
En un tiempo donde muchos temen por el porvenir de las músicas tradicionales frente al arrasador vendaval de lo digital y lo fugaz, una luz poderosa ha emergido desde Bello, Antioquia, donde se celebró la edición número 37 del Festival Nacional Hatoviejo Cotrafa.
Una luz que no es otra que la de decenas de niños, adolescentes y jóvenes que, lejos de quedar atrapados en el ruido algorítmico del entretenimiento desechable, han decidido dedicar sus días al estudio, la práctica y el amor por los instrumentos vernáculos y los cantos de origen andino.

Y no hablamos solo de participación simbólica, porque más del 90% de los intérpretes que desfilaron por los escenarios de Hatoviejo Cotrafa 2025 son jóvenes que, con profunda disciplina, están demostrando que la música andina colombiana no es un género del ayer, sino una herencia viva que se reinventa y florece con cada generación.

El certamen, que año tras año se consolida como una de las vitrinas serias y respetadas del folclor colombiano, premió en esta oportunidad a verdaderos prodigios del canto y la interpretación.
En la categoría Intérprete Vocal, la joven Ana Sofía Zapata Tabares se alzó con el primer lugar, desbordando sentimiento y técnica en cada frase. Le siguieron el Dueto Florecer Andino en segundo lugar y el Dueto Reverdecer en el tercero, nombres que ya de por sí evocan esa nueva savia que está reverdeciendo los caminos del folclor.

En la categoría Intérprete Instrumental, el primer puesto fue para el potente y refinado Eira Ensamble, seguidos por el creativo Dúo Zaparroleros, y el evocador grupo El Convite, que ocupa el tercer lugar, quienes, desde su aparición en los escenarios del Mono Núñez, dejaron claro que el pentagrama andino tiene futuro y largo camino.
En cuanto a Obra Inédita, otra señal clara de vitalidad creativa, los ganadores fueron «Fugaz Amor», una danza compuesta por Luis Alejandro Quevedo Rivera en la modalidad vocal, y «La Chiva», un pasillo instrumental enérgico y lleno de identidad, compuesto por Wendy Johana Giraldo Marín.

Los nombres que brillaron en esta edición no solo nos llenan de orgullo, sino que nos invitan a una reflexión necesaria: la música andina colombiana no está en peligro de extinción; al contrario, está en proceso de renovación. Su fuerza reside en el talento emergente que ha encontrado en este género una forma de expresión, pertenencia y arraigo.
El Festival Hatoviejo Cotrafa ha vuelto a demostrar que sembrar en las nuevas generaciones el amor por nuestras músicas no es una causa perdida, sino una siembra fértil, y que la esperanza no es solo una palabra bonita, sino una melodía que vuelve a sonar, más viva que nunca.

Felicitaciones a todos los ganadores y participantes; que su ejemplo inspire y que su música siga abriendo caminos a nuevas generaciones.











