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Cuando el poder se apaga…“trapitos salen al sol”…
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Hay una escena que la historia ha repetido con una precisión casi matemática y que, sin embargo, la humanidad insiste en contemplar como si fuera una novedad. Ocurre cuando el poder comienza a extinguirse.
Apenas la autoridad pierde vigor, el prestigio se resquebraja o el trono deja de ser inexpugnable, se inicia un espectáculo tan predecible como vergonzoso: los antiguos aplausos se convierten en acusaciones, los elogios mutan en descalificaciones y quienes hasta ayer competían por ocupar la primera fila del séquito empiezan a desfilar frente al micrófono para exhibir los «trapitos al sol».
El poder tiene una extraña capacidad para deformar el carácter de quienes lo ejercen y de quienes lo rodean y produce una ilusión extraña de invulnerabilidad en unos y la necesidad enfermiza de agradar en otros porque alrededor del poderoso suele edificarse una corte donde escasea la crítica honesta y abunda el incienso de la adulación.
Allí prosperan el servilismo, la pleitesía y la obediencia interesada; florecen los aplausos automáticos, las sonrisas hipócritas y las reverencias oportunistas de quienes descubren que inclinar la cabeza resulta más rentable que sostener la dignidad.
En ese ambiente artificial nacen los peores enemigos de cualquier liderazgo: la manipulación disfrazada de lealtad, la vanidad alimentada por el halago permanente, el egocentrismo convencido de su propia infalibilidad, la parcialidad que convierte la justicia en conveniencia y la ambición que termina confundiendo el servicio con la propiedad del poder.
No pocas veces el gobernante, el dirigente, el empresario, el líder político, el religioso o el personaje público termina creyéndose el protagonista indispensable de la historia porque quienes lo rodean jamás tuvieron el valor de recordarle que todo poder es transitorio.
Pero si la adulación resulta despreciable, aún más censurable es la conducta de quienes la practican, porque los mismos que durante años celebraron cada decisión, justificaron cada exceso, ocultaron cada abuso y defendieron hasta lo indefendible, suelen ser los primeros en desertar cuando el poder empieza a desmoronarse.
Entonces descubren una súbita vocación por la verdad y aparecen entrevistas, memorias, confesiones, columnas, libros y declaraciones en las que relatan con sorprendente detalle episodios que, según dicen ahora, conocían desde hacía mucho tiempo.
De repente aseguran haber sido testigos de arbitrariedades, abusos, persecuciones, actos de corrupción, manipulaciones, venganzas y decisiones moralmente reprochables. Revelan secretos cuidadosamente guardados durante años y describen comportamientos que, de ser ciertos, los convierten inevitablemente en cómplices silenciosos.
Porque quien presencia una injusticia y calla mientras obtiene beneficios de ella no puede proclamarse inocente cuando decide hablar únicamente porque el escenario político cambió.
Resulta profundamente revelador observar cómo la conciencia de muchos parece despertar exactamente el día en que desaparecen los privilegios. Mientras hubo contratos, cargos, influencias, reconocimientos, invitaciones, favores, viajes, ascensos o cuotas de poder, el silencio fue absoluto. La indignación apareció únicamente cuando cesaron los dividendos.
Es entonces cuando los antiguos guardianes del régimen se transforman en fiscales implacables. Los defensores más fervorosos mutan en los críticos más severos. Los arquitectos del relato oficial se convierten, casi por arte de oportunismo, en los principales narradores de la decadencia.
No hablan necesariamente por convicción moral. Hablan porque necesitan sobrevivir políticamente y necesitan demostrarle al nuevo dueño del poder que ya cambiaron de bandera, que pueden ser útiles, que ahora son leales al siguiente trono, es decir; cambian de amo con la misma facilidad con la que antes cambiaban de discurso. Su verdadera ideología nunca fue un proyecto colectivo; fue la cercanía al poder.
La historia universal está llena de estos personajes expertos en anticipar el viento para orientar las velas de su conveniencia ya que no defienden principios sino que administran intereses, no construyen lealtades pero alquilan fidelidades, no sirven a las instituciones; sirven a quien las controla, y cuando ese control desaparece, corren presurosos a ofrecer sus servicios al siguiente soberano.
Paradójicamente, son ellos quienes más contribuyen a la degradación de la democracia, de las organizaciones y de las instituciones, porque el problema nunca ha sido únicamente quien concentra el poder, sino también quienes lo alimentan con una obediencia servil que elimina todo contrapeso, destruye la crítica, sofoca el debate y convierte la prudencia en un acto de traición.
Tal vez el mayor aprendizaje que deja este fenómeno consiste en comprender que los aplausos interesados nunca constituyen respaldo verdadero por cuanto el adulador jamás es amigo del poderoso; es amigo de las ventajas que el poderoso representa y mientras existan beneficios, permanecerá arrodillado, pero cuando desaparezcan, será el primero en lanzar la piedra y el primero en jurar que siempre estuvo en desacuerdo.
Hay una diferencia inmensa entre la lealtad y la complicidad. La primera tiene el valor de decir la verdad aun cuando incomode; la segunda guarda silencio mientras existan recompensas. La lealtad corrige; la complicidad encubre. La lealtad protege la dignidad; la complicidad protege el negocio.
Quizá por eso el verdadero rostro de muchas personas no se revela durante el auge del poder, sino en el instante de su ocaso. Allí caen las máscaras. Allí desaparecen las cortes. Allí el aplauso deja de cotizarse y comienza la estampida. Allí se descubre que muchos de los supuestos amigos nunca fueron aliados de una persona, de una causa o de un ideal, sino simples inversionistas del poder, siempre dispuestos a cambiar de dueño cuando el mercado de las influencias ofrece mejores oportunidades.
Y mientras los trapitos salen al sol entre confesiones tardías, venganzas disfrazadas de transparencia y revelaciones que llegan demasiado tarde para llamarse valentía, queda una pregunta reveladora para quienes hoy denuncian con tanta vehemencia: ¿dónde estaba esa conciencia cuando el poder todavía repartía favores?
Definitivamente denunciar cuando ya no existe riesgo rara vez constituye un acto de heroísmo y con mucha frecuencia es apenas la última expresión del oportunismo, porque el verdadero coraje no consiste en hablar cuando el rey ha caído, sino en decir la verdad mientras el rey todavía conserva la corona y comete tantas irregularidades, injusticias y delitos.











