
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Mientras el país se desgasta en confrontaciones políticas, ideológicas y personales, niños desde los seis años de edad, provenientes de diferentes regiones, demuestran que el tiple y el requinto colombiano tienen la capacidad de reunir lo que los adultos insisten en separar.
Su talento plantea una pregunta inaplazable: ¿Cuánto estamos sacrificando como sociedad mientras alimentamos nuestros egos y divisiones y descuidamos a quienes representan la esperanza de nuestro presente y futuro?
Hay una derecha y una izquierda que merecen toda nuestra atención, y es la de las manos de los niños que, literalmente, empuñan con sus manos el tiple y el requinto colombiano. Desde los seis años de edad, pequeños intérpretes dominan estos instrumentos con una destreza sorprendente, ejecutan obras de notable exigencia técnica y demuestran una virtuosidad que supera cualquier pronóstico y en sus manos no solamente están las cuerdas de dos instrumentos fundamentales de nuestra tradición musical; también está depositada una parte de la esperanza de un país que necesita reencontrarse consigo mismo.
Mientras Colombia se consume en discusiones interminables, antagonismos políticos, disputas ideológicas y rencillas que parecen no tener tregua, estos niños ofrecen una lección que debería interpelarnos a todos. Llegan de distintos territorios, con historias familiares y realidades diferentes, pero se encuentran alrededor de una misma música. Escuchan, aprenden, comparten, respetan el turno del otro y construyen juntos una interpretación. Allí, frente a un tiple o un requinto, las diferencias dejan de ser motivo de confrontación y se convierten en parte de una misma expresión cultural.
Y entonces cabe preguntarnos: ¿vale realmente la pena tanto odio, tanta división y tanta confrontación? ¿Qué sentido tiene convertir las diferencias en trincheras mientras dejamos en un segundo plano el talento, la creatividad y las capacidades de nuestros niños? ¿De qué sirve desgastarnos en disputas por imponer una posición, una ideología o una razón, si no somos capaces de unir esfuerzos para ofrecerles a las nuevas generaciones las herramientas que necesitan para construir una sociedad mejor?
Por segunda ocasión, y por decisión de la organización del Concurso Nacional del Requinto de Charalá, he tenido el privilegio de integrar su mesa de jurados, compartiendo esta responsabilidad con dos grandes juglares de nuestra música, los maestros Pedro Nel Martínez y Adrián Manrique y regreso de esta nueva experiencia con el corazón colmado de alegría, pero también con una reflexión que merece trascender el escenario: los niños nos están mostrando, con la naturalidad de quienes todavía no han aprendido a convertir las diferencias en enemistades, una manera distinta de relacionarnos con el país y con quienes lo habitan.

Lo que sucede en Charalá y en otros municipios de Santander, Boyacá y Cundinamarca merece una mirada nacional. Charalá, Bucaramanga, Vélez y El Socorro, entre otras poblaciones santandereanas; Tinjacá, Tuta, Paipa, Santana y Samacá, en Boyacá; Tocancipá, Cajicá y Zipaquirá, en Cundinamarca, hacen parte de una geografía musical que se extiende por diferentes regiones del país. A esta presencia se suman procesos y talentos provenientes de departamentos como Caldas, Antioquia, Nariño y Valle del Cauca, así como de ciudades y municipios como Pereira, donde también se cultiva el interés por los instrumentos tradicionales y los aires de la música colombiana, diversidad de procedencias que evidencia que la formación de nuevos intérpretes no es un esfuerzo aislado ni exclusivo de una región: es una expresión cultural que se abre camino en distintos rincones de Colombia y que merece mayor reconocimiento, articulación y respaldo.
Detrás de cada niño que sube a un escenario hay horas de estudio, disciplina, sacrificio y acompañamiento, padres que hacen esfuerzos económicos para facilitar su formación, maestros que entregan con verdadera mística sus conocimientos y gestores culturales que, muchas veces con recursos limitados, sostienen escuelas y procesos musicales y cuando escuchamos a estos pequeños interpretar con solvencia una obra tradicional, debemos reconocer todo lo que existe detrás de ese resultado porque estamos frente a una inversión humana y cultural cuyo valor no puede medirse únicamente por los premios que obtengan en un concurso.
