
Hoy martes 6 de octubre de 2026, Colombia perdió una de esas voces que parecían pertenecer al paisaje sonoro de varias generaciones.
Víctor Hugo Ayala Caro murió a los 92 años, tras una vida dedicada a la canción y la noticia fue confirmada este martes por medios nacionales e internacionales, que destacaron su trayectoria como tenor lírico, intérprete de música romántica y voz emblemática del Himno Nacional.
Ayala había nacido en Bogotá el 13 de junio de 1934 y su camino hacia la música comenzó por una ruta distinta de la que terminaría definiendo su vida. Cursó estudios en el Liceo Camilo Torres, estudió varios semestres de arquitectura y trabajó como dibujante en la sección técnica de la Armada Nacional, pero la música, sin embargo, insistía en aparecer.
En los años cincuenta comenzó a presentarse como cantante aficionado en programas de radio. Una de aquellas participaciones terminó cambiando su destino: ganó un concurso en Radio Santa Fe y aquella victoria abrió las puertas de un medio que por entonces constituía uno de los grandes escenarios para los artistas colombianos.
Su voz comenzó a escucharse también en La Voz de Colombia y posteriormente en La Nueva Granada, emisora donde encontró algunos de los compañeros fundamentales de su primera etapa artística y allí apareció una de las alianzas que marcarían la historia de la música colombiana del siglo XX.
Ayala coincidió con Jaime Llano González, quien comenzaba a consolidarse como uno de los grandes intérpretes del órgano en Colombia y también compartió espacios con cantantes como Alberto Osorio y Alberto Granados.
El programa “Donde nacen las canciones” se convirtió en uno de aquellos espacios radiales que quedaron asociados a una época y Ayala y Osorio ponían las voces; Llano González aportaba el órgano; y alrededor de ellos se construía una propuesta que acercaba al público a la canción colombiana y al repertorio romántico. El programa permaneció durante años en el aire y llegó a convertirse en referencia de la radio musical colombiana.
En una de las reconstrucciones biográficas sobre Ayala aparece un detalle especialmente revelador, porque el programa solía comenzar con una canción interpretada por él y acompañada por Jaime Llano González. De esa relación musical surgiría posteriormente una pieza que terminaría convertida en clásico: “Si te vuelvo a besar”. Aquellos años permitieron que Ayala desarrollara una voz reconocible, capaz de moverse entre el bolero y diferentes expresiones de la canción colombiana.
Su registro de tenor, su dicción y una manera particularmente expresiva de interpretar las canciones terminaron convirtiéndolo en una de las figuras destacadas de aquella generación. “Camino Verde” fue el comienzo de una historia discográfica y el salto de la radio al disco llegó de la mano de Hernán Restrepo Duque, una de las figuras fundamentales de la industria musical colombiana de aquella época.
Restrepo Duque vinculó a Ayala con Sonolux, sello que tendría un papel determinante en su carrera discográfica, y su primer gran reconocimiento llegó con “Camino Verde”, canción que abrió para el cantante las puertas de un público mucho más amplio. Después vendría “La quiero porque la quiero”, otro de los títulos que quedarían asociados para siempre con su nombre. A partir de allí comenzó una extensa sucesión de grabaciones.
“Congoja”, “Brujería”, “Por si no te vuelvo a ver”, “Ya que te vas”, “Quiéreme”, “Las perlas de tu boca”, “Un compromiso”, “Qué fácil fue olvidarte”, “Fuego en el alma”, “Ojos traicioneros” y “Que murmuren”, entre otras canciones, hicieron parte de un repertorio que recorrió diferentes momentos de la canción romántica y colombiana.
