Un espacio de información y libertad
¿Aficionados o vándalos?
Compartir
Se autodenominan aficionados, pero su comportamiento desmiente de raíz el significado más elemental del término.
La afición implica vínculo, identificación simbólica, goce estético y pertenencia cultural; lo que aquí se observa, en cambio, es una deriva patológica de la pasión deportiva, una mutación peligrosa en la que el amor por unos colores se degrada hasta convertirse en hostilidad, destrucción y, en los casos más extremos, muerte porque cuando la emoción se emancipa de la razón y del límite ético, deja de ser identidad para transformarse en una forma de violencia socialmente corrosiva.
Desde una perspectiva sociológica y criminológica, estos comportamientos no pueden ser entendidos como expresiones intensas del folclor deportivo, toda vez que la evidencia empírica demuestra que, en muchos países, la inmensa mayoría de los asistentes a eventos deportivos (superior al 95 %) participa de manera apasionada pero pacífica, sin incurrir en conductas violentas.
Sin embargo, una minoría activa, aunque estadísticamente reducida, genera un impacto desproporcionado: estudios internacionales sobre violencia en escenarios deportivos señalan que menos del 5 % de los asistentes es responsable de más del 80 % de los incidentes graves registrados, incluidos enfrentamientos físicos, destrucción de infraestructura, lesiones y homicidios.
Y es que no se trata, por tanto, de pasión, sino de una distorsión profunda del sentido de pertenencia. El resultado de un partido es asumido como legitimación para el ataque, el daño y la deshumanización del otro.
En este punto, el deporte deja de ser un lenguaje simbólico y se convierte en un pretexto instrumental para canalizar frustraciones individuales, tensiones sociales acumuladas y pulsiones agresivas que nada tienen que ver con el juego y la camiseta, lejos de ser un símbolo de identidad compartida, se convierte en una frontera violenta entre “nosotros” y “ellos”.
Los daños que estas conductas producen son múltiples y, en muchos casos, irreparables. En el plano humano, cada agresión y cada muerte asociada a la violencia deportiva constituyen una fractura ética imposible de justificar porque no existe victoria que compense una vida perdida ni derrota que excuse la violencia ejercida.
En el plano social, estas acciones erosionan la confianza colectiva, instauran el miedo como experiencia dominante en los estadios y expulsan progresivamente a familias, niños y espectadores ocasionales, reduciendo la asistencia y empobreciendo el tejido comunitario que históricamente rodeó al deporte.
Las consecuencias económicas tampoco son menores y en diversos escenarios latinoamericanos y europeos, los clubes destinan entre el 15 % y el 30 % de sus presupuestos operativos a esquemas de seguridad, reparación de daños y sanciones derivadas de actos vandálicos. A ello se suman los costos indirectos: estadios clausurados, partidos a puerta cerrada, pérdida de patrocinadores y deterioro de la imagen institucional del deporte.
La destrucción del espacio público, del transporte, del mobiliario urbano y de los escenarios deportivos implica, además, millones de recursos públicos desviados hacia la reconstrucción de lo que nunca debió ser destruido.
Más grave aún es el daño simbólico y el deporte, concebido históricamente como un espacio de competencia regulada, socialización, encuentro y construcción de sentido colectivo, queda atrapado en una lógica de estigmatización y control coercitivo.
El rival deja de ser adversario y pasa a ser enemigo; la contienda deportiva se transmuta en una guerra figurada donde el otro pierde su condición humana, escenario en el que el espectáculo pierde su razón de ser y la emoción colectiva se marchita, sustituida por el temor y la desconfianza.
La persistencia de este fenómeno no sólo interpela a quienes protagonizan los actos de violencia, sino también a las estructuras que los toleran, los minimizan o los romantizan bajo el eufemismo de la “pasión desbordada”.
Normalizar la violencia es perpetuarla y confundir fanatismo con afición es renunciar a la posibilidad de un deporte sano, incluyente y sostenible. La inacción, la ambigüedad discursiva y la falta de sanciones efectivas terminan validando conductas que socavan el fundamento civilizatorio del deporte.
Hoy el desafío no es simplemente contener multitudes, sino reconstruir el sentido mismo del hecho deportivo porque mientras algunos sigan creyendo que amar un equipo implica odiar al otro, destruir lo común y borrar los límites de la humanidad, el deporte continuará pagando un precio injusto: estadios vacíos, clubes sitiados y una experiencia colectiva degradada.
La verdadera afición construye, convoca, celebra y todo lo demás es una desviación violenta, socialmente dañina y éticamente inaceptable que no merece el nombre de pasión, y mucho menos el de afición.











