
Por: José Ricardo Bautista Pamplona – Director General – Sistema Informativo La Palestra.
El pasado domingo 23 de noviembre el popular espacio de Caracol Televisión “Los Informantes”, reveló un análisis periodístico y jurídico que dejó muchas inquietudes en quienes han estado esperando por años, una respuesta clara por parte de la justicia colombiana, frente a la muerte del maestro Gerardo Arellano Becerra y los demás pasajeros del vuelo 203 de Avianca.
Y es que, como se narra en el documental periodístico del Canal Caracol, el 27 de noviembre de 1989 no es solo una fecha en el calendario de la violencia colombiana, sino un hecho traumático en la historia aeronáutica, judicial y cultural del país.
Ese lunes, el vuelo 203 de Avianca, un Boeing 727-21 matrícula HK-1803, que cubría la ruta Bogotá–Cali, se desintegró en pleno ascenso sobre las laderas de Soacha, dejando 107 muertos a bordo y tres víctimas adicionales en tierra por impacto de fragmentos incandescentes.
Entre los 107 pasajeros y tripulantes viajaba el reconocido maestro Gerardo Arellano Becerra, tenor bugueño, figura de proyección internacional y uno de los intérpretes líricos más reconocidos de su tiempo en Latinoamérica.
La magnitud simbólica de su muerte fue tal que el proceso judicial quedó rotulado con un nombre que todavía hoy resuena como un epitafio institucional: “Gerardo Arellano y otros”.
Nombrar así el expediente no fue un capricho burocrático, sino un reconocimiento tácito de que Colombia perdió allí algo más que vidas, porque disipó un patrimonio vocal, un mediador entre la tradición operática y la canción nacional, y un artista en plena madurez creativa.
Hablar de Gerardo Arellano Becerra es hablar de una arquitectura vocal que unió escuela académica y sensibilidad popular. Formado en la Universidad Nacional y perfeccionado en Italia, consolidó una carrera que transcurrió entre el repertorio lírico universal y la música romántica y folklórica con acento propio.
Gerardo Arellano Becerra no fue un “intérprete más” en un país de buenos cantantes, porque fue un tenor de referencia, capaz de hacer convivir el fraseo operático con el aliento andino y de dignificar lo popular sin trivializar lo clásico.
Su papel como maestro de ceremonias y figura emblemática del Festival Mono Núñez, y el hecho de que hoy un coliseo lleve su nombre en Ginebra, Valle del Cauca, muestran que su huella no es decorativa, sino estructural en la memoria musical del país.
Ese peso cultural explica por qué su muerte condensó, quizá como ninguna otra, el espanto nacional. Tenía 42 años; viajaba horas antes de su fallecimiento junto a personalidades políticas y culturales, como lo evoca su hijo Federico Arellano Mendoza.
Se trataba de una vida artística de alta densidad, truncada en el punto donde la experiencia ya había decantado una estética propia y, a la vez, abría las puertas a una segunda fase de creación y docencia. Su desaparición no fue únicamente una pérdida familiar; fue una amputación de futuro cultural.

Desde el primer momento, la narrativa estatal fijó una hipótesis dominante: el avión habría sido destruido por una bomba colocada al interior, por orden de Pablo Escobar, con el propósito de asesinar al entonces candidato presidencial César Gaviria, quien finalmente no abordó el vuelo, lectura que se convirtió en la máscara jurídica del caso y sustentó condenas en Estados Unidos como la de Dandeny Muñoz Mosquera, alias “La Quica”.
Sin embargo, el análisis jurídico del hoy abogado Federico Arellano Mendoza, recoge un cuestionamiento técnico de fondo: la hipótesis oficial se ha mantenido por décadas más como dogma político que como conclusión científica consolidada.
El propio Federico Arellano Mendoza, subraya una anomalía narrativa difícil de ignorar: Escobar se atribuía con ostentación los grandes actos de narcoterrorismo de la época, pero jamás reclamó públicamente este ataque, ni siquiera en sus comunicados estratégicos de presión al Estado y esa omisión, aunque no prueba por sí misma una hipótesis alternativa, sí abre una grieta lógica en la causalidad oficial.
A esto se suma un elemento institucional grave porque de acuerdo con el testimonio citado, la investigación en Colombia se mantiene en fase preliminar, a pesar del copioso material probatorio, volumen de víctimas, la connotación internacional y la antigüedad del hecho.
El rango de lesa humanidad logrado por el jurista Arellano Mendoza, en 2009, ha servido de insumo para sus acciones ante el Sistema Interamericano de Derechos Humanos a la vez que impide que opere el fenómeno de la prescripción, pero no ha impedido la parálisis local.
Según el testimonio del abogado Federico Arellano Mendoza, en términos de derecho penal internacional, un crimen imprescriptible que no avanza equivale a una impunidad perpetua administrada por el tiempo.
El núcleo más disruptivo del fragmento aportado por Federico Arellano Mendoza viene sosteniendo desde hace años que el vuelo 203 no habría sido destruido por una explosión interna, sino por una implosión causada por el impacto de un misil tierra-aire.
Entre los elementos técnicos que plantea la hipótesis se anotan:
Dictamen pericial atribuido al FBI. Se afirma que un informe elaborado por el explosivista Fred Whitehurst, entonces vinculado al laboratorio del FBI, detectó componentes químicos y físicos compatibles con la ojiva de un misil, no con una carga explosiva interna. Whitehurst, además, es una figura real en debates sobre procedimientos del laboratorio del FBI y testificó en el caso; hay registro público de informes y controversias asociadas a su trabajo pericial en Avianca 203.
Dinámica de daño: implosión vs explosión. El abogado describe un patrón típico de impacto externo: el fuselaje habría colapsado de afuera hacia adentro, lo que técnicamente se denomina “implosión estructural” por agente exógeno.
En una bomba interna, el gradiente de presión y la dispersión de fragmentos operan “de adentro hacia afuera”. Esta distinción es central en la ingeniería forense de accidentes aéreos.
Trayectoria y zona de influencia. La aeronave sobrevolaba una zona aledaña a Indumil (Soacha), lugar históricamente vinculado a ensayos y entrenamiento de material militar.
Se postula que, durante una instrucción con misiles importados (posiblemente de origen israelí o ruso, según la versión), ocurrió un disparo accidental que impactó al avión.
Esta tesis ha circulado en medios colombianos en años recientes como alternativa al atentado con bomba. ¿Qué significa esto, si llegara a comprobarse?
Si la hipótesis del misil fuera confirmada judicialmente, estaríamos ante una reconfiguración radical del caso ya que pasaría de un acto terrorista doloso atribuible a narcotráfico a un homicidio culposo masivo con presunta participación de agentes estatales por accidente operacional.
De ser así, se desplazaría todo el eje de responsabilidad penal hacia la cadena de mando, protocolos de seguridad militar, control de espacio aéreo y eventuales mecanismos de encubrimiento.

