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La música andina colombiana entra en un tiempo de silencio tras la partida de Julián Andrés Olarte Mondragón

La partida de Julián Andrés Olarte Mondragón introduce a la música andina colombiana en un silencio distinto, donde la memoria, el afecto y la resonancia de su sensibilidad permanecen como una forma de presencia que no se extingue. La Palestra informa

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04/10/2026

julian andres olarte mondragon
Julián Andrés Olarte Mondragón. Fotografía archivo particular.

Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general del Sistema Informativo La Palestra

Hay silencios que no nacen de la ausencia del sonido ni del trinar de las cuerdas, sino de su transformación.

Silencios que no callan, sino que desplazan la música hacia otra región más honda, donde ya no se escucha con los oídos sino con la memoria y en ese umbral, donde lo audible se vuelve íntimo, permanece ahora el nombre de Julián Andrés Olarte Mondragón.

Su partida se percibe en el cambio sutil de la respiración de quienes lo conocieron, una alteración casi imperceptible en el pulso de la música andina colombiana, que hoy parece recogerse sobre sí misma, como si necesitara comprender lo que ha perdido.

Julián no caminaba la música como tránsito pasajero, porque en él había una forma de arraigo que no dependía del tiempo ni de la edad. Era joven en calendario, pero antiguo en sensibilidad.

Su relación con el sonido no era ornamental, sino que era esencial, porque escuchaba antes de tocar, sentía antes de decir y cuando finalmente lo hacía, dejaba en cada gesto una claridad que no necesitaba imponerse.

Venía de un linaje donde la música no se aprende: se respira. Hijo de María Mónica Mondragón, una de las voces más significativas de la música andina colombiana, su vida creció al amparo de un canto que ha dejado huella en los grandes escenarios del país y del mundo.

La voz de su madre, atesorada, reconocida, celebrada en escenarios como el Festival Mono Núñez, ha sido durante años una forma de decir Colombia desde la belleza y en esa geografía sonora, Julián fue eco y una presencia que comenzaba a delinear su propio territorio.

Había en él una serenidad extraña, como si comprendiera que la música no se conquista, sino que se habita, no buscaba ocupar el centro, sino el sentido y desde allí, sin estridencias, iba dejando una marca: discreta, sí, pero profundamente perdurable. Como esas melodías que no necesitan alzarse para permanecer.

El cáncer cumplió su cometido sobre el cuerpo y lo apartó de la tierra, pero hay territorios donde esa fuerza no tiene alcance porque no podrá, jamás, desarraigarlo de los afectos, ni disolver la memoria de quienes lo escucharon y menos borrar la huella de su paso en quienes compartieron con él el misterio de hacer música. Porque hay presencias que, al retirarse, no desaparecen: se expanden como el viento.

Quienes lo conocieron saben que su manera de estar era ya una forma de decir. No hacía falta el escenario para que su música existiera: bastaba su silencio, su escucha, su modo de habitar el instante. Allí, en esa intimidad sin artificio, Julián dejaba ver la dimensión de su sensibilidad.

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La reconocida cantante María Mónica Mondragón. Fotografía archivo particular

A su padre, Paulo Andrés Olarte; a su madre, María Mónica Mondragón; a sus familiares, amigos y a la comunidad artística, llega una cercanía que no pretende explicar lo inexplicable.

No hay palabras que restituyan lo perdido y solo queda el gesto de permanecer juntos en el mismo dolor, sostenerlo, nombrarlo con respeto, dejar que respire.

Instituciones como la Fundación Promúsica Nacional de Ginebra, la ciudad de Manizales, la Gobernación de Caldas y el amplio entramado cultural del país reconocen en esta partida una herida que atraviesa lo individual.

Porque cuando se apaga una vida en la música, no se pierde únicamente una voz: se altera una continuidad, se interrumpe un hilo que venía tejiéndose con paciencia y sentido.

Y, sin embargo, hay algo que permanece intacto. No en el recuerdo como archivo, sino en la experiencia viva de quienes fueron tocados por su presencia. Julián habita ahora ese territorio donde la música no necesita ser interpretada para existir. Donde cada acorde sincero, cada intento honesto, cada búsqueda verdadera, vuelve a convocarlo.

Quizá allí, en ese lugar donde el sonido ya no pertenece al tiempo, su nombre continúe pronunciándose sin necesidad de voz.

Y será entonces cuando entendamos que no toda final clausura, porque algunos como en el caso de Julian Andrés, abren en silencio, otra forma de permanencia.

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