Por eso, el reconocimiento debe traducirse en compromisos concretos. Los gobiernos nacionales, departamentales y municipales, el Ministerio de Cultura, las secretarías de Cultura y Educación y las instituciones responsables de orientar las políticas públicas tienen una deuda con estos procesos porque se necesitan escuelas de formación fortalecidas, maestros con condiciones dignas, instrumentos disponibles, escenarios adecuados, intercambios entre regiones, participación en encuentros nacionales y programas que garanticen continuidad desde la infancia hasta la juventud.
Los recursos destinados a la cultura deben llegar efectivamente a las regiones donde nace y se desarrolla el talento y no podemos seguir dejando sobre los hombros de las familias, los docentes y los gestores culturales la responsabilidad casi exclusiva de preservar una tradición que pertenece a todos los colombianos, porque cada niño que encuentra en la música un camino de formación merece oportunidades para avanzar, independientemente de su lugar de origen o de las condiciones económicas de su familia.
La formación artística tiene, además, una incidencia muy grande en el desarrollo humano e intelectual, ya que aprender a interpretar un instrumento exige concentración, memoria, coordinación, sensibilidad, disciplina y capacidad de trabajar con otros y la música fortalece la identidad, amplía los horizontes y crea vínculos entre las personas y sus comunidades. Allí donde un niño aprende a interpretar el tiple o el requinto también se cultivan valores, se transmite reminiscencia y se construyen posibilidades de futuro.

Pero hay una reflexión que no quisiera dejar pasar. Mientras los adultos nos empeñamos en señalar al que piensa distinto, en alimentar resentimientos y en prolongar disputas que terminan ocupando todos los espacios de la conversación nacional, estos niños comparten escenario sin preguntarse de qué lado está el otro. No necesitan renunciar a sus diferencias para construir una interpretación conjunta. Comprenden, desde la música, que cada instrumento tiene su propia voz y que la armonía depende precisamente de la capacidad de hacerla coincidir con las demás.
Miremos a estos niños. Miremos sus manos pequeñas zurda y derecha, recorriendo las cuerdas, sus rostros concentrados, la emoción con la que defienden cada melodía y el orgullo con el que representan a sus pueblos y preguntémonos si estamos haciendo lo suficiente por ellos, si nuestras prioridades como sociedad corresponden a la Colombia que decimos querer construir, porque mientras discutimos quién tiene la razón, estamos dejando pasar una de las mayores riquezas de nuestra nación: una generación con talento, sensibilidad y capacidad para transformar su entorno.
Quizá la verdadera lección de unidad nacional no tenga que venir de los discursos de los dirigentes, de los acuerdos entre sectores enfrentados ni de las declaraciones que tantas veces se quedan en el papel y quizá debamos aprenderla de estos niños que, desde Charalá y tantos otros rincones del país, se sientan juntos a interpretar los sonidos de su tierra. Ellos nos recuerdan que Colombia tiene motivos para encontrarse, que la diversidad no tiene por qué convertirse en enemistad y que las diferencias pueden convivir cuando existe un propósito común.
No permitamos que su talento sea apenas una emoción pasajera, un aplauso de concurso o una fotografía para las «redes» y que sus interpretaciones nos incomoden lo suficiente para revisar nuestras prioridades; que su ejemplo nos haga pensar cuánto tiempo y energía estamos perdiendo en divisiones estériles mientras ellos esperan oportunidades para aprender, crecer y proyectarse.
Los niños de la derecha y de la izquierda nos están dando una lección que no admite indiferencia porque empuñan con ambas manos los instrumentos de nuestra identidad y hacen sonar una Colombia que todavía es posible; una patria donde las diferencias no sean motivo de odio, donde la cultura tenga el lugar que merece y donde el talento de sus nuevas generaciones encuentre respaldo y futuro.
Si ellos, desde tan pequeños, son capaces de encontrarse en una misma melodía, ¿qué nos impide a los adultos comenzar a construir juntos el país que tanto reclamamos?











