
En el corazón jadeante del conocimiento y la esperanza, donde los sueños de cientos de jóvenes se forjan día tras día, se alza una ceremonia que ha sabido tejer con secuencias de gratitud, arte y memoria un homenaje sin igual a los héroes silenciosos de la educación.
Este año, el evento “Pizarra de Oro” brilló con luz propia, erigiéndose como un acto sublime cuya esencia fue profundamente enmarcada en el más humano de los sentimientos: la gratitud.

Desde hace tres años, esta ceremonia de gala se ha organizado por el Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos, SENA, consolidándose como una iniciativa nacida del alma, del deseo fervoroso de decir “gracias” a quienes, con vocación y entrega, guían los pasos de los aprendices por caminos de oportunidad, dignidad y transformación.
“Pizarra de Oro”, es un ritual contemporáneo que reconoce el esfuerzo incansable de instructores que, con sabiduría, paciencia y amor por su labor, abren puertas hacia un mejor porvenir.

Esta noble idea germinó en el corazón de la instructora Nancy Esperanza Ruge Buitrago, quien no solo lidera procesos formativos en el área de Organización de Eventos, sino que ha sembrado en sus aprendices la semilla del compromiso social, de la estética en la producción y del profundo sentido del homenaje. ¿Qué mejor manera de formar profesionales de eventos, que involucrarlos en una experiencia real, cargada de simbolismo, afecto y emoción?
Así, cada año, este acto ceremonial se convierte en una travesía emocional, un viaje en el que los aprendices no solo ponen en práctica sus competencias, sino que también tocan la fibra íntima del ser al rendir homenaje a sus formadores.

Este año, “Pizarra de Oro” se vivió con intensidad y brillo, en una gala que evocó el estilo de los Premios Óscar, no en busca de vencedores o vencidos, sino para exaltar con dignidad y emoción a más de 70 instructores, 140 aprendices invitados y 40 aprendices organizadores del tecnólogo en organización de eventos, que cumplían funciones dentro del magno evento.
Cada uno de los instructores fue anunciado en pantalla como nominado en su respectiva categoría, pero más allá del protocolo, lo que se respiraba en el ambiente era un reconocimiento sincero y vibrante, un aplauso a la entrega diaria que ellos ponen en la arena formativa para que otros puedan soñar, construir y volar.

La gala estuvo marcada por una emotividad intensa. En medio de los aplausos y sonrisas, también se hizo un espacio para recordar con respeto y devoción a los instructores que recientemente partieron hacia otros planos de existencia. Sus nombres y memorias flotaron en el aire como pétalos de nostalgia y agradecimiento, y su legado fue honrado con palabras sinceras y gestos cargados de humanidad. El dolor de la ausencia se transformó en aplauso, y el recuerdo se volvió luz para quienes continúan su labor con fervor.

Las categorías que conformaron el evento estuvieron cuidadosamente diseñadas sobre los valores corporativos del SENA: respeto, solidaridad, honestidad, justicia, diligencia, lealtad y compromiso. Cada valor fue celebrado en escena a través de intervenciones alternadas de música, danza y expresión artística que dotaron la jornada de un carácter profundamente sensible y estético. Fue un verdadero encuentro de almas y talentos.

Entre los momentos más conmovedores, sobresalió la intervención musical de María Sofía Buitrago, aprendiz del programa Tecnólogo en Organización de Eventos, quien, con su voz dulce y el eco melancólico de su ukelele, preparó los corazones del público para recibir la mañana con emoción abierta.
A ella se sumaron interpretaciones destacadas de Valentina Franco, aprendiz y cantante de voz cálida y firme; el Grupo de Danzas del Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos del SENA, que encendió el escenario con fuerza y color; Rey Fonseca, artista y compositor multiinstrumentista, de alma antigua, consagrado a la música desde los 14 años; y el emergente Jhon Alexander, aprendiz de organización de eventos y drag king que encarna con gracia y valentía la elegancia simbólica de su nombre, fusionando arte y disidencia en un acto performativo que cautivó.

El cierre del evento alcanzó un nivel majestuoso gracias a la participación del maestro Jorge Zapata, un artista de grandes pergaminos, y de la inconfundible voz de Bibiana Patiño, cuya interpretación envolvió al público en un torbellino emocional que osciló entre la alegría, la nostalgia y el reconocimiento profundo. Fue un final digno de una correría pensada para recordar y agradecer.

Durante su intervención, el subdirector del Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos, Carlos Arturo Gamba Castillo, ofreció un sentido saludo en el que exaltó la labor de los instructores, animándolos a continuar esta encomiable labor educativa bajo la guía de los valores institucionales. Su valoración del evento como un certamen digno de ser replicado, no sólo emocionó, sino que selló con legitimidad el carácter trascendente de esta iniciativa.

El evento también contó con el respaldo decidido de COOPSENA, cuyo representante Edgar Edwin Polanco Botello celebró públicamente el valor de estas iniciativas, señalando que con ellas se dignifica y visibiliza tanto el acto de enseñar como el de aprender; La aprendiz de organización de eventos Zenide Cárdenas apoyó la iniciativa con premios sorpresa a los ganadores, a través de su emprendimiento CORTE GOURMET.
Asimismo, Carolina Hernández Vargas, coordinadora de servicios turísticos y hoteleros del Centro Nacional de Hotelería, Turismo y Alimentos, destacó cómo “Pizarra de Oro” ha ido cobrando fuerza con el paso de los años, hasta convertirse en una actividad institucional de referencia, preparada con esmero por los aprendices del área de Organización de Eventos, quienes, además de aprender, construyen legado.

“Pizarra de Oro”, es entonces, una celebración de lo invisible, de la paciencia diaria, del consejo oportuno, del gesto humano que transforma. Es un canto coral de gratitud a quienes siembran sin esperar cosechas inmediatas.
En cada rincón de esta ceremonia palpitó el espíritu del SENA, que no solo forma técnicos y tecnólogos, sino seres humanos integrales, capaces de honrar a sus maestros con la fuerza del arte, la memoria y el agradecimiento.

Porque en la educación no hay mejores premios que el reconocimiento del alma, el abrazo sincero, y el eco de una ceremonia que, año tras año, se levanta como una luz en medio del océano institucional, recordándonos que enseñar es un acto de amor, y agradecer, una forma sublime de justicia.











