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La llegada de Shea Couleé, Morphine Love Dion y Jewels Sparkles a Colombia, fue la materialización de un sueño colectivo

La capital de la república vibró con la llegada de Shea Couleé, Morphine Love Dion y Jewels Sparkles. La Palestra informa

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08/21/2025

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Tres nombres internacionales que hicieron latir con fuerza los corazones de miles de asistentes. Fotografía Archivo particular.

El pasado domingo 17 de agosto, Bogotá se convirtió en un escenario sin precedentes para la cultura drag, viviendo una noche que quedará inscrita en la memoria colectiva como el show drag más grande que ha tenido Colombia. 

La capital vibró con la llegada de Shea Couleé, Morphine Love Dion y Jewels Sparkles, tres nombres que hicieron latir con fuerza los corazones de miles de asistentes que se congregaron en un mismo espacio para celebrar, aplaudir y romper todas las barreras. La adrenalina se respiraba desde horas antes de que iniciara el espectáculo y se mantuvo como un pulso incesante hasta que cayó el último telón.

La emoción de ver a Shea Couleé, ícono global, ganadora de All Stars y referente de moda y activismo, fue indescriptible. El público, que hasta ahora solo la conocía a través de una pantalla, se encontró de frente con una artista integral que hipnotizó con cada paso y cada gesto. 

Morphine Love Dion, con su frescura, su fuerza latina y el talento que trae de la más reciente temporada de RuPaul’s Drag Race, desató gritos y ovaciones que parecían no tener fin. Y Jewels Sparkles, con un carisma que iluminó la noche, se ganó el corazón del público con un show tan vibrante como contundente. 

La producción, impecable de principio a fin, demostró que Bogotá no tiene nada que envidiarles a ciudades como Nueva York, Londres o São Paulo.

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Una producción impecable de principio a fin. Fotografía Archivo particular.

La jornada confirmó lo que ya se había anticipado en la primera edición realizada en marzo: el país no solo estaba listo, estaba hambriento de un festival de esta magnitud. La organización corrigió cada detalle aprendido en esa primera experiencia. 

El ingreso fluyó con agilidad, los espacios para el público fueron más amplios y cómodos, y los encuentros con las artistas se desarrollaron de manera íntima y ordenada. Las luces, cuidadosamente diseñadas, y un sistema de sonido impecable elevaron cada lip-sync y cada palabra a una dimensión arrolladora. El resultado fue una producción que alcanzó estándares internacionales y que superó con creces las expectativas.

Pero lo vivido fue más que un show. Oh My Drag! se reafirmó como comunidad, fiesta y cultura pop en su máxima expresión. Desde el instante en que los asistentes cruzaron las puertas, ingresaron a un universo que celebraba la identidad y la libertad. 

La música recorrió décadas y estilos, desde Madonna hasta Karol G, mientras los espacios se convertían en escenarios para la foto perfecta, el encuentro con viejos amigos y la creación de nuevas complicidades. El público, vestido con extravagancia y creatividad, no se limitó a observar: fue protagonista, interactuando con anfitriones y artistas, cantando a todo pulmón, bailando y aplaudiendo hasta estremecer el recinto entero.

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El talento colombiano, que compartió tarima con estrellas internacionales. Fotografía Archivo particular.

El talento colombiano, que compartió tarima con las estrellas internacionales, brilló con una autenticidad inigualable. La recursividad, la fuerza y la sabrosura del drag nacional se hicieron sentir en cada presentación, fusionando lo global con lo local, lo pop con la cumbia, la champeta, la crítica social y la chispa del humor bogotano. 

El público respondió con fervor, demostrando que nuestras reinas están al nivel de cualquier escenario del mundo y que el drag colombiano es tan diverso y poderoso como la misma tierra que lo vio nacer.

Más allá de las luces y las plumas, el mensaje de diversidad y libertad estuvo presente en cada instante. Fue evidente cuando se miraba al público: allí estaban jóvenes de la comunidad LGBTIQ+, parejas heterosexuales curiosas, familias enteras, todos unidos por la misma energía. 

El momento más simbólico ocurrió en el cierre, cuando locales e internacionales se fundieron en un mismo escenario, creando una imagen poderosa de unidad, talento y gratitud que arrancó lágrimas y ovaciones interminables.

En un país donde aún persisten prejuicios, el festival se consolidó como un espacio seguro y libre de discriminación. La logística, diseñada para la inclusión y el respeto, acompañó con calidez, y el arte hizo lo suyo derribando barreras en tiempo real. 

Muchos llegaron con dudas y salieron transformados por la fuerza del drag, su disciplina y su alegría contagiosa. La celebración fue tan genuina que no dejó espacio para el odio, reafirmando que la norma en este encuentro es la libertad de ser.

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los djs. Izquierda Manu Mojito.Derecha Zan Dj. Fotografía Archivo particular.

El impacto social también estuvo presente y durante la jornada se realizaron pruebas rápidas de VIH de manera gratuita y sin estigmas, gracias a alianzas con fundaciones, promoviendo la salud sexual en un ambiente de confianza. 

Las marcas que acompañaron no fueron simples patrocinadores, sino aliados que compartieron los valores de diversidad e inclusión, fortaleciendo el mensaje de un arte que es, al mismo tiempo, espectáculo y activismo.

La segunda edición de Oh My Drag Fest! fue, sin duda, una noche de fantasía hecha realidad. Bogotá se vistió de brillo y libertad, y quienes estuvieron allí vivieron una experiencia total que trascendió el espectáculo para convertirse en una celebración de identidad, comunidad y cultura. 

Tal como lo prometieron los organizadores, fue una fiesta hecha para cada persona que decidió dejarse llevar, porque, como ellos mismos lo resumen, todos merecían vivir una noche de fantasía, libertad y celebración absoluta junto a las reinas más icónicas del planeta.

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