
Llegar a Vilcabamba es como hacer un paréntesis en el tiempo. El camino hacia este pueblo, en la provincia de Loja, se abre paso entre montañas imponentes que parecen custodiar un secreto muy bien guardado.

La vida aquí transcurre sin prisa, el agua es clara y fresca, el aire se siente ligero a 1.700 metros sobre el nivel del mar y la gente conserva un ritmo tranquilo que contrasta con la agitación de las principales ciudades. No sorprende que tantos nativos y extranjeros lo elijan como refugio para descansar o pasar sus últimos años de vida en paz rodeados de naturaleza.

Sin embargo, no todo es idílico. La globalización ha dejado su huella en la zona: botellas plásticas, productos industriales y nuevas adaptaciones que destruyen el territorio, sin embargo, existen comunidades en Vilcabamba que mantienen sus tradiciones y se resisten a estos cambios adoptando un estilo de vida más natural.

A solo quince minutos a pie del centro del pueblo, el sendero Rumi Wilco me regaló otra cara de Vilcabamba. Allí todo es más salvaje: aves que cruzan de un árbol a otro, mariposas que flotan en el aire, plantas endémicas que se entrelazan para conformar un pequeño bosque que respira vida y un río fresco que recarga de energía.

Vilcabamba es mucho más que un destino turístico: es un recordatorio de lo que significa vivir en armonía con la tierra. Es un lugar ideal para apreciar la magia de la cordillera andina y dejar que sus montañas nos hablen en silencio.

Aún me quedan muchos países y territorios por visitar, pero este valle fue la primera puerta que se abrió en el camino. Damos gracias por estar vivos y la magia que nos envuelve a cada instante. Sígueme en @lucasbautistaph para enterarte de la travesía y conocer mi portafolio fotográfico.











