
El mundo está despidiendo a grandes humanistas que, tras su partida, dejan huellas imborrables.
Luego de luchar contra un cáncer fulminante, enfermedad que soportó también con altura y gallardía como lo hizo con todas sus batallas y aguerridas luchas, el reconocido jurista Néstor Arturo Méndez Pérez, se despidió de la esfera terrenal para emprender su viaje hacia las alturas a donde dirigió siempre su mirada.
Un tunjano de estirpe refinada y cauta que puso al servicio del derecho su reveladora sapiencia, con un equilibrio asombroso entre la rigidez de la aplicación de la justicia, y la sensibilidad del ser humano.
Las calles de la capital boyacense fueron la morada de sus pasos primarios, y allí entre la sobria arquitectura colonial y el frío matutino de su amada Tunja, desarrolló extraordinarias habilidades intelectuales, las que supo administrar siempre desde los años en la escuela y luego en su «glorioso colegio de Boyacá».

Con su pareja y alma gemela, Claudia Cristina, construyó un idilio de telenovela rodeado de respeto, reflexiones y caricias para concebir luego la felicidad de contemplar la llegada de la vida, manifiesta en sus hijos Gabriela y Néstor Felipe con quien mantuvo siempre una relación indescriptible que va más allá del amor.
El brillante jurista se tituló en la Universidad Externado de Colombia en derecho y fue guía de trascendentales procesos tanto en entidades públicas como la Gobernación y la Lotería de Boyacá, y en los claustros universitarios en donde dejó sembrada la semilla de la ética y la rectitud en el oficio, expandida en mente y corazón de muchas generaciones.
Magistrado del Despacho Primero del Tribunal Administrativo de Caquetá y Cundinamarca, magistrado del Tribunal Administrativo de Boyacá, asesor de procesos administrativos del orden nacional, brillante y recordado académico, consejero de grandes personalidades y otro catálogo más de aplaudidas ejecutorias, catapultan hoy el nombre de este destacado hombre del derecho y las letras.

Amante de la buena música, de las baladas ochenteras, de los libros, de las tertulias de fina casta, noble y leal con la amistad, amoroso en el hogar y un par incondicional que refrendaba la palabra con hechos y respondía siempre por los conceptos acompañados de valores como los del acato y esa insobornable honestidad que lo caracterizó siempre y le otorgó el respeto y a la admiración de todos los que acercaron a su hoguera. «Vuela alto, querido amigo, para que los ideales que motivaron tus abnegadas luchas brillen por siempre en ese infinito a donde seguiremos elevando la mirada para hallar tu luz en el camino».











