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¿De qué bando me hablas?

Oct 18, 2025

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¿En qué instante de la historia alguien decidió que el mundo debía dividirse en dos mitades enfrentadas? 

¿En qué minuto de la conciencia humana nos convencieron de que para existir había que escoger un bando, levantar una bandera y señalar al otro como enemigo?

Desde que la humanidad comenzó a vestir de ideología sus intereses, la tierra se llenó de fronteras, de muros invisibles y de guerras que nunca pertenecieron realmente a los pueblos. 

Las revoluciones que prometieron libertad se transformaron en tiranías de pensamiento; los imperios que juraron orden se constituyeron sobre el miedo y las democracias que se creyeron dueñas de la verdad construyeron sus templos sobre la exclusión.

Así ha sido en Europa, en Asia, en América y en cada rincón donde el hombre creyó que podía dividir la razón como se divide un pan entre desiguales. El siglo XX, ese laboratorio sangriento de ideologías, nos dejó ruinas, dictaduras, cementerios y generaciones enteras que murieron convencidas de que matar por una idea era una forma de vivir por ella. 

Fascismo, comunismo, ultraliberalismo, populismos de todo color; etiquetas que cambiaron de nombre, pero no de esencia y todas, al final, bebieron de la misma fuente amarga del poder y del fanatismo.

Y en medio de ese eco global, Colombia también fue cayendo, gota a gota, en el mismo abismo. Nos enseñaron a desconfiar del vecino por su opinión, a odiar a quien piensa distinto, a mirar el país con el ojo miope de las consignas.

Nos encerraron en dos cajas polvorientas: una llamada “izquierda” y otra “derecha”. Nos dijeron que no había más opciones, que el amor a la patria debía medirse según el color del discurso o la inclinación del voto.

Pero la verdad, la más simple y la más profunda, es que ningún recién nacido llega al mundo con un membrete ideológico pegado al alma y nadie nace de derecha ni de izquierda. Nacemos con hambre de ternura, con sed de justicia, con la inocencia de quien aún no conoce los odios aprendidos, y luego, el mundo nos adoctrina, nos clasifica, nos polariza, y perdemos lo esencial que es, la humanidad compartida.

Colombia no puede seguir siendo el espejo deformado de esa división porque nuestro país no se construyó sobre doctrinas, sino sobre manos que labraron la tierra, voces que cantaron a la esperanza, comunidades que resistieron a la violencia con dignidad y con fe. Somos hijos de todas las sangres, nietos de los que sembraron paz incluso en los campos de guerra.

Hoy la nación entera está cansada. Cansada de las promesas rotas, de las ideologías que se reciclan para manipular, de los discursos que enfrentan a hermanos mientras los poderosos pactan en la sombra. 

Cansada de que nos dividan para distraernos, de que conviertan la diferencia en odio, y de que la política se reduzca a una pelea de sordos donde nadie escucha a la gente real, la que madruga, lucha, trabaja y sueña.

No somos de izquierda, ni de derecha, ni de centro, ni de arriba o de abajo. Somos simplemente colombianos, seres humanos con sed de paz, de equidad, de justicia social y de respeto. 

Somos una sociedad herida, sí, pero también viva; cansada de la guerra, sí, pero dispuesta a perdonarse, y no queremos ideologías de laboratorio: queremos dignidad. No queremos doctrinas que dividan: queremos manos que unan, porque el país no se redime con banderas partidistas, sino con valores humanos; no se reconstruye con gritos, sino con escucha y no se defiende con odio, sino con compasión.


Los que dividen para reinar, los que viven del conflicto, los que lucran del miedo, olvidan que la historia no los absolverá, porque Colombia no es un tablero de ajedrez donde los poderosos mueven fichas; es un territorio sagrado de almas que buscan abrazarse. 

Somos el resultado de un mestizaje inmenso, de una pluralidad que no cabe en las cajas ideológicas de quienes insisten en clasificarnos y ha llegado la hora de decirlo sin temor: no somos militantes del odio, sino sobrevivientes del desencanto y no queremos seguir siendo espectadores de una guerra entre absurdos y calculados bandos.

Queremos ser una nación consciente, madura, reconciliada con su verdad esencial, porque el único bando que merece existir y al que queremos pertenecer, es el bando de la vida.  

En estos tiempos de candidaturas vacías, de discursos inflamados y promesas recicladas, de manipulaciones retóricas que disfrazan el interés personal de causa patria, ha llegado la hora de poner fin al estruendo de los escandalosos, al teatro de los vanidosos y al espectáculo de los oportunistas que hacen del discurso una marioneta para mover los hilos de las conciencias. 

Colombia, nuestra amada y dolida Colombia, ya no aguanta más mentiras, más farsas, más manipulaciones ni más guerras inventadas desde los bandos del poder.

Colombia merece respeto, verdad y un país donde la palabra vuelva a servir a la vida, y no a los intereses de quienes se enriquecen con su eco.

Ni de derecha, ni de izquierda, ni de centro, arriba o abajo. De aquí, de Colombia, de esa misma que parió el amor que han refundido los habilidosos para usufructuarse del dolor, de las divisiones y el odio. 

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¿De qué bando me hablas?

Oct 18, 2025

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