
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director general La Palestra.
Hablar de Armando Manzanero es ingresar al templo sagrado del bolero, donde cada nota es una plegaria, cada verso una confesión y cada silencio un suspiro que aún flota sobre los tejados húmedos de la nostalgia. Es aludir a una leyenda que no nació de la fama, sino de la entraña misma del sentimiento humano, porque fue el amor, ese amor universal y sin edad, su patria definitiva.
Armando Manzanero Canché, nacido en Ticul, Yucatán, en 1935, fue un compositor prolífico, un tejedor de emociones y un delicado artesano del alma.
Su legado supera las cifras, más de 400 composiciones y 30 discos grabados, con más de 50 canciones de fama internacional. Pero no son los números los que hablan: es el murmullo de millones de labios que aún tararean Adoro, Contigo aprendí, No, Esta tarde vi llover, Somos novios, Mía o Todavía, como si fuesen letanías de un credo romántico.
Lo llamaron el Rey del Romanticismo, y con justicia. Su obra fue interpretada por voces de todos los idiomas y latitudes: desde Luis Miguel hasta Elvis Presley, desde Edith Márquez hasta Andrea Bocelli. Ganador del Grammy honorífico a la trayectoria, presidente de la Sociedad de Autores y Compositores de México, figura respetada en los foros más altos de la música global, Manzanero encarnó la dignidad del creador latinoamericano que nunca claudicó ante el artificio ni la moda, porque su canto era limpio, como las aguas antiguas y su verbo era digno, como los amores que no caducan.
Pero el destino, tan sabio como imprevisto, tenía guardado un giro lleno de lirismo, y en su camino surgió una voz femenina, una pluma poderosa, una sensibilidad afinada por las montañas, las nostalgias andinas y el fuego interior.
Se trataba de María Isabel Saavedra, compositora, poeta, escritora y cantante, nacida en la ensoñadora Ginebra, Valle del Cauca, una tierra donde las canciones germinan como cafetales, y donde la música andina colombiana tiene aroma de eternidad, gracias al Festival Mono Núñez.

Saavedra no llegó a la música, porque nació con ella escrita en su esencia. Su voz y su pluma se trenzan como una misma madeja de arte, capaz de acariciar las fibras invisibles del alma.
Su obra no busca la estridencia: busca la resonancia interior, y con un lenguaje pulido, hondo, y de orfebrería lírica, ha recorrido el continente con sus versos, cantados por figuras de la talla de Andrés Cepeda, Tania Libertad, Patricia Sosa, Piero y más de 200 intérpretes iberoamericanos que han visto en ella un referente de autenticidad y belleza.
Cuando Armando Manzanero la escuchó por primera vez, no tardó en reconocer en ella algo que rara vez se encuentra en los nuevos autores: verdad. Verdad expresada sin rebusques, con elegancia natural, con profundidad emocional y, así nació entre ellos una complicidad artística, una amistad espiritual y creativa, escrita a cuatro manos y dos corazones.
De esa comunión nacieron conversaciones íntimas, composiciones inéditas, reflexiones recónditas sobre la creación musical, la vida, el amor, la soledad y el tiempo.
Una de las herencias más bellas de esta alianza es el documental titulado “Manzanero Tapes: Conversaciones con un genio”, una joya audiovisual que hoy se abre como un cofre dorado para que el mundo escuche, vea y sienta los latidos de esa hermandad artística.
En este testimonio visual y sonoro, María Isabel Saavedra nos invita a recorrer las estancias secretas de la memoria, con grabaciones inéditas, manuscritos, confesiones compartidas, canciones nacidas al calor de la complicidad y la admiración mutua.
“Manzanero Tapes” es un cántico a la eternidad, una conversación suspendida en el tiempo, donde Manzanero sigue vivo en cada palabra, en cada mirada, en cada acorde.

Y allí, en ese altar de afectos, también reposan las creaciones de Saavedra: Una casa llamada país, Solo me tengo yo, Decir adiós, Contar conmigo, Cambiar de piel, Ya estuvo bueno… obras donde el amor se desnuda, el dolor se sublima, y el arte se ofrece como bálsamo.
Estas canciones, muchas de ellas convertidas en estandartes de la nueva canción hispanoamericana, han sido adoptadas por decenas de intérpretes que encuentran en sus versos la posibilidad de decir lo indecible, de amar con dignidad y despedirse con altura.
María Isabel Saavedra, sin perder jamás la humildad que la vuelve aún más grande, ha sabido codearse de tú a tú con los más insignes creadores del continente. Pero su mayor virtud sigue siendo su fidelidad a sí misma, a su origen y a su palabra.
María Isabel, no ha negociado su autenticidad ni ha renunciado a la ternura, porque su música se respira, se siente y se agradece, como lo hacemos todos cuando nos dejamos arrastrar por esa ola de sensibilidad que solo sabe generar la gran Saavedra.
“Manzanero Tapes” es una elegía viva. Es la permanencia de una voz que no quiso apagarse. Es la prueba de que el amor, cuando se canta con verdad, nunca muere.

Y al final, entre luces tenues y acordes memoriosos, no es solo María Isabel Saavedra quien nos habla de Manzanero, sino que es él mismo, reencarnado en la dulzura de su mirada, en el temple de sus palabras, en la hondura de sus canciones.
María Isabel nos lo devuelve sereno, sabio, eterno… como eterno será este amarre invisible que los une para siempre: la música.
Disfrutemos, entonces, de esta joya documental, nacida del más íntimo archivo de la memoria y el alma de Saavedra; un regalo al arte, un tributo a la amistad, un testamento amoroso de lo que ocurre cuando la poesía decide hacerse canción y las consonancias las vuelven eternas.











