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Jaime Castro emprendió su marcha para dialogar con las maderas del cielo

Se nos fue Jaime Castro Galeano, el lutier de los más bellos instrumentos. La Palestra informa

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02/04/2026

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Jaime Castro Galeano, el constructor de los más bellos instrumentos. Fotografía Archivo particular.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director General Sistema Informativo La Palestra

Se ha ido uno de los lutieres más importantes que ha tenido Colombia, un artesano del sonido que hizo de la viruta un lenguaje y del olor a madera fresca una forma de vida. Su partida deja un silencio hondo, pero también una resonancia perdurable en cada instrumento que salió de sus manos.

Durante décadas, Jaime Castro habitó el territorio íntimo donde la técnica se vuelve sensibilidad. Su taller, ubicado en inmediaciones del Colegio Salesiano de Duitama, fue más que un espacio de trabajo: fue su refugio, su hogar y su laboratorio sonoro. Allí, entre gubias, cepillos y maderas nobles cuidadosamente seleccionadas, nacieron guitarras, bandolas y tiples que hoy forman parte del patrimonio vivo de la música andina colombiana.

Jaime Castro Galeano, nació en Cunday el 30 de enero de 1950, tierra cálida y musical que, sin saberlo, vio nacer a uno de los grandes artesanos del sonido en Colombia. Apenas había cumplido 76 años cuando emprendió su marcha definitiva, dejando tras de sí una vida consagrada a la madera, a la escucha paciente y a la búsqueda incansable de la belleza sonora.

Siendo muy joven, Jaime Castro partió hacia Bogotá. La capital no solo le ofreció horizontes y aprendizaje: allí conoció a Hilda Martínez, su compañera de vida, su hogar afectivo y el ancla silenciosa que acompañó su caminar. De allí sus retoños Ivan y Liliana, la prolongación de su existencia. 

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Jaime Castro con su núcleo familiar; esposa e hijos. Fotografía Archivo particular.

En Bogotá también inició el aprendizaje del oficio que marcaría su destino: la fabricación de instrumentos de cuerda pulsada, un arte que exige precisión técnica, intuición acústica y una relación casi espiritual con la materia prima.

Fue en ese periodo cuando comprendió que la lutería no se aprende únicamente con las manos, sino con el oído, con la paciencia y con el respeto profundo por la madera viva. Cada veta, cada aroma, cada resonancia temprana se convirtió para él en una lección.

En 1983, la vida lo condujo a Duitama, ciudad que terminaría siendo su territorio definitivo. Allí comenzó a trabajar con Emiro Delgado, tío de su esposa, quien tenía un taller de guitarras vinculado a la familia Zambrano. 

Ese espacio fue el punto de partida de una historia mayor. Tiempo después, cuando Emiro Delgado regresó a Bogotá, le vendió el taller a Jaime Castro, quien continuó allí su labor durante muchos años, consolidando su nombre y su lenguaje sonoro.

Años más tarde, Jaime trasladó su taller al lugar donde hoy permanece, sobre la circunvalar de Duitama. Ese espacio, más que un taller, fue su refugio, su casa y su laboratorio acústico. Allí, entre virutas, moldes, tapas armónicas y maderas cuidadosamente estacionadas, nacieron guitarras, tiples y bandolas que hoy forman parte del patrimonio sonoro de la música andina colombiana.

Sus instrumentos no respondían a la lógica de la repetición ni de la producción en serie. Cada pieza era resultado de la investigación constante: espesores medidos con criterio, varetajes experimentados, respuestas tímbricas afinadas con oído experto. Jaime Castro exploró el misterio de la lutería con rigor técnico y sensibilidad artística, logrando una sonoridad propia que lo distinguió y lo hizo referente.

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Jaime Castro celebró la vida y dejó la herencia de sus sonoridades en el pentagrama colombiano. Fotografía Archivo particular.

Esa calidad llevó a que sus instrumentos fueran abrazados por intérpretes y agrupaciones fundamentales de la música colombiana, que encontraron en sus “cajitas sonoras” un aliado fiel para llevar al escenario obras cargadas de identidad y profundidad.

Queda el recuerdo del maestro de sonrisa franca y mirada serena. Queda su legado afinado en cada cuerda. Queda su nombre vibrando en la madera.Porque Jaime Castro no se ha ido del todo: sigue hablando en cada instrumento que respira música y memoria.

Sus instrumentos, apartados de la producción en serie, llevaban una firma acústica inconfundible. Cada caja armónica era concebida como un cuerpo vivo: equilibrio estructural, respuesta tímbrica, proyección y carácter y por eso, las obras de Jaime Castro no se repetían; se investigaban y su vocación no fue imitar modelos, sino explorar: estudiar espesores, varetajes, tensiones y resonancias hasta mantenerse siempre a la vanguardia del misterioso y exigente mundo de la lutería.

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Jaime Castro en su refugio de sonoridades. Fotografía Archivo particular.

Esa búsqueda constante hizo que sus instrumentos fueran elegidos por reconocidos intérpretes y agrupaciones como Zabala y Barrera, Embajadores del Tundama, Terzetto Vocal, Ansiedad y Los Hermanos Orozco, Los Hermanos Carvajal, Amor a Colombia, Mario Rincón, entre muchos otros. Ellos llevaron y seguirán llevando a los escenarios del país y del mundo las sonoridades trabajadas con esmero, paciencia y amor por Jaime Castro Galeano

Quienes lo conocieron recuerdan al hombre de sonrisa franca y mirada serena, al maestro generoso que entendía la lutería no sólo como oficio, sino también como acto de escucha profunda. Escuchar la madera, escuchar el instrumento antes de nacer, escuchar al músico que algún día lo haría cantar.

Hoy Jaime Castro emprende su viaje definitivo; pero sus guitarras, bandolas y tiples continúan hablando por él. Siguen vibrando. Siguen contando su historia. Porque hay artesanos que no se van: se quedan afinados en la memoria sonora de la patria.

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