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Ricardo Torres, el boyacense que llega a la dirección general del SENA

Ricardo Torres Castro, fraile dominico, académico, administrador y defensor de los derechos humanos, asumió la conducción del Servicio Nacional de Aprendizaje con el desafío de convertir la formación técnica y tecnológica en una verdadera herramienta de movilidad social, productividad, innovación y cierre de brechas en Colombia. La Palestra informa

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08/24/2026

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Son muchos los retos que asume el boyacense que llega a la dirección nacional del SENA. Fotografía archivo particular.

Por José Ricardo Bautista Pamplona – director general – Sistema Informativo La Palestra

El Servicio Nacional de Aprendizaje, SENA, una de las instituciones públicas de mayor cobertura y trascendencia social de Colombia, tiene al frente a un nuevo director general y, con él, llega a la máxima responsabilidad de esta entidad un hombre cuya trayectoria resulta tan singular como el desafío que ahora enfrenta. 

Se trata del tunjano Ricardo Torres Castro, O.P., fraile de la Orden de Predicadores, académico, administrador, teólogo y defensor de los derechos humanos, cuya vida profesional ha transitado por los caminos de la educación superior, la gestión institucional, el trabajo social y el acompañamiento a comunidades afectadas por la violencia.

Su llegada tiene, además, un significado particular, toda vez que es el segundo sacerdote que ocupa la Dirección General del SENA. El primero fue el sacerdote eudista Camilo Bernal Hadad, exrector de Uniminuto, quien estuvo al frente de la entidad entre 2011 y 2012, durante el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. 

La llegada de Torres Castro no puede interpretarse únicamente desde su condición religiosa; su perfil profesional plantea una combinación poco convencional entre pensamiento humanista, formación administrativa, experiencia académica y conocimiento de territorios donde las brechas sociales adquieren su expresión más dramática.

Nacido en Tunja, Boyacá, Ricardo Torres Castro pertenece a la comunidad dominica, Ordo Praedicatorum y su formación académica reúne disciplinas que, vistas en conjunto, permiten comprender la amplitud de su trayectoria: es bachiller en Teología, licenciado en Filosofía, pensamiento político y económico y teólogo; posee una maestría en Negocios y Redes Internacionales de la Universidad de Barcelona y otra en Administración de la Universidad Pontificia Bolivariana, además de haber iniciado estudios doctorales en Administración en la Universidad de Medellín. Es decir, llega al SENA no solamente desde la perspectiva de las humanidades y la formación religiosa, sino también desde el conocimiento de la administración, los negocios, la economía y las dinámicas organizacionales.

Una parte importante de su experiencia profesional está vinculada con la Universidad Santo Tomás, institución en la que ocupó diferentes responsabilidades académicas y administrativas y de la cual fue rector, en donde también ejerció como decano de división y director de proyectos, además de desempeñarse como síndico del Colegio Jordán de Sajonia, perteneciente a la misma comunidad religiosa. 

Esta experiencia le permitió conocer desde dentro la complejidad de las instituciones educativas, sus procesos de dirección, sus estructuras académicas, sus relaciones con la sociedad y los desafíos que supone administrar organizaciones dedicadas a la formación.

Pero quizá uno de los elementos más significativos de su hoja de vida se encuentra lejos de los grandes escenarios universitarios, ya que Torres Castro ha estado vinculado con procesos sociales y de defensa de los derechos humanos en regiones como el Catatumbo, territorio que durante décadas ha padecido los efectos de la violencia, el abandono institucional, la pobreza y la presencia de economías ilegales. Allí desarrolló actividades relacionadas con la comunicación, la gestión social y el acompañamiento comunitario, experiencia que le permitió conocer de manera directa una Colombia distinta a la que suele observarse desde los centros administrativos del país.

A esta trayectoria se suma su vinculación como asesor del Centro Nacional de Memoria Histórica, espacio desde el cual ha tenido contacto con procesos relacionados con la construcción de memoria, las víctimas y las consecuencias sociales del conflicto. 

Esa experiencia territorial y humanista adquiere particular relevancia frente a una institución como el SENA, cuya verdadera dimensión no puede medirse exclusivamente por el número de programas que ofrece, los centros de formación que administra o la cantidad de aprendices que atiende, sino por su capacidad para llegar precisamente a aquellos sectores de la población donde las oportunidades educativas y laborales son más escasas.

Y es justamente allí donde comienza el verdadero desafío de Ricardo Torres Castro. El mensaje de la nueva administración plantea la necesidad de que el SENA deje de ser entendido únicamente como un espacio donde se imparten capacitaciones para convertirse en un actor estratégico en el cierre de brechas sociales y en su articulación con la sociedad y la propuesta implica una transformación conceptual de gran alcance: pasar de una institución que forma para el trabajo a una institución que contribuya de manera integral a transformar las condiciones de vida de quienes ingresan a ella.

