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El Infierno que Creamos
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El concepto de infierno ha sido uno de los pilares en las religiones y mitologías a lo largo de la historia.
Desde la antigua Grecia hasta las escrituras cristianas, el infierno ha sido descrito como un lugar de tormentos eternos, lleno de fuego, dolor y sufrimiento, reservado para las almas que, en vida, han cometido actos impíos.
Sin embargo, más allá de las representaciones tradicionales de este espacio infernal, existe una reflexión profunda que desafía estas imágenes, pues, a mi modo de ver, el infierno no es solo un lugar al que se va, sino un estado que vivimos cuando albergamos sentimientos destructivos como la envidia, el rencor, el resentimiento, la soberbia, la traición, la amargura, el pesimismo y las malas acciones hacia los demás.
Cada día, y sin darnos cuenta, creamos nuestro propio infierno, y no necesitamos ser condenados a un lugar lejano y ardiente, porque la condena puede estar presente en nuestra vida cotidiana, cuando nos dejamos consumir por pensamientos nocivos y acumulados de resentimiento, que van creando un crepúsculo lóbrego alrededor de nuestra existencia.
La envidia, por ejemplo, consume lentamente y al comparar nuestra vida con la de los demás, nos sumergimos en un ciclo interminable de insatisfacción, un sentimiento que no solo nos impide disfrutar de lo que somos, sino que nos deja atrapados en un estado de constante desdén hacia lo que no tenemos, deseando lo que otros poseen, creando una especie de fuego interno que nos corroe y carcome a fuego lento.
El rencor, la amargura y el resentimiento son otros elementos que alimentan este infierno personal, cuando no perdonamos, cuando nos aferramos a las ofensas recibidas o nos encerramos en una prisión emocional que nos impide avanzar, esas impresiones, que se van acumulando con el tiempo, se transforman en cargas pesadas, difíciles de soltar, que nos arrastran hacia una espiral negativa.
Cada pensamiento malévolo y cada reproche guardado actúa como una llama que arde en nuestro pecho, manteniéndonos anclados a un pasado que, aunque doloroso, nos resulta familiar y cómodo.
La traición, esa herida profunda en la confianza, también genera un infierno interior. Cuando alguien nos traiciona, el dolor que sentimos puede ser tan intenso que nos cierra al amor y a la apertura hacia los demás.
Por su parte, la desconfianza se instala, y construimos muros a nuestro alrededor, sin darnos cuenta que estamos creando un calabozo oscuro y profundo, emocional, que nos aleja de la paz, la calma, el raciocinio y la serenidad.
Las malas acciones hacia los demás y el daño que causamos conscientemente también avivan las llamas infernales y, cuando nutrimos el ego con actitudes egoístas, soberbias y destructivas, nos distanciamos de nuestra esencia originaria y nos arrastramos, cual reptil, hacia la negrura de nefastas decisiones.
Pero, ¿qué pasaría si reconociéramos que este infierno no es una condena externa, sino el resultado de nuestras propias elecciones internas? Si fuéramos capaces de liberarnos de las cadenas de la envidia, el rencor, el resentimiento y la traición, ¿qué tan diferente sería nuestra experiencia de vida?
El infierno que representa la culpa no es un lugar físico ni un concepto abstracto, sino un estado mental exaltado que surge cuando no asumimos nuestras responsabilidades o cuando nos rendimos ante el remordimiento y ese estado de tormento se instala de manera permanente en nuestro instinto como un lugar de auto-recriminación constante, donde la conciencia de nuestros errores se catequiza en una cárcel de gruesos barrotes que nos impide salir y avanzar.
Nos atormentamos por lo que hicimos mal, por las palabras o actos que no se pueden deshacer, y esa constante repetición de lo que debimos o no haber hecho, se convierte en un ciclo de sufrimiento que martilla y taladra constantemente hasta diezmar las fuerzas y el deseo de salir adelante.
Sin embargo, el verdadero infierno no está en la culpa en sí misma, sino en la incapacidad de asumir las consecuencias de nuestros errores de manera constructiva.
El sufrimiento innecesario ocurre cuando nos negamos a aprender de esas experiencias, a aceptar que cometimos un error y a tomar las decisiones necesarias para sanar, porque la culpa es un recordatorio de nuestra humanidad, de que somos seres imperfectos, pero es nuestra respuesta a esa culpa la que determina si seguimos en el infierno o si logramos salir de esas llamas que queman por dentro hasta incendiar el alma.
Podemos liberarnos de ese tormento y prosperar hacia una vida más plena y en lugar de ver la culpa como un castigo, podemos verla como una oportunidad para crecer, cambiar y reconstruir, permitiéndonos renacer desde las cenizas de nuestros propios traspiés, como el ave fénix que se eleva hacia el cielo después del fuego y las cenizas.
En lugar de esperar un escarmiento en un supuesto infierno eterno, podemos empezar a crear un paraíso aquí y ahora, en nuestro interior, dejar ir el rencor, ser conscientes de nuestros pensamientos y acciones, y cultivar la gratitud y el amor genuino son los pasos hacia la verdadera paz interior.
Solo entonces podremos comprender que el verdadero infierno no está en una atmósfera apartada, sino en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás, por lo que es nuestra responsabilidad elegir liberarnos de él, no en algún distante futuro, sino en el presente, mientras seguimos nuestro camino o permanecemos en este corto y fugaz suspiro de vida.











