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El acaloramiento del poder, una patología del alma y una erosión de los vínculos

Jul 8, 2025

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El poder, entendido como la capacidad de influir, decidir y transformar realidades, constituye una de las fuerzas más delicadas que puede habitar en el ser humano.

Si bien en su forma más virtuosa puede ser canal de servicio, justicia y liderazgo lúcido, cuando se acalora, cuando se inflama con soberbia, vanidad o afán de supremacía, se convierte en una fuerza corrosiva que disuelve vínculos, distorsiona percepciones y degrada la conciencia.

El acaloramiento del poder no es un fenómeno repentino, sino un proceso progresivo de intoxicación emocional y cognitiva y en términos psicológicos, se trata de una disonancia entre la percepción del yo y la realidad objetiva de los otros.

La persona que cae en este estado pierde paulatinamente la capacidad de autocrítica, se encapsula en un narcisismo funcional, y empieza a valorar más la adulación que la verdad, más la apariencia que la coherencia ética.

Uno de los síntomas más devastadores de este síndrome es la erosión de las amistades genuinas. Aquellos vínculos construidos durante años sobre la base de la confianza, el respeto mutuo y el diálogo honesto, son reducidos a escombros en segundos por una palabra altiva, un gesto despectivo o una decisión abrupta tomada desde la arrogancia, porque, se impone el juicio unilateral, se impone el olvido, y con ello, una suerte de amputación afectiva que empobrece a quien la ejecuta.

Desde una lectura ética y antropológica, el acaloramiento del poder implica una pérdida del sentido de alteridad: el otro deja de ser compañero, consejero o aliado, y se convierte en amenaza, obstáculo o subordinado. Y es ahí, precisamente, donde empieza el descenso al vacío: un hueco oscuro en el que sólo resuenan los ecos de la autoafirmación, donde se apaga la sensatez y se glorifica la vanidad.

El entorno del poderoso enceguecido muta, deja de estar compuesto por voces críticas o amistades sinceras, y se rodea de aduladores estratégicos, de palmeros que no piensan, sino que aplauden. Y este aplauso permanente, que parece halagar, en realidad anestesia la razón por cuanto la mirada se vuelve turbia, el juicio se distorsiona y las decisiones se tornan erráticas, aunque el ego se vista de infalibilidad.

Según los expertos, desde el punto de vista neuroético, este fenómeno puede explicarse por una disfunción del circuito dopaminérgico de recompensa: el cerebro del poderoso adicto al elogio prioriza la gratificación inmediata del reconocimiento externo por encima de la reflexión profunda y el bienestar colectivo. De esta manera, el poder deja de ser un instrumento de gestión y se transforma en un espejo deformante que solo devuelve una imagen inflada del yo.

Pero todo acaloramiento tiene un costo y en lo humano, ese costo se expresa en el deterioro de los afectos, la soledad progresiva y la desconexión emocional. En lo social, se manifiesta en decisiones injustas, climas laborales hostiles y pérdidas irreparables de talento, legitimidad y cohesión, y es que el poder, cuando no se enfría con humildad, cuando no se regula con escucha, termina siendo una fiebre destructiva.

Por ello, todo ejercicio de poder debería estar sujeto a una praxis ética de revisión permanente: preguntarse no sólo qué se hace, sino desde dónde y para qué se hace. Recuperar el diálogo con quienes han estado allí en los tiempos de incertidumbre y siembra. Escuchar, sin filtros ni favoritismos, a los que no aplauden, pero sí advierten. Solo así se puede evitar que el poder se convierta en exilio interior.

El poder no debería medirse por cuántos obedecen, sino por cuántos permanecen. No por cuántos temen, sino por cuántos confían porque, el verdadero liderazgo no destruye puentes, los construye; no se rodea de sombras, sino de voces con luz propia.

Cuando el poder se ejerce desde la conciencia y la empatía, deja de ser una llama voraz para convertirse en un faro sereno.

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Jul 8, 2025

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