se parece más a la del artesano que a la del espectáculo.

La historia comienza en 1985, en Bogotá, en los corredores y salones de la Universidad Pedagógica Nacional, cuando un grupo de estudiantes de pedagogía musical se reunía movido por una razón sencilla y poderosa: el deseo de tocar y cantar. No había un proyecto formulado, ni una hoja de ruta, ni una ambición explícita; había tiempo, curiosidad y una afinidad humana que permitía permanecer juntos más allá de las clases.
La música era entonces un espacio compartido, no una meta y se ensayaba porque sí, se repetían pasajes sin medir el reloj, se conversaba alrededor de una guitarra o un piano como quien conversa alrededor de una mesa. En ese clima, todavía sin nombre, empezaba a formarse una manera de estar juntos a través del sonido.
Ese mismo año, el Festival Universitario ASCUN introdujo una primera sacudida. El tránsito por eliminatorias internas, regionales y nacionales exigió rigor, concentración y constancia. Ganar cada etapa fue un reconocimiento externo y una advertencia: aquello que había nacido como encuentro espontáneo estaba reclamando mayor responsabilidad.
Corría 1985 y la vida se repartía entre aulas, partituras y conversaciones largas. Diego Pereira, Eliécer Arenas, Ada Ivonne Pereira y Carlos Mauricio Rangel compartían esa cotidianidad cuando Ada Ivonne pidió ser acompañada con la guitarra al Festival ASCUN.

El paso por las distintas fases del certamen, hasta la final nacional en Pereira, confirmó algo que todavía no se decía en voz alta: había una forma de hacer música juntos que no se agotaba en el evento.
El triunfo trajo invitaciones, desplazamientos, conciertos fuera de Bogotá y la necesidad de ampliar repertorios latinoamericanos e hispanoamericanos. Sin formularlo aún, empezaba a gestarse una vocación colectiva, así lo recuerda Carlos Mauricio Rangel Valderrama, quien reconoce en ese momento el germen de todo lo que vendría después.
Los primeros viajes a Bucaramanga, San Gil, Socorro y Pamplona consolidaron al grupo en movimiento. En Pamplona, durante las festividades del 4 de julio, se incorporó la contralto Silvia Rozo y el repertorio comenzó a inclinarse, con mayor conciencia, hacia la música andina colombiana y venezolana.
En 1989 llegó la primera experiencia discográfica: el LP San Gil 300 años, con la participación de Dora Liliana Pereira y el pianista santandereano Mauro Serrano. No fue un punto de llegada, sino una primera huella sonora, un intento temprano de fijar en disco un proceso que aún estaba en pleno crecimiento.

En 1990, el grupo tomó una decisión que marcaría todo su recorrido posterior: centrar su trabajo en la música andina colombiana, y eso no fue una adhesión solemne ni reverencial, porque la tradición andina cargaba comparaciones inevitables y una historia densa, pero ofrecía también un territorio fértil para la exploración vocal, el arreglo contemporáneo y la creación.
Ese mismo año, Ada Ivonne y Dora Liliana Pereira, Diego y Martín Pereira, Carlos Dueñas, Eliécer Arenas, Andrés Ocampo y Carlos Mauricio Rangel acordaron darle nombre al proyecto. Eligieron una palabra que sugería libertad formal, respiración musical y apertura: Impromptus.
El Festival Mono Núñez apareció entonces como escenario natural y no solo como concurso, sino como espacio de discusión estética. Impromptus ingresó a ese diálogo con una propuesta poco común para la época: un formato vocal–instrumental amplio, arreglos corales, recursos onomatopéyicos y un lenguaje que dialogaba con el presente sin romper la estructura tradicional.

El impacto fue inmediato. En su primera participación obtuvo el primer lugar y fue finalista en obra inédita. El Coliseo Gerardo Arellano Becerra respondió con una ovación que dejó claro que algo se estaba moviendo.
Entre 1990 y 1994 llegaron los primeros puestos en Melgar Corazón de Colombia, el Pipintá de Oro en Aguadas y el Festival del Bambuco en Neiva. Más allá de los premios, se consolidaba una certeza: existía otra manera de decir la música andina y estaba siendo escuchada.
A mediados de los años noventa, cuando la identidad del grupo ya estaba asentada, Impromptus entró en una fase de expansión sonora. A través de grabaciones caseras conocieron la obra de Germán Darío Pérez Salazar, compositor que triunfaba en los festivales con su Trío Nueva Colombia. La invitación inicial buscaba sumar su piano, pero Pérez Salazar decidió asumir la segunda bandola y la voz barítono, ampliando la textura vocal–instrumental del grupo.

