
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra
Durante más de dos décadas, el nombre de Arnulfo Pesca Pérez, primo hermano de Juliet, la popular “Carranguerita”, permaneció suspendido en el tiempo como una pregunta abierta en el corazón de una familia campesina de Monguí, Boyacá.
Su historia, tejida entre la memoria rural y las heridas profundas del conflicto colombiano, se convirtió en un largo camino de espera, incertidumbre y persistencia silenciosa.
Solo recientemente, después de muchos años de búsqueda y de una cadena de procesos institucionales, su cuerpo fue identificado y entregado dignamente a sus seres queridos, cerrando una de las páginas más dolorosas de una historia familiar marcada por la violencia.
Arnulfo nació el 15 de enero de 1985 en la vereda Sirguaza, en un hogar campesino donde la tierra, el trabajo agrícola y la solidaridad familiar eran parte esencial de la vida cotidiana.
Sin embargo, como ocurrió con miles de familias en los territorios rurales de Colombia, su infancia estuvo atravesada por las sombras de un conflicto armado que durante décadas sigue alterando la vida de comunidades enteras.
La violencia tocó muy temprano a su familia: sus padres murieron en hechos asociados al mismo entramado de confrontaciones que por años se expandió por montañas, veredas y caminos campesinos.

Desde entonces, Arnulfo creció junto a su hermano bajo el cuidado de sus abuelos maternos, aprendiendo a cultivar la tierra y a sostener la vida con la dignidad silenciosa de los hombres del campo.
Al llegar a la mayoría de edad, decidió prestar el servicio militar, como lo han hecho muchos jóvenes campesinos que ven en esa decisión una forma de cumplir con la patria o de buscar nuevos horizontes. Su paso por el batallón fue breve.
Poco tiempo después regresó a su vereda y retomó las labores agrícolas, intentando reconstruir la tranquilidad en medio de un país que en aquellos años vivía uno de los momentos más intensos de confrontación armada.
Pero el 29 de marzo de 2004 la historia de Arnulfo cambió para siempre. En medio de ese escenario complejo donde la guerra parecía filtrarse por todos los rincones de la geografía rural, su vida fue segada por la violencia que durante años ha marcado al país. Las circunstancias exactas se diluyeron en el espeso laberinto de versiones, silencios y registros incompletos que siempre deja la guerra a su paso.
Lo cierto es que las balas que apagaron su juventud surgieron del cruce de fuerzas que durante años han enfrentado a distintos actores armados en el territorio colombiano, un conflicto donde la frontera entre los bandos se vuelve difusa y donde demasiadas vidas campesinas han quedado atrapadas entre las lógicas de la confrontación.
Desde entonces comenzó para su familia un largo viacrucis de preguntas sin respuesta. Durante años no hubo información clara sobre su paradero. Su nombre se convirtió en uno más dentro del doloroso universo de los desaparecidos del conflicto colombiano.
Su hermano, con la paciencia obstinada de quien se niega a olvidar, continuó buscando pistas que permitieran reconstruir lo ocurrido. En 2018 intentó obtener información en el mismo batallón donde Arnulfo había iniciado su servicio militar, pero el silencio institucional volvió a levantar un muro de incertidumbre.

Mientras tanto, la vida continuaba en la vereda, aunque siempre con la ausencia convertida en una presencia permanente. La silla vacía en la mesa familiar, el recuerdo de su sonrisa juvenil, las historias que los abuelos repetían para que su memoria no se desvaneciera, todo formaba parte de un duelo suspendido que parecía no tener final.
Años después, el trabajo de las instituciones encargadas de la búsqueda de personas desaparecidas comenzó a arrojar nuevas luces. En diciembre de 2021 la Fiscalía realizó exhumaciones en el cementerio de Sogamoso.
Entre los cuerpos recuperados apareció uno registrado como “NN alias Pesca Arnulfo”. La pista permaneció abierta durante varios años hasta que una muestra genética permitió establecer una coincidencia con el ADN de su hermano. Finalmente, en 2025 se confirmó lo que durante tanto tiempo había sido apenas una sospecha: aquel cuerpo correspondía a Arnulfo Pesca Pérez.
La entrega digna de sus restos se realizó el 26 de febrero de 2026 en la casa familiar de Monguí. Allí, en la misma sala donde había crecido, se reunieron familiares, vecinos y amigos para acompañar el regreso de quien, durante tantos años, había sido buscado.
El pequeño cofre que contenía sus restos llegó acompañado de investigadores, peritos forenses, profesionales psicosociales y representantes de las entidades encargadas del proceso de búsqueda y restitución.
La escena estuvo cargada de una emoción recóndita, porque no era solamente el cierre de una espera interminable; era también un acto de reparación simbólica para una familia que durante tiempos interminables se negó a dejar que el silencio borrara la memoria de su linaje. La casa campesina se convirtió en un espacio de duelo colectivo, pero también de dignidad, de reconocimiento y de esperanza.

El caso de Arnulfo refleja el drama de miles de familias colombianas que han vivido la desaparición de un ser querido en medio de la violencia. Historias donde la guerra no se presenta como una narrativa abstracta, sino como una experiencia concreta que se instala en los hogares, en los caminos rurales, en los recuerdos familiares. Historias donde la verdad tarda años en aparecer, pero donde la persistencia de quienes buscan termina abriendo grietas en el muro del olvido.
Después de veintidós años de incertidumbre, Arnulfo Pesca Pérez dejó de ser un nombre perdido en los registros de la violencia para volver a ocupar el lugar que siempre tuvo en la memoria de los suyos.
Su regreso, aunque tardío, devuelve a la familia una certeza que durante décadas les fue negada: la posibilidad de despedirlo con dignidad y de preservar su historia como parte de la memoria de un país que aún intenta comprender y sanar las heridas dolorosas de su propio conflicto.
“Aunque sentimos alivio por el retorno del cuerpo de nuestro sobrino, aún seguimos esperando los cuerpos de otros familiares que en episodios similares fueron desaparecidos en medio de esta cruel violencia”, así lo señaló a La Palestra Omaira Gudia Reina, madre de Juliet “La Carranguerita”.











