
Por José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Con la serenidad de quienes entendieron la vida como un tránsito noble y silencioso, partió de la esfera terrenal la querida Julia María Saavedra, mujer entrañable que, durante muchos años como fundadora, hizo parte de la Junta Directiva de Funmúsica y cuyo nombre quedó ligado para siempre a la memoria afectiva del Festival Mono Núñez y de los sonidos andinos colombianos.
Su presencia en el Coliseo Gerardo Arellano era ya parte de aquella postal emocional del festival y allí, en aquella platea que siempre le reservaba un lugar de honor, compartía junto a su amada familia las jornadas musicales que tanto alimentaban su espíritu, porque era la primera en adquirir los abonos de ella y su familia como una manera cierta y silenciosa de contribuir al desarrollo del emblemático y patrimonial certamen.
Escuchaba el pasillo y el bambuco con la devoción de quien no solamente escucha música, sino de quien encuentra en ella una forma de refugio interior, una conversación íntima con la memoria y con la sensibilidad de un país que refugia en sus acentos la impetuosidad del paisaje y el catálogo añejo de vivencias ancestrales.
Quería profundamente las obras de antaño, aquellas que dejaron sembradas los grandes juglares de la música andina colombiana y por eso cada interpretación parecía devolverle fragmentos de tiempo, recuerdos, nostalgias y alegrías sencillas.
Disfrutaba el Festival Mono Núñez con la emoción limpia de los seres que nunca pierden la capacidad de asombro; permanecía atenta a cada acorde, a cada síncopa y a cada armonía que para ella terminaban convirtiéndose en alivio para el alma.
Con su partida, se sigue cerrando lentamente una generación de mujeres y personajes emblemáticos que ayudaron a sostener, desde el afecto y la convicción cultural, la permanencia de nuestras consonancias tradicionales y con ellas la existencia del Festival rector de la música andina colombiana.
En el caso de Julia María Saavedra y otras icónicas mujeres que han partido en épocas presentes, las matronas silenciosas de la memoria son aquellas que entendieron que defender un festival, asistir fielmente a un concierto, adquirir un abono o aplaudir una obra también era una forma de custodiar la identidad de un pueblo.
Julia María Saavedra alcanzó la plenitud de una existencia vivida con paciencia, sabiduría y discreta luz humana, y por eso quizá ahora, en ese misterio inescrutable del viaje sin regreso, habite otro espacio donde el tiempo se mida en acordes, donde las nostalgias se vuelvan bambucos eternos y donde las armonías continúen acompañando el descanso de quienes, como ella, hicieron de la ternura una manera digna de atravesar la vida.
Gracias por lo vivido, gracias por lo entregado y gracias por lo heredado, querida Julia María.