Esto significa fortalecer al aprendiz, pero también preguntarse qué ocurre después de la formación. ¿Cuál es su posibilidad real de acceder a un empleo digno, qué pertinencia tienen las competencias adquiridas frente a las necesidades del mercado, qué oportunidades existen para el emprendimiento, cómo se articulan los programas con las transformaciones tecnológicas y qué capacidad tiene el SENA para anticiparse a las nuevas demandas de la economía?

El mundo del trabajo está cambiando a una velocidad que obliga a replantear permanentemente los modelos tradicionales de formación y la inteligencia artificial, la automatización, la transición energética, la transformación digital, las nuevas industrias, la economía del conocimiento y los cambios en las cadenas globales de producción están generando perfiles laborales que hace pocos años prácticamente no existían y frente a esa realidad, el SENA no puede limitarse a responder a las necesidades del presente sino que debe tener la capacidad institucional para anticipar las competencias que Colombia necesitará mañana.

Otro de los grandes retos será recuperar y profundizar la confianza del sector productivo. La relación entre el SENA y las empresas debe superar el esquema elemental de formación y contratación para avanzar hacia una verdadera alianza estratégica entre educación, empresa, Estado e innovación, porque las empresas necesitan talento humano pertinente, pero también deben participar activamente en la definición de los perfiles, las competencias y los procesos de formación que requiere una economía cada vez más competitiva.

En este punto, la experiencia de Torres Castro en la educación superior puede convertirse en un activo importante, por cuanto el nuevo director ha cuestionado, en diferentes escenarios, la insuficiente articulación entre el SENA y las universidades y ha planteado la necesidad de fortalecer mecanismos como el Marco Nacional de Cualificaciones, fundamentales para construir trayectorias educativas y laborales más coherentes y para evitar que la formación técnica, tecnológica y universitaria continúe funcionando como compartimentos aislados.

También ha expresado críticas frente a la participación del sector privado de la educación superior y ha llamado la atención sobre la necesidad de que las universidades asuman un mayor liderazgo en la defensa de sus intereses y en la discusión de las políticas públicas educativas, posiciones que anticipan que su llegada al SENA podría estar acompañada de una mirada más amplia sobre la relación entre formación para el trabajo, educación superior, productividad y desarrollo nacional.

Sin embargo, existe un desafío todavía más grande, el de preservar al SENA como una institución de Estado y no convertirlo en un instrumento de gobierno, toda vez que una entidad de semejante dimensión y cobertura territorial no puede estar sometida a los vaivenes de la política coyuntural y su misión debe trascender los períodos presidenciales y responder a una política pública de largo plazo basada en resultados, pertinencia, transparencia, innovación y equidad territorial.

Modernizar la infraestructura física y tecnológica será indispensable, pero no suficiente. Consolidar la internacionalización será necesario, pero tampoco bastará. Fortalecer la innovación y la productividad será fundamental, pero deberá estar acompañado de una visión social que permita que esas transformaciones lleguen a los territorios históricamente excluidos.

La formación técnica y tecnológica tampoco puede continuar cargando con el estigma de ser una alternativa educativa de segunda categoría porque en una economía moderna, un técnico o un tecnólogo altamente cualificado puede ser tan determinante para la productividad nacional como cualquier otro profesional y la verdadera discusión no debería estar en establecer jerarquías entre las diferentes modalidades educativas, sino en garantizar que cada una de ellas tenga calidad, congruencia, reconocimiento social y capacidad para generar oportunidades reales.

La llegada entonces de un fraile dominico a la Dirección General del SENA adquiere una dimensión que va más allá de lo anecdótico, porque su condición religiosa no será suficiente para administrar una de las entidades públicas más complejas del país, como tampoco lo serán sus títulos académicos y tendrá que demostrar capacidad gerencial, liderazgo institucional, conocimiento del sector productivo, comprensión de las dinámicas laborales y, sobre todo, carácter para convertir su experiencia intelectual y social en decisiones concretas.

Ese es, finalmente, el enorme desafío que recibe este boyacense en la Dirección General del SENA: lograr que una institución concebida para formar trabajadores se consolide como una auténtica plataforma nacional de transformación social, desarrollo humano, innovación y productividad, porque cuando la educación logra conectar el conocimiento con las oportunidades, deja de ser simplemente formación y comienza a convertirse en una herramienta efectiva para cambiar la historia de un país, y Colombia bastante que lo necesita. 

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