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Cuando se pierde la calma, se pierde el control
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En un instante crucial para la sociedad, donde los afanes perturban nuestras acciones, es de capital importancia entender el poder y los efectos que tiene mantener la calma, un estado fundamental para nuestra estabilidad emocional y la capacidad para tomar decisiones racionales.
La calma es un estado mental en el que logramos conservar la serenidad frente a las adversidades, el estrés o los conflictos; sin embargo, cuando perdemos la calma, no solo nos vemos arrastrados por emociones intensas, sino que también perdemos el control sobre cómo respondemos ante las situaciones, porque el menoscabo de la calma no es solo una cuestión de bienestar emocional, sino que tiene repercusiones reveladoras en nuestra capacidad para gestionar los desafíos de manera positiva.
La tranquilidad ante las adversidades no es simplemente la ausencia de emoción o tensión, sino una habilidad adquirida a lo largo del tiempo que nos admite enfrentar la vida con claridad, manteniendo el control de las situaciones para darles el manejo necesario según el caso y la gravedad.
Cuando estamos en calma, somos más conscientes de nuestras emociones y podemos observarlas sin reaccionar impulsivamente ante ellas, y ese dominio de la serenidad, nos da acceso a la reflexión antes de actuar, evaluar las opciones disponibles y tomar decisiones informadas. En la calma, nuestros pensamientos fluyen de manera coherente y objetiva, lo que nos acerca a la resolución de problemas y la adaptación a las circunstancias.
El control, por tanto, se refiere a la capacidad de manejar nuestras emociones, pensamientos y comportamientos de manera apropiada, y la calma es ese pilar sobre el cual se basa esa inspección, porque, si bien todos experimentamos emociones intensas en algún momento, la serenidad nos hace expertos en canalizarlas de forma constructiva.
En una discusión o situación de estrés, una persona tranquila puede escuchar con atención, evaluar los hechos y responder de manera racional, mientras que quien pierde la calma reacciona de forma vehemente, exacerbando el conflicto o haciendo arbitrajes de los que luego se lamenta. Detener la lengua para no herir con palabras de grueso calibre, es el primer paso para la cavilación oportuna.
Hay expertos en provocar y hacer perder la calma a los demás; personas astutas y sagaces que saben que una de nuestras mayores debilidades es perder el control, y por eso nos irritan de manera permanente para hacernos caer en el hueco lóbrego de la desesperación, donde ellos son expertos en ganar la batalla; por lo tanto, el secreto es no dejarnos incitar y menos caer en la trampa de los habilidosos incendiarios o entrar en su juego de palabrejas de acometida y bravata.
Los expertos señalan que una de las áreas más afectadas cuando se pierde la calma es nuestra capacidad para mantener relaciones saludables, ya que las interacciones humanas requieren empatía, comunicación efectiva y la destreza de escuchar y entender el punto de vista del otro y cuando no podemos controlar nuestras emociones, reaccionamos de manera desproporcionada o incluso herida ante las palabras provocadoras o acciones de los demás.
Las relaciones familiares, de pareja o laborales se basan en la confianza mutua, y esa intimidad se ve erosionada cuando una persona es incapaz de mantenerse en calma ante situaciones conflictivas porque el descontrol emocional no solo afecta la dinámica del buen trato, sino que también genera un ambiente de inseguridad y tirantez, lo que dificulta cualquier tipo de resolución pacífica.
Afortunadamente, la calma es una habilidad que se puede cultivar y desarrollar a lo largo del tiempo, y existen diversas herramientas y prácticas desarrolladas científicamente a lo largo de la historia, que nos ayudan a mantener el control cuando las emociones amenazan con desbordarse.
Respirar profundamente y de manera controlada nos permite reducir la activación fisiológica asociada al estrés y recuperar la serenidad y técnicas como la respiración abdominal o el conteo de respiraciones resultan muy útiles en momentos de tensión.
Estas prácticas nos enseñan a estar presentes en el momento, a observar nuestras emociones sin juzgarlas y a desarrollar una mayor tolerancia al estrés. El mindfulness nos ayuda a tomar distancia de nuestros pensamientos impulsivos y responder de manera más equilibrada.
Cuando sentimos que la calma se escapa, detenerse y reflexionar sobre lo que está sucediendo favorece a ganar perspectiva, y en ocasiones, simplemente reconocer que estamos perdiendo el control es el primer paso para restaurarlo.
Evitar sobrecargarnos de tareas, aprender a delegar responsabilidades y gestionar nuestras emociones de manera más eficiente previene situaciones en las que nos sintamos desbordados o fuera de control, por eso, expresar nuestras emociones de manera clara y respetuosa, sin caer en la agresividad ni la pasividad, favorece el mantenimiento del control en situaciones conflictivas.
Tengo la fortuna de compartir mi espacio de vida con Lucas, el menor de mis cuatro adorados hijos, quien maneja con destreza y sabiduría el estado de la respiración a través de un programa creado por él: “Respira El Beat” y al asimilar sus prácticas y conocer de cerca este apasionante y útil tema, he aprendido que la calma no es la ausencia de emociones, sino la inteligencia de no dejarse arrastrar por ellas y a mi modo de ver, en esa capacidad reside el verdadero control.
Por eso: Calma, calma. Respira…