Este escenario explicaría, según Federico Arellano Mendoza, por qué el informe habría sido marginado y por qué el perito habría sufrido presiones para modificar su dictamen.
Es vital subrayar periodísticamente que esto es una alegación de parte y requiere verificación judicial plena; pero también es cierto que la existencia de agentes del FBI vinculados al caso y llamados a declarar es un hecho público.
El dato más lacerante de la historia no es solo la tragedia aérea. Es el estado de la justicia: 36 años sin una verdad procesal robusta, sin determinación completa de responsables y sin reparación integral.
Desde una lectura técnico-jurídica, esto configura: Violación continuada del deber de investigar: un Estado de Derecho no puede sostener en “preliminar” un crimen de esta envergadura.
Revictimización por dilación: cada año de inacción prolonga el daño moral de familias que no han podido cerrar el duelo.
Deslegitimación institucional: la impunidad erosiona la confianza ciudadana y reabre preguntas sobre pactos de silencio o narrativas funcionales al poder.
En el plano humano, el testimonio del niño de 12 años que escuchó el apellido “Arellano” en la radio antes de comprender la muerte de su padre convierte la estadística en carne viva; y en el plano cultural, esa infancia arrebatada dialoga con otra pérdida mayor: la música colombiana quedó sin la voz que podía haberla representado durante décadas más en todo el mundo.
Que el expediente tenga por rótulo “Gerardo Arellano y otros” no es un simple formalismo; es una metáfora involuntaria de la historia colombiana, porque las víctimas masivas se vuelven “otros” hasta que una figura cultural les da nombre y vuelve su muerte visible.
El maestro Arellano opera aquí como condensador simbólico y su prestigio internacional hizo imposible el olvido inmediato del crimen; pero esa misma visibilidad genera una obligación ética: no permitir que su memoria sea usada solo como recuerdo nostálgico mientras el caso permanece empantanado.

Así las cosas y según el análisis hecho por los periodistas del espacio televisivo Los Informantes, Gerardo Arellano Becerra no fue únicamente un pasajero del vuelo 203. Fue un vector de identidad sonora colombiana, un hombre que convirtió la técnica vocal en emoción nacional y que proyectó al país en escenarios donde gracias a él, Colombia era más que violencia, muerte y terrorismo.
Su ausencia se mide en la pedagogía que no alcanzó a consolidar, en las generaciones que no oyeron su voz en plenitud y en el vacío cultural que todavía se siente cuando se le nombra y por eso, 36 años después, la impunidad no es un asunto de expediente, sino una cuestión de nación.
Sea que la verdad final confirme una bomba narcoterrorista o un misil militar accidental, lo verdaderamente inaceptable es que el Estado no haya dicho aún, con pruebas completas, cuál es esa verdad.
Mientras el país siga sin respuesta, la muerte del maestro Gerardo Arellano Becerra y la de los otros 106 seguirá siendo una partitura inconclusa en la memoria colectiva, una obra interrumpida por el silencio judicial, y Colombia no puede permitirse que el olvido sea la última palabra cuando el arte, la vida y la dignidad reclaman justicia.
Aquí la nota completa extraída del programa de Caracol Televisión: Los Informantes emitido el día domingo 23 de noviembre de 2025.











