
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – director general Sistema Informativo La Palestra
Olguita nació donde nacen algunas de las historias que después terminan convirtiéndose en memoria: en una casa donde la música colombiana formaba parte de los días. Allí estaban Rosario, su madre, y Luis Francisco, su padre, músico enamorado de las melodías de esta tierra, hombre querendón de canciones y de recuerdos, de esos que parecían saber que una guitarra, un tiple o una voz podían guardar para siempre aquello que el tiempo quisiera llevarse.
Olguita creció escuchando esas canciones. Y quizás desde entonces comenzó a llevarlas consigo.
Por eso cuesta pensar en su partida sin pensar también en música. Porque cuando llegó al cielo, nos gusta imaginar que su padre estaba esperándola.
Tal vez desde algún lugar comenzó a escucharse una melodía. Tal vez Luis Francisco volvió a tocar para recibirla.
Y quizá Olguita, como tantas veces en vida, se acercó a escuchar.
Solo que esta vez el encuentro ocurrió lejos de las casas, lejos de los caminos conocidos, en ese lugar donde queremos creer que los afectos vuelven a encontrarse.
Olguita fue valiente y lo fue durante los días fáciles y, sobre todo, durante aquellos que exigieron de ella una fuerza que pocas personas alcanzan a conocer.
Una enfermedad agresiva e inclemente acompañó durante mucho tiempo su camino. Pero nunca consiguió quedarse con su nombre.
Porque Olguita siempre fue mucho más grande que aquello que la hacía sufrir. Fue madre. Fue esposa. Fue hija. Fue hermana.
Fue madrina. Fue tía. Fue amiga.
Y para muchos terminó siendo algo todavía más difícil de explicar: su persona favorita. De esas personas que llegan a la vida sin hacer ruido y, cuando uno quiere darse cuenta, ya ocupan un lugar que nadie consigue reemplazar. De esas que uno quisiera guardar para siempre.
Olguita tenía esa manera de permanecer.
En una conversación. En una reunión familiar. En una fotografía. En una canción.
En la memoria de quienes alguna vez compartieron con ella una tarde, una celebración, una preocupación o simplemente un momento de esos que parecen pequeños mientras ocurren y terminan siendo enormes cuando llega la ausencia.
Por eso hoy queremos recordarla desde aquello que tanto amó. Desde la música colombiana. Desde esas canciones que aprendió a querer porque también formaban parte de su historia.
Canciones que llevan dentro los caminos de esta tierra, los amores, las despedidas, las fiestas familiares, las voces de los padres y los recuerdos de una generación.
Quizá por eso una canción volverá a sonar cualquier día de estos y alguien pensará en Olguita. Y entonces ocurrirá algo extraño.
Por un instante, la ausencia parecerá hacerse pequeña. Porque la memoria tiene esas cosas.
Guarda a las personas en lugares donde la muerte no consigue alcanzarlas. Las deja viviendo en una fotografía.
En una historia. En una palabra. En una canción. Olguita seguirá allí. En quienes la amaron. En quienes la nombrarán cuando recuerden los años compartidos.
En quienes todavía tendrán ganas de contar alguna de sus historias. Y, sobre todo, en esa música colombiana que alguna vez escuchó con emoción y que ahora tendrá también un poco de su nombre.
Nos gusta pensar que allá arriba las cosas continúan de alguna manera. Que Luis Francisco volvió a recibir a su hija como tantas veces la recibió en vida.
Con alegría. Con cariño. Con música. Quizás tomó nuevamente su instrumento. Quizás buscó una de aquellas melodías que ambos conocían.
Y quizá Olguita volvió a sonreír. Porque algunas historias parecen demasiado hermosas para terminar. Solo cambian de lugar. Ahora la historia de Olguita vive en nosotros.
Y cada vez que una canción colombiana atraviese una habitación, una carretera, una reunión familiar o una tarde cualquiera, alguien volverá a encontrarla.
No será necesario pronunciar su nombre. Bastará una melodía. Y allí estará ella.