Su trayectoria discográfica también se extendió a otros sellos, entre ellos RCA Víctor, Philips y Discos Orbe. Fuentes biográficas señalan que llegó a grabar más de 20 LP y que registró canciones en varios idiomas; medios que informaron sobre su fallecimiento hablan de alrededor de 48 trabajos discográficos a lo largo de su carrera. La diferencia entre las cifras responde a la manera en que distintas fuentes contabilizan álbumes, reediciones y otros trabajos discográficos. Lo que permanece fuera de discusión corresponde a la amplitud de una producción que ocupó buena parte de la segunda mitad del siglo XX.
Aunque buena parte del público lo recuerda como una de las grandes voces románticas de Colombia, reducir su repertorio al bolero dejaría por fuera una parte importante de su trayectoria, porque Ayala transitó por boleros, bambucos, pasillos, valses y otros géneros de la canción nacional y su interpretación de “La quiero porque la quiero”, por ejemplo, demostró su capacidad para abordar el bambuco desde una voz lírica y hondamente expresiva, amplitud que explica la permanencia de su nombre dentro de la historia de la música colombiana.
Su voz podía acompañar una canción de amor y, poco después, asumir un repertorio vinculado con la identidad nacional; podía cantar para la intimidad de un bolero y también para una audiencia que escuchaba la música colombiana como expresión de pertenencia.
Ayala fue escogido como intérprete del Himno Nacional de Colombia en sus once estrofas, una versión que durante años apareció en la televisión pública como parte del cierre de las transmisiones de fin de año y para varias generaciones de colombianos, aquella voz formó parte de un ritual porque la interpretación de Ayala convirtió aquella emisión en uno de esos recuerdos que permanecen ligados a una época de la vida nacional. Su voz aparecía cada 31 de diciembre y, con ella, terminaba oficialmente otro año de televisión.
Realizó giras por diferentes países de América y también residió durante algunos periodos en Canadá y Estados Unidos. Su repertorio permitió que públicos de otros lugares conocieran una parte de la canción colombiana interpretada desde una voz de formación lírica. Su trayectoria internacional coincidió con un momento de expansión de los artistas colombianos que buscaban llevar los repertorios nacionales más allá de las fronteras.
Ayala se convirtió en uno de los intérpretes que ayudaron a proyectar la música colombiana hacia públicos extranjeros. Una vida entre la arquitectura y la canción, y quizá por eso uno de los aspectos más interesantes de su biografía se encuentre precisamente antes de la fama, porque el joven Víctor Hugo Ayala estudió arquitectura durante cinco semestres y trabajó como dibujante en la Armada Nacional. La música llegó inicialmente como una actividad paralela, casi como una posibilidad que fue ganando espacio hasta convertirse en destino.
La radio terminó imponiéndose; los concursos de aficionados abrieron la primera puerta. Después llegaron las emisoras, luego el disco, después la televisión y finalmente una carrera que se extendió durante más de cinco décadas. Además de cantante, Ayala tuvo actividad como dibujante y llegó a ejercer como presidente del Círculo Colombiano de Artistas (CICA), según una referencia dedicada a los grandes intérpretes de la música andina colombiana del siglo XX.
Víctor Hugo Ayala se retira de la vida terrenal dejando una discografía amplia y una colección de canciones que continúan circulando, pero quizá su legado más importante no pueda calcularse en discos vendidos, canciones grabadas o apariciones en televisión, porque su verdadero patrimonio queda en la memoria de quienes crecimos escuchándolo, en quienes alguna vez pusieron una canción suya en una serenata, en quienes descubrieron el bolero a través de su voz, en quienes escucharon “Camino Verde” en una radio familiar y sobre todo, en quienes cada 31 de diciembre reconocían inmediatamente aquella voz que anunciaba el final de un año.
Víctor Hugo Ayala nació en Bogotá cuando la radio comenzaba a convertirse en una gran compañía para los hogares colombianos y murió 92 años después, cuando las canciones pueden viajar en segundos de un teléfono a otro, y cuando una voz como la suya puede permanecer disponible para siempre en una plataforma digital.
Gracias por todo y por tanto, querido maestro Víctor Hugo Ayala.











