
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Llegó el día con la puntualidad de esas efemérides que son calendario y destino.Treinta años no se cuentan: se cruzan, como se atraviesa una montaña con el cuerpo entero, llevando la memoria al hombro y la esperanza por delante. Hoy la Fundación celebra tres décadas de vida creadora y lo hace como sabe hacerlo: con un espectáculo que es síntesis de camino, de escuela y de patria compartida.
En el aire palpita algo que supera el protocolo de un aniversario; es el alma viva de una obra colectiva que ha sabido sostenerse en el tiempo con la misma precisión con la que se sostiene una coreografía exigente, cuidando la técnica, afinando la estética, protegiendo el sentido.

Y es que, sin lugar a equivocaciones, hay nombres que se vuelven casa y Felisa Hurtado de Manrique es uno de ellos. Folclorista, gestora cultural, investigadora de tradiciones danzarías, licenciada en primaria con énfasis artístico, especialista en arte y folclor, directora, coreógrafa y pedagoga. Su hoja de vida es la cartografía de una vocación asumida con rigor y ternura.
Quien la ha visto trabajar sabe que su liderazgo no se impone; se contagia, sabe que su enseñanza no doma el movimiento, lo despierta. En su gesto franco y sensible convive la academia, porque conoce la estructura, la técnica corporal, la pedagogía del ritmo y el lenguaje escénico y la herencia viva, esa que se aprende escuchando a los mayores y mirando cómo un pueblo se narra a sí mismo con los pies.

Desde aquella decisión fundacional de 1998, cuando creó la entidad sin ánimo de lucro que hoy cumple 30 años, Felisa convirtió la danza en un territorio de futuro para cientos de niños y jóvenes y eso ratifica que ella no es una matrona de museo ni una guardiana de vitrinas; no. Felisa es mujer de campo cultural, de aula, de ensayo, de viaje, de tabla sudada.
Su labor ha sido constante, muchas veces silenciosa, siempre transformadora, porque en cada taller siembra disciplina artística y sentido de pertenencia; en cada montaje defiende la autenticidad sin renunciar a la innovación; y en cada investigación demuestra que la tradición no es un objeto quieto, sino un organismo que respira, cambia y dialoga con su tiempo.

La Fundación Artística del Tundama ha recorrido países llevando con donaire el nombre de Colombia y Boyacá por el mundo y más de 25 giras internacionales bajo su guía han sido rutas de identidad por Europa, Asia y África.
Estas giras, periplos y andanzas son capítulos de una misma narración, la de un país que, a través de esta Fundación, se presenta ante otras culturas con una estética sólida, un repertorio depurado y una dramaturgia corporal capaz de integrar región y nación.

Allí donde se alza una guabina o un pasillo, donde se enciende un joropo o un currulao, la Fundación recuerda que Colombia no es solo dolor ni estereotipo, sino danza milenaria, canto telúrico, oficio heredado, pueblo que canta con el cuerpo.
En la escena, cada montaje de la Fundación Artística del Tundama revela un trabajo técnico serio: comprensión del estilo, limpieza de líneas, musicalidad interna, manejo del espacio, lectura antropológica del gesto y respeto por la fuente tradicional. Nada es improvisado, nada es adorno, porque para esta organización cultural la excelencia no ha sido un lujo ocasional sino un método.

Por eso la Fundación es semillero de generaciones de bailarines, músicos y gestores culturales: porque ha sabido formar desde la raíz, sosteniendo la identidad como columna vertebral mientras afina la precisión interpretativa. Quien pasa por sus procesos aprende sentido, contexto, pertenencia, lenguaje; aprende que danzar no es moverse bonito, sino narrar la tierra con el cuerpo.
Felisa Hurtado de Manrique ha sido también arquitecta de memoria colectiva y su experiencia en docencia e investigación, desde el Centro Experimental Piloto de Boyacá, donde impulsó procesos de capacitación a docentes de las diferentes entidades educativas del departamento, hasta sus ponencias en seminarios, simposios y foros sobre danza tradicional boyacense, ha propiciado un abrazo fraternal real entre la escuela y el escenario, entre el archivo vivo y la práctica artística.
Su trabajo está en los escenarios y en la manera en que ha dignificado el folclor como conocimiento, como método de lectura cultural, como recurso pedagógico para formar ciudadanía.

Y en este año simbólico, mientras la Fundación celebra su cumpleaños número 30, se siente que el legado está lejos de cerrarse: sigue abriendo caminos. Ahí están las invitaciones recientes, como las de Costa Rica, y la participación en la Semana Internacional de la Cultura Bolivariana y el Festival Internacional de la Cultura Campesina; articulaciones que hablan de una vigencia activa, de un hacer cultural que no se encierra en la efeméride, sino que se proyecta como diálogo permanente.
Todo esto es fruto de una vida consagrada con abnegación a la cultura y de un corazón que ha sabido convertir la disciplina artística en esperanza comunitaria.
A Felisa no se le mide por los aplausos recogidos, que han sido muchos, ni por los kilómetros recorridos, que también son historia. A ella se le mide por las semillas de identidad que ha plantado; porque cada vez que un niño aprende a danzar en sus talleres, cada vez que una bandera colombiana ondea en otro continente acompañada de bambucos, pasillos, currulaos o guabinas, allí está su huella, viva y vigente.

Treinta años después, la Fundación Artística del Tundama sigue siendo una casa grande para la cultura boyacense y nacional, un taller de futuro, una celebración permanente de lo que somos.
Y hoy, cuando el telón se abre para el gran espectáculo de aniversario, sube a escena una compañía, la historia de una mujer que lo ha dado todo por su tierra, por los niños, por la belleza profunda de lo nuestro.
Suben, con ella, tres décadas de país danzado con amor y dignidad, por lo nuestro.