De ese encuentro surgió la segunda producción discográfica, el LP Impromptus – Nueva Música Colombiana, patrocinado por Colcultura, una obra decisiva que fijó una postura estética clara y consolidó el diálogo con los nuevos compositores de la música andina colombiana.
En 1996, la partida del bandolista Andrés Ocampo hacia Montreal marcó un quiebre sensible y su salida dejó una huella honda de rigor, amistad y fidelidad, valores que ya formaban parte del código interno del grupo.
Durante este período, Impromptus alcanzó hitos significativos como su presencia en la Biblioteca Luis Ángel Arango, escenario históricamente reservado a la tradición instrumental, y la entrada de un grupo vocal–instrumental de música andina no fue un gesto menor, sino una ampliación real del campo.
Entre 2005 y 2015, Impromptus entró en una etapa de madurez marcada por la convivencia de generaciones. Se incorporaron Dora Carolina Rojas, Diego Saboya, Mateo Patiño, Diego Sánchez, Fabián Hernández, Daniel Sosa y Andrés Mauricio Rangel Pereira. Con esta nómina, el grupo alcanzó una densidad interpretativa notable.

Recorrió las principales salas de concierto del país, representó a Colombia en el Festival Internacional del Hatillo en Caracas y realizó nuevas grabaciones que ampliaron su archivo sonoro: Impromptus Vol. 2, Cuando canta el sentimiento (homenaje a José Antonio Pereira), y Homenaje al Maestro Héctor Ochoa Cárdenas. Cada disco funcionó menos como producto y más como testimonio de una etapa.
En este largo transcurrir, Impromptus compartió escenario con figuras fundamentales de la música colombiana: Jaime Llano González, José Ottón Rangel Rozo, Ruth Marulanda, Héctor Ochoa, Luis Enrique Aragón Farkas, Raúl Castaño, el Trío Palos y Cuerdas, Juan Felipe Gualdrón, Mario Criales, José Ricardo Bautista Pamplona, María Isabel Saavedra, John Jairo Torres De La Pava, Gustavo Adolfo Rengifo, Juan Consuegra, Alberto Puentes, Germán Hernández, Hernán Darío Gutiérrez, Guillermo Marín, Santiago Medina, Libardo Pereira, Daniel Garzón, Carlos Vázquez, Jonathan Reyes, Gonzalo Montes, el Trío Nueva Colombia, Hármin Vera y el grupo Septófono de Bucaramanga, entre muchos otros. Todos ellos fueron, en algún punto, impromptianos.
De esa suma de trayectorias nació un repertorio amplio y contrastado, donde conviven la música internacional y latinoamericana con la música andina colombiana, dicha tanto desde su forma tradicional como desde el sello particular de una sonoridad trabajada con paciencia, memoria y carácter propio.
La trayectoria sostenida desembocó en 2024 con el nombramiento de Impromptus como grupo base del Cincuentenario del Festival Mono Núñez. Para 2026, la nómina vigente reúne a Ada Ivonne Pereira Angarita, Dora Liliana Pereira Angarita, Martín Pereira Angarita, Fabián Hernández, Germán Darío Pérez Salazar, Diego Sánchez, Daniel Sosa Aljure, Andrés Mauricio Rangel Pereira, Mateo Patiño y Juan José Giraldo.

A lo largo de cuatro décadas, más de sesenta músicos han pasado por Impromptus. El grupo ha realizado cientos de conciertos y ha dejado una discografía que funciona como archivo del tiempo:
San Gil 300 años (1989), Impromptus – Nueva Música Colombiana (1990), Impromptus (1994), Cuando canta el sentimiento (2005), Impromptus Vol. 2, Impromptus interpreta al Maestro Héctor Ochoa, además de recopilaciones conmemorativas.
Impromptus no ha entendido la música como carrera de velocidad, sino como práctica de permanencia y en un país donde muchos proyectos se disuelven antes de madurar, Impromptus ha hecho del tiempo su mayor argumento.
No ha seguido las modas. No ha buscado atajos. Ha permanecido. Y permanecer en Colombia sigue siendo una forma radical de decirlo todo.
Improntus ha aprendido a nombrarse sin alzar la voz y hoy, 40 años después, es escuela, casa que piensa, decanatura que cuida el fuego y no la ceniza.

Aquí lo nuestro no se defiende, sino que se ama con disciplina, y la amistad no acompaña, sostiene; la camaradería, esa palabra antigua, vuelve a tener sentido cuando el trabajo se reparte como el pan y la confianza circula sin permiso.
De esa suma callada nacen los convites verdaderos, las mingas que no se anuncian y el colegaje que no compite; y es allí, en ese ejercicio casi invisible, donde ocurren los instantes que merecen permanecer, no como ruido del presente, sino como materia viva para la memoria larga de la patria.
¡Gracias, Improntus!…
Disfrutemos aquí de una pequeña muestra de lo que han sido sus puestas en escena con la obra de Carlos Mauricio Rangel: «Mi tierra Santandereana»:











