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Cuando la decadencia se vuelve paisaje y el paisaje deja de doler, la educación es la única salida

Jan 20, 2026

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Decir que la violencia, el irrespeto, la delincuencia, la pérdida de valores y la descomposición social se volvieron parte del paisaje, también se volvió parte del paisaje.

La frase se repite con la misma ligereza con que se observan las noticias diarias, los titulares sangrientos, las estadísticas frías y los discursos vacíos. Se dice tanto que ya no duele, se nombra sin estremecerse y se acepta sin rebelarse.

Y ahí radica el verdadero problema; no en el diagnóstico, sino en la resignación, porque hemos aprendido a convivir con lo inadmisible, normalizamos lo que debería escandalizarnos y peor aún, quienes ostentan poder de decisión y liderazgo social se han acostumbrado a describir el problema con una precisión casi académica, pero sin la valentía de enfrentarlo con acciones contundentes y transformadoras.

Durante años se ha sostenido, y no sin razón, que la educación es la única salida para una sociedad enferma; sin embargo, hoy esa afirmación exige una revisión honesta y veraz.

¿Qué sucede cuando la educación misma empieza a reflejar los idénticos vicios de la sociedad que pretende corregir?

¿Qué pasa cuando las aulas, en lugar de ser refugios de pensamiento crítico, respeto y valores, se convierten en escenarios de violencia, apatía, irrespeto y deshumanización?

Resulta intensamente alarmante que el deterioro ético y social se manifieste con especial crudeza en los espacios llamados a formar ciudadanos y cuando el irrespeto se instala en la relación maestro–estudiante, cuando la indiferencia reemplaza la vocación, cuando el facilismo académico suplanta el rigor, la educación deja de ser solución y comienza a ser parte del problema, porque una sociedad no se destruye únicamente en las calles; también se desmorona en las aulas cuando se renuncia al compromiso moral de educar honestamente.

La identidad, entendida como la radiografía viva de lo que somos como pueblo, ha entrado en una máquina de destrucción silenciosa pero devastadora. Se ha debilitado el sentido de pertenencia, se ha menospreciado lo propio, se ha desplazado la cultura por modelos importados que poco dialogan con nuestra realidad.

Nuestras raíces, nuestro folclor, nuestras expresiones artísticas y deportivas han sido relegadas a actividades “complementarias”, cuando en realidad constituyen columnas fundamentales del desarrollo humano.

Sin embargo, y aquí aparece la esperanza, la realidad se empeña en contradecir el discurso pesimista. Basta con mirar lo que ocurre en los grandes escenarios culturales del país. Festivales como el Mono Núñez, la Leyenda Vallenata, el Petronio Álvarez, los encuentros de danza tradicional, los campeonatos deportivos formativos demuestran que quienes hoy ocupan esos espacios no son adultos aferrados a la nostalgia, sino niños y jóvenes formados en procesos serios, constantes y comprometidos. Jóvenes que encontraron en el arte, la música, la danza y el deporte una alternativa de vida, un camino de disciplina, identidad y sentido.

Estos ejemplos desmienten, sin lugar a dudas, la narrativa cómoda de que las nuevas generaciones no se interesan por el folclor o los valores culturales. Lo que no existe es el acceso suficiente, el acompañamiento responsable y la voluntad institucional.

Cuando a un niño se le permite acercarse a sus raíces, cuando se le brinda una guitarra, un tiple, un balón, un espacio escucha, reflexión y análisis o un escenario artístico, el resultado suele ser extraordinario, porque no solo florece el talento, sino que se fortalece el carácter, se cultiva el respeto, se aprende la disciplina y se construye comunidad.

Es allí donde la educación debe asumir su rol histórico con mayor contundencia. Rectores, docentes, orientadores y líderes educativos y culturales no pueden seguir actuando de manera aislada, fragmentada o defensiva, toda vez que el momento exige un frente común, una alianza cierta y pedagógica en favor de la reconstrucción del tejido social y no se trata únicamente de cumplir planes de estudio o indicadores de calidad; se trata de formar seres humanos íntegros.

El arte, la cultura y el deporte no son rellenos curriculares ni actividades marginales. Son herramientas poderosas de transformación social porque enseñan respeto por la norma, capacidad de observación, valoración del otro, sentido de pertenencia, trabajo en equipo y amor por lo propio.

Allí donde un joven ensaya una coreografía, aprende a escuchar; donde afina un instrumento, aprende paciencia; donde entrena un deporte, aprende disciplina y autocontrol. Valores que ninguna cátedra teórica logra inculcar por sí sola y menos utilizando modelos arcaicos o supuestamente modernos que no logran calar en lo más mínimo.

La educación que necesita esta sociedad no es la que memoriza contenidos, sino la que forma conciencia. No la que reproduce modelos agotados, sino la que dialoga con la realidad del territorio. No la que excluye el arte y el deporte, sino la que los reconoce como lenguajes esenciales para sanar una sociedad fracturada.

Hoy existen cientos de ejemplos exitosos nacidos en escuelas, colegios, casas de cultura y procesos comunitarios. Jóvenes que, gracias a docentes comprometidos y líderes visionarios, encontraron un propósito y hoy son referentes nacionales. Esas historias no son excepciones: son la evidencia de que cuando la educación se ejerce con responsabilidad, coherencia y amor por lo propio, la transformación es posible.

La pregunta ya no es si la educación es la salida. La verdadera pregunta es si quienes la lideran están dispuestos a asumir el inmenso compromiso histórico que les corresponde, porque lo que no puede seguir siendo parte del paisaje es la indiferencia, y lo que no puede seguir repitiéndose como frase vacía es aquello que exige acción urgente.

Reconstruir el tejido social es una tarea colectiva que empieza, inevitablemente, en la educación; pero en una educación que forme valores, afiance la identidad y le devuelva a la sociedad la esperanza de reconocerse a sí misma.

Urge también desmontar los clubes privados de la identidad, esos espacios donde se habla de folclor y de patria solo cuando hay tarima, aplauso, reconocimiento o figuración.

Allí donde la causa cultural parece válida únicamente si garantiza escenario, homenaje, recursos o protagonismo personal. Si salgo, si me aplauden, si me pagan, si me nombran, entonces participo; si no, desconozco, ignoro y descalifico.

Esa lógica mezquina revela una verdad vergonzosa: no estamos comprometidos con un proyecto de país, sino con un proyecto de ego; no defendemos la cultura como causa colectiva, sino como vitrina personal.

Mientras la identidad se use como instrumento de vanidad y no como herramienta de transformación social, seguiremos hablando de folclor sin construirlo y de nación sin asumirla, porque un país no se edifica desde el espejo, sino desde el compromiso silencioso, ético, constante, permanente, efectivo y generoso.

Así las cosas, la educación y la escuela son la única salida.

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Cuando la decadencia se vuelve paisaje y el paisaje deja de doler, la educación es la única salida

Jan 20, 2026

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