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El 2026, entre la incertidumbre que golpea y la esperanza que resiste

Jan 2, 2026

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Así comienza el año 2026: suspendido entre la incertidumbre que asfixia y la esperanza que se niega a morir. Un país entero amanece atrapado en un clima de zozobra alimentado por titulares repetidos, análisis alarmistas y discursos que parecen competir por ver quién anuncia con mayor dramatismo el colapso que según muchos ya tocó la puerta.

La incertidumbre económica golpea primero a Colombia y lo hace sin anestesia. El país cerró 2025 con un crecimiento que apenas alcanzó el 1,2 %, según estimaciones del Banco Mundial, una cifra insuficiente para absorber el desempleo estructural, reactivar el consumo interno y sostener la estabilidad fiscal de la Nación. 

Este desempeño contrasta de forma dramática con el promedio histórico de crecimiento colombiano, que durante las últimas dos décadas se ubicó alrededor del 3,5 %, y deja al descubierto una economía que avanza con dificultad, arrastrando profundas brechas sociales y territoriales. 

A este panorama se suma una inflación que, aunque mostró señales de desaceleración tras los picos registrados en 2023, cerró el año por encima del 7 %, impactando de manera directa el bolsillo de los hogares. 

De acuerdo con el DANE, más del 68 % de las familias colombianas vio deteriorado su poder adquisitivo, especialmente en rubros esenciales como alimentos, vivienda y servicios públicos, donde el alza de precios ha sido persistente y regresiva, castigando con mayor severidad a los sectores de ingresos bajos y medios.

Los alimentos, la vivienda y los servicios públicos siguen siendo el talón de Aquiles, porque el índice de precios al consumidor (IPC) revela que los hogares de menores ingresos destinan hasta el 52 % de su ingreso mensual solo a cubrir necesidades básicas y en este escenario, la narrativa mediática insiste en hablar de “catástrofe económica”, “recesión inminente” y “desplome del consumo”, reforzando una sensación colectiva de angustia que, en muchos casos, supera la realidad objetiva, pero no por ello deja de ser profundamente real en el ánimo ciudadano.

A esta presión económica se suma la incertidumbre política, toda vez que el 2026 marca la recta final de una contienda electoral decisiva, quizá una de las más polarizadas de la historia reciente. 

Según el Latinobarómetro, un gran número de colombianos considera que el país está “profundamente dividido”, y otro porcentaje afirma que la democracia “funciona mal o muy mal”. Las redes sociales, lejos de ser espacios de deliberación, se han convertido en trincheras donde la palabra es arma, el insulto argumento y la desinformación estrategia.

Nunca antes se había atacado con tanta ligereza, nunca antes la verdad había sido tan frágil. Estudios de la Fundación Gabo revelan que, durante los procesos electorales recientes, hasta el 42 % del contenido político viral contenía información falsa o manipulada y en este ambiente, el debate se degrada, la confianza se erosiona y la esperanza parece secuestrada entre bandos irreconciliables.

La incertidumbre también se extiende al plano internacional. Las decisiones de las grandes potencias económicas, militares y geopolíticas no son ajenas a Colombia y el recrudecimiento de conflictos armados globales, el aumento del gasto militar mundial (que superó los 2,4 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo – SIPRI) y las tensiones regionales colocan al país en una posición frágil y vulnerable, porque cualquier escalada bélica, sanción comercial o ruptura diplomática impacta directamente la estabilidad económica, la inversión extranjera y los sueños empresariales de miles de colombianos.

A esto se suman las tensiones con naciones vecinas y los conflictos diplomáticos que ponen en vilo relaciones internacionales fundamentales. El Ministerio de Comercio estima que más del 35 % de las exportaciones no minero-energéticas dependen de mercados regionales, lo que convierte la diplomacia en un factor crítico para el desarrollo y la generación de empleo.

Pero quizás la herida más profunda es la de la seguridad y el orden público, porque el país enfrenta un resurgimiento de dinámicas violentas que creíamos superadas. En 2025, los secuestros aumentaron en un 28 %, los ataques a la infraestructura crítica crecieron un 31 % y la extorsión se consolidó como uno de los delitos de mayor crecimiento, afectando a más del 22 % de los pequeños y medianos empresarios, según cifras de FENALCO.

La delincuencia organizada ha encontrado una rentabilidad asombrosa en el crimen. Grupos armados, fortalecidos financieramente, continúan imponiendo su dominio mediante el miedo, la extorsión y la violencia, profundizando la descomposición social y la sensación de abandono estatal en vastos territorios del país.

Y, sin embargo, en medio de todo esto, la esperanza persiste. Persiste porque Colombia es un país resiliente, porque, a pesar de todo, los ciudadanos siguen creyendo que el futuro puede ser mejor, según el Barómetro de las Américas. 

Persiste porque existe una fuerza interior, a veces inexplicable, a veces profundamente espiritual, que lleva a millones a creer en un Dios de justicia, en un tiempo perfecto, en una restauración que no llega por decreto, pero sí por perseverancia.

Hay esperanza en la convicción de que algún día la paz dejará de ser un discurso y se convertirá en realidad; esperanza en la posibilidad de convivir en medio de las diferencias ideológicas, entendiendo que pensar distinto no debe significar odiar al otro. 

Esperanza en alcanzar un bienestar verdadero, construido sobre la equidad social, donde no sea necesario castigar a unos para beneficiar a otros, sino crear oportunidades reales para todos.

El 2026 no inicia como un año fácil. Inicia como un año desafiante, crudo, exigente, pero también como un año que pone a prueba nuestra capacidad de resistir sin rendirnos, de analizar sin caer en el pánico y de creer sin cerrar los ojos a la realidad, porque entre la incertidumbre que golpea y la esperanza que resiste, Colombia sigue caminando, y mientras haya conciencia, fe y voluntad colectiva, siempre habrá una luz por pequeña que parezca, anunciando un nuevo día.

Esta reflexión con la que inicio mi editorial de 2026 no pretende tomar partido, ni atacar o favorecer ideologías políticas de ningún signo, porque no se trata de defender banderas, ni de señalar culpables convenientes; se trata, ante todo, de asumir la responsabilidad de analizar la realidad con rigor, sin sesgos políticos ni lealtades partidistas, y de estudiar las cifras con objetividad, sin endosarlas automáticamente a unos u otros.

El propósito, y lo que a mi juicio todos debemos hacer, es mirar el panorama completo, comprender el contexto, identificar los riesgos y reconocer las oportunidades, es decir, analizar con coherencia para entender el momento histórico que atravesamos, estudiar el sendero que tenemos delante y, desde la conciencia colectiva y la responsabilidad individual, decidir con claridad y madurez por dónde queremos caminar como familia y como país.

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