Un espacio de información y libertad
¿Cómo voy yo?
Compartir
Esa es la pregunta de cabecera de muchos y el mantra egoísta que guía sus pasos.
Y es que no se trata de servir, de construir ni de aportar: se trata de saber cuánto ganan, qué fracción de la torta les corresponde, qué parte del presupuesto pueden arañar para sí mismos.
Si hay beneficio personal, entonces todo es “magnífico”, todo es “histórico”, todo es “digno de aplausos”; pero si no hay silla reservada, si no les toca tajada o no salen en la foto, de inmediato todo es indiferente, inútil o criticable.
Lo vemos en los cargos públicos, donde no importa la grandeza de una causa ni el beneficio que traiga para la comunidad; lo que importa es si el nombre propio aparece en la tarima, si hay contrato que firmar, si hay vitrina que exhiba, si sus apellidos son mencionados por el presentador o por quienes hacen uso de la palabra.
En esas lógicas mezquinas, los programas sociales, los certámenes culturales o las convocatorias comunitarias solo despiertan entusiasmo si aseguran réditos personales, o si sus motes hacen parte de la nómina. De lo contrario, no vale ni un minuto de atención.
Y lo mismo ocurre en los trabajos, en las organizaciones, en los equipos. Si alguien pertenece a la “rosca privilegiada”, entonces todo es armonía, visión de futuro y palabras elocuentes. Pero si no hacen parte de ese círculo cerrado, nada sirve, todo se cuestiona, la crítica se vuelve tóxica y la actitud termina siendo un obstáculo más que una ayuda.
En el ámbito artístico sí que se ve este fenómeno: aquellos que proclaman amar a su país, venerar su música y custodiar sus tradiciones; los que recitan versos altisonantes en defensa de la identidad, la niñez y las raíces, son, paradójicamente, los más indiferentes ante las causas colectivas que buscan sembrar conciencia sobre el devenir de la cultura, y solo aparecen, escuchan o asisten cuando su foto, grande y ostentosa, ocupa un espacio invasivo en las programaciones o en las parrillas de contenido.
Son individuos que, en vez de aportar, drenan energía, contravienen el espíritu colectivo y siembran un veneno sutil: el de la indiferencia cuando no son protagonistas y el de la obstaculización cuando no tienen el control.
El verdadero compromiso con la comunidad, con la ciudad y con la patria no debería medirse por el puesto que se ocupa ni por la porción de poder que se disfruta; al contrario, se mide en la capacidad de trabajar, aunque no haya reflectores, en la grandeza de servir, aunque no haya cámaras, en la coherencia de creer en el bien común, aunque nadie nos nombre.
Quien de verdad ama y cree, no pregunta “¿cómo voy yo?”, sino “¿cómo vamos todos?”.











