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Mery Salazar de Sierra, la mujer que convirtió la vida en serenata

La partida de una gran líder y gestora cultural del país deja huella. La Palestra informa

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11/19/2025

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Su esposo, Alfredo Sierra, “su negrito”, fue su compañero inseparable. Fotografía Archivo particular.

La noticia corrió como un rayo silencioso por el panorama cultural del Valle del Cauca.

Al mediodía del 16 de noviembre, cuando Cali vivía un viernes cualquiera, se apagó para siempre la luz de Mery Salazar de Sierra, la madrina eterna de los artistas colombianos. Un paro cardiovascular detuvo su corazón, pero no logró detener el eco de su obra, ni la memoria afectuosa que sembró en miles de músicos, cantantes, gestores y ciudadanos que hoy la despiden con la certeza de haber conocido a una mujer irrepetible.

Con su muerte, el país pierde a una protectora, una arquitecta de posibilidades, una mujer que hizo del arte una causa y de los artistas, una familia ampliada.

Quienes la recuerdan, y son muchos, coinciden en algo: doña Mery siempre tenía una sonrisa lista y una canción a flor de piel. Tenía el alma trenzada en armonías y una forma de caminar que parecía seguir el compás secreto de un bolero. Sus gestos, su voz, su manera de mirar… todo en ella parecía provenir de otra época, de esa donde la música aún se vivía con devoción y la palabra “serenata” tenía un sentido sagrado.

Creció dentro de un valle que respira música por las esquinas, pero ella no solo la escuchó: la adoptó como misión. Desde muy joven mostró una sensibilidad inusual por los músicos, especialmente por aquellos que, pese a su talento, tocaron puertas que nunca se abrieron o vivieron entre el anonimato y la precariedad. Para ella, un artista sin apoyo era una herida abierta en el alma cultural del país.

El 24 de enero de 1990, cuando la vida le acababa de entregar uno de sus dolores más profundos, la trágica muerte de su hijo Mario en un accidente de tránsito, Mery hizo lo impensable; transformó ese sufrimiento en servicio. En vez de encerrarse en el duelo, abrió una ventana nueva. Ese día nació la Fundación del Artista Colombiano, con apenas 70 artistas, muchas ilusiones y una mujer al frente que no estaba dispuesta a dejar que la cultura se siguiera sosteniendo sobre espaldas cansadas.

Con el tiempo, la Fundación creció hasta tener más de 600 afiliados. Mery hipotecó su casa para sostenerla cuando fue necesario. Vendió rifas, organizó eventos, buscó aliados, tocó puertas y creó programas sociales que no existían en el país. Su esposo, Alfredo Sierra, “su negrito”, fue su compañero inseparable, testigo de cada desvelo y cada triunfo.

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Con la música que defendió, con la música que salvó, con la música que honró. Fotografía Archivo particular.

A través de la Fundación, logró gestiones que parecían imposibles: afiliar al Sisbén a más de 140 serenateros, abrir oportunidades laborales, entregar casas, impulsar veedurías culturales, desarrollar procesos de formación para niños de las laderas y construir un espacio donde el artista era tratado con dignidad, con humanidad y con respeto.

Su labor fue reconocida por su liderazgo: formó parte del Consejo Territorial de Planeación Departamental, del Consejo Municipal de Cultura y del Consejo de Planeación Municipal. Nunca vivió del poder, pero el poder cultural se transformó gracias a ella.

Hablar del Festival de los Mejores Tríos es hablar de Mery Salazar sin nombrarla, porque ese evento, que hoy es patrimonio afectivo de Cali, no existía antes de que ella lo soñara, lo defendiera y lo volviera realidad.

Con su voz firme, con su temple y su capacidad de persuasión casi maternal, logró convertir a la ciudad en la capital de la serenata. Trajo a Los Panchos, Los Visconti, Armando Manzanero, y a decenas de artistas que encontraron en Mery un puente seguro hacia el corazón del público colombiano.

Pero su mayor orgullo siempre fueron los músicos nacionales: los tríos locales, las voces que crecieron entre calles caleñas, los boleristas que hicieron de la nostalgia una forma de arte y para ellos, Mery era una protectora, una defensora y una creyente férrea de su talento.

También impulsó el evento “De Regreso a mi Tierra”, que devolvió a Cali las voces de cantantes líricos colombianos radicados en el exterior, y programas como Musicalísimo, que acercaron la música clásica, popular y bolerística a nuevos públicos.

Este año, en enero, la Fundación sufrió un golpe inesperado y doloroso: fue desalojada de su sede en el barrio Versalles. Para Mery, que había construido ese espacio ladrillo a ladrillo, fue una herida profunda; sin embargo, incluso en su tristeza, seguía repitiendo: “La Fundación no es un edificio; la Fundación son los artistas”.

A Mery Salazar de Sierra la sobreviven su esposo Alfredo, sus hijas Mary Cielo e Isabel, y sus nietos Juan Daniel, Alejandro, Santiago, Sofía y Sara, quienes vieron en ella una mujer que eligió vivir para los demás. Su casa era un santuario para músicos. Su teléfono era una línea de emergencia para cantantes que necesitaban apoyo.

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Mery: La mamá de los nuevos talentos colombianos. Fotografía Archivo particular.

Su muerte ha provocado manifestaciones de dolor en toda Colombia. La Alcaldía de Cali la llamó “gestora incansable del bienestar y reconocimiento de nuestros artistas”. La Fundación Promúsica Nacional de Ginebra Funmúsica lamentó la partida de “una líder indispensable para la cultura colombiana”. En redes sociales, músicos de todo el continente recuerdan sus visitas, sus gestos, su trato amable, su manera de abrazar.

Si algo queda claro es que Mery Salazar de Sierra no se va del todo, porque su voz seguirá sonando en cada serenata, su espíritu seguirá vivo en cada trío que suba a un escenario y su legado seguirá palpitando en cada artista que encuentre un camino gracias a la Fundación que ella levantó con las manos, con el alma y con el corazón.

Y cuando en Cali vuelva a sonar un bolero, ese bolero que ella escuchaba con los ojos brillantes, muchos sabrán que esa canción, de alguna manera, lleva su nombre.

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