
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Cuando llega la hora del Mono Núñez, algo extraordinario sucede en las montañas de Colombia, porque no aparece en los calendarios oficiales ni se registra en los informes meteorológicos, pero miles de hombres y mujeres lo perciben con la misma certeza con la que los campesinos anuncian la llegada de la lluvia o los navegantes reconocen la permuta de los vientos.
Es una convocatoria intangible que cruza cordilleras, desciende por los cañones, recorre cafetales, atraviesa páramos y ciudades, y termina confluyendo en un pequeño poblado vallecaucano cuyo nombre hace décadas dejó de pertenecer únicamente a la geografía vallecaucana, para situarse definitivamente en la memoria cultural de la nación, porque Ginebra vuelve a llamar y Colombia responde.
Desde las altivas y emprendedoras montañas de Antioquia, desde las provincias boyacenses donde el tiple aún conversa con la niebla de los amaneceres, desde las calles empedradas de Santander, desde los valles del Tolima, desde los caminos del Huila, desde los pueblos musicales de Caldas, Risaralda y Quindío, desde los balcones de Nariño, Cauca y Valle del Cauca donde sobreviven antiguas escuelas interpretativas, comienzan a movilizarse músicos, compositores, investigadores, gestores culturales, directores artísticos, periodistas, productores, lutieres, académicos, periodistas, estudiantes y melómanos que hallan en este encuentro anual una razón para renovar su fe en la belleza y en la memoria sonora de los pueblos.
Pero no son únicamente los caminos de Colombia los que conducen a Ginebra. También llegan delegaciones artísticas procedentes de México, Argentina, Ecuador e Irlanda, portadoras de otras tradiciones, otros acentos y otras formas de nombrar el mundo a través de la música.
Sus presencias enriquecen el diálogo cultural que cada año florece alrededor del festival, convirtiendo este rincón vallecaucano en un espacio donde las cordilleras colombianas estrechan la mano de otras geografías y las cuerdas de la música andina tropiezan con el eco de sonidos universales que hermanan a los pueblos.
Llegan también viajeros procedentes de otras latitudes, atraídos por el prestigio de un acontecimiento que ha logrado algo extraordinario en tiempos de inmediatez: mantenerse fiel a sus raíces sin renunciar al diálogo con el presente y entonces Ginebra cambia de respiración; las calles adquieren otro ritmo, las conversaciones comienzan a girar en torno a pasillos, bambucos, guabinas, torbellinos, danzas y obras inéditas.
Las cafeterías se convierten en improvisadas academias musicales; los parques se transforman en escenarios espontáneos, las noches adquieren el perfume de las serenatas y las madrugadas vuelven a llenarse de tiples, bandolas, voces y guitarras que se niegan a guardar silencio.
Durante cuatro lunas, el municipio entero parece convertirse en una inmensa partitura abierta donde cada rincón tiene una historia que contar y cada visitante aporta una nota a la gran sinfonía colectiva que ha construido el Mono Núñez a lo largo de más de medio siglo, porque el épico festival ha terminado por convertirse en algo excepcional dentro de la vida cultural colombiana y latinoamericana.
Aquí no solo concurren intérpretes; concurren escuelas musicales, concurren tradiciones familiares, concurren generaciones enteras de creadores, concurren maneras distintas de entender la nación y por eso, cada participante llega acompañado por la memoria de sus maestros, por las enseñanzas recibidas en conservatorios, escuelas rurales, casas de cultura, universidades o reuniones familiares donde alguna vez una guitarra, un tiple o una bandola despertó una vocación.
El Mono Núñez termina siendo también un inmenso encuentro de memorias, la memoria del campesino que convirtió sus alegrías y sus nostalgias en bambucos, la memoria de los compositores que ampliaron las fronteras armónicas de la música andina colombiana, la memoria de los intérpretes que defendieron estos sonidos cuando otros creían que el futuro pertenecía exclusivamente a las modas pasajeras, y la memoria de una nación que encontró en la música andina una manera de narrarse a sí misma.
La edición número cincuenta y dos adquiere además una dimensión particularmente significativa y la programación diseñada por la Fundación Promúsica Nacional de Ginebra, FUNMÚSICA, refleja la madurez de un proyecto cultural que ha sabido comprender que la tradición no es un objeto inmóvil, sino una corriente viva que necesita ser alimentada permanentemente.
Por ello, junto a los concursos vocales e instrumentales que constituyen el corazón histórico del certamen, aparecen encuentros académicos, conversatorios, exposiciones, muestras artísticas, espacios de reflexión patrimonial y homenajes que permiten comprender la enorme riqueza del universo musical andino.
La gratitud ocupa este año un lugar privilegiado dentro de la programación y FUNMÚSICA se dispone a rendir honores a mujeres y hombres cuya obra ha enriquecido el patrimonio cultural colombiano desde múltiples escenarios.
El festival inclina respetuosamente sus banderas ante la memoria creadora del maestro León Cardona García, arquitecto de algunas de las páginas más refinadas de la música andina colombiana, y ante el inmenso legado literario y poético de Óscar de Jesús Hernández Monsalve, cuyas palabras continúan habitando el repertorio nacional como una fuente inagotable de belleza identitaria.
A ellos se suman los reconocimientos “A Toda una Vida”, otorgados a personalidades que han dedicado décadas enteras al fortalecimiento de la cultura, la comunicación, la investigación, la gestión artística y la preservación de nuestras tradiciones: Jorge Eliécer Barón Ortiz, cuya labor acercó la música colombiana a millones de hogares; Miguel Ángel Saldarriaga, referente de la promoción cultural; Carmencita Sinisterra, símbolo de entrega y compromiso con las expresiones patrimoniales; Mario Fernando Prado, voz imprescindible del periodismo cultural colombiano; Jorge Camilo Vergara Guzmán, gestor y constructor de procesos culturales de largo aliento; y el genial Pedro Nel Martínez “Surrucuca”, figura entrañable cuya trayectoria representa la autenticidad de las raíces populares que alimentan las usanzas de nuestros pueblos.
Quizás allí radique el verdadero milagro del Mono Núñez y, en una época marcada por la fugacidad, este encuentro sigue convocando a miles de personas alrededor de expresiones nacidas mucho antes de la tecnología, las redes sociales y las tendencias efímeras; el Mono Núñez sigue reafirmando que un bambuco bien interpretado puede conmover con la misma intensidad que hace cincuenta años.
Que un pasillo todavía tiene la capacidad de detener el tiempo; que una guabina sigue siendo capaz de narrar la ternura de los pueblos y que la música andina colombiana continúa hablando un lenguaje que las nuevas generaciones entienden cuando se les ofrece con autenticidad, profundidad, honestidad y belleza.
Le llegó la hora al Mono. La hora esperada por quienes entienden que la cultura no se conserva encerrándola en vitrinas, sino permitiéndole respirar entre la gente; la hora de los encuentros, la hora de los abrazos, la hora de los reencuentros, la hora de las cuerdas, la hora de la memoria y la hora en que las montañas vuelven a cantarse a sí mismas.
Mientras FUNMÚSICA y Ginebra reciben a Colombia con la hospitalidad que la ha convertido en santuario de la música andina, la nación entera vuelve a escuchar, entre tiples, guitarras y bandolas, la voz más antigua y más hermosa de su propia identidad, la del trinar agudo de una bandola que hoy se interpreta desde los confines celestiales.
Del 25 al 28 de junio de 2026, el corazón nacional vuelve a encontrar paz y sosiego en la síncopa del trinar identitario.











