Un espacio de información y libertad
Día del Periodismo. Celebrar no basta, hay que responder
Compartir
Celebrar el Día del Periodismo en el escenario actual exige algo más que aplausos automáticos, frases conmemorativas y homenajes de rituales que solo empobrecen aún más una de las profesiones más útiles para cualquier sociedad.
Exige, sobre todo, una revisión dificultosa del oficio, porque hoy el periodismo no enfrenta su mayor amenaza en la censura directa ni en la persecución explícita que aún existen, sino en una dilución peligrosa de su sentido, disfrazada de democratización digital.
Nunca antes tantas personas se habían autodenominado periodistas con tanta ligereza, ya que el surgimiento del espectro digital ha creado la ficción de que informar es lo mismo que opinar, de que tener una cuenta, un micrófono o una cámara equivale a tener criterio, y de que la formación profesional es un accesorio prescindible, casi un trámite azaroso, como si quienes pasaron por una universidad hubieran obtenido el título en una rifa comunal.
En ese ruido, el oficio se ha vuelto terreno fértil para los vivarachos: plataformas manoseadas, “medios” sin ética editorial, vitrinas personales usadas para ajustar cuentas, fabricar reputaciones o cristalizar intereses propios bajo la máscara de la información.
La pregunta entonces no es si hoy hay más voces, sino a quién sirven esas voces. ¿A quién sirve realmente nuestro periodismo cuando la urgencia por publicar es más fuerte que el deber de comprender?
Cuando la velocidad sustituye al contexto y la primicia reemplaza al rigor, el periodismo deja de servir a la sociedad y empieza a servir al ego, al algoritmo o al negocio. Informar primero no es informar mejor, y confundir rapidez con verdad ha sido uno de los errores más costosos de esta época.
Otra pregunta inevitable desagrada aún más: ¿cuántas verdades hemos callado no por censura externa, sino por conveniencia, miedo o comodidad? El silencio también informa, y muchas veces lo hace de forma perversa y callar por cálculo, por cercanía con el poder o por temor a perder privilegios no es neutralidad: es renuncia ética, porque cada verdad omitida erosiona la credibilidad colectiva y empobrece el debate público.
En algún punto del camino, además, dejamos de escuchar a la gente, desconociendo que el periodismo nació para dar voz a lo que no la tenía, pero hoy escucha con demasiada atención al poder, al aplauso fácil y a las métricas digitales.
Se informa pensando en el impacto, no en la comprensión; en la reacción, no en la consecuencia y de esa manera la agenda pública deja de construirse desde la realidad social y empieza a dictarse desde los intereses de quienes gritan más fuerte o pagan mejor.
Y aquí aparece una de las preguntas más urgentes de este tiempo: ¿qué estamos formando cuando informamos? ¿Ciudadanos críticos o audiencias dóciles acostumbradas a consumir titulares sin contexto?
Cuando el periodismo abdica de su función pedagógica, cuando renuncia a explicar y se limita a provocar, no forma ciudadanía: forma consumidores de escándalo, espectadores del conflicto, no participantes conscientes de la democracia.
El Día del Periodismo no debería ser una fecha para felicitarnos, sino para medirnos, porque si mañana se apagara nuestra voz, la de cada periodista, la de cada medio, habría que preguntarse con honestidad cruel: ¿quedaría algún rastro de dignidad, rigor y humanidad en lo que hoy llamamos periodismo? ¿O solo quedarían archivos de ruido, egos inflados y verdades a medias?
Ejercer el periodismo nunca fue fácil, pero hoy exige algo que no se aprende en redes ni se improvisa: formación, ética, carácter y responsabilidad social, porque no todo el que habla informa. No todo el que publica comunica, y no todo el que tiene un medio ejerce periodismo.
Celebrar este día, entonces, sólo tiene sentido si estamos dispuestos a defender el oficio de su caricatura, a distinguir la información del oportunismo y a recordar que el periodismo no existe para servir intereses personales, sino para servir a la verdad, incluso cuando incomoda, porque el periodismo no se mide por el alcance, sino por el impacto ético de lo que dice, y esa es una responsabilidad que no admite rifas, caminillos ni simulaciones.











