Un espacio de información y libertad

expectativa

¿Humor o grosería?

Dec 15, 2025

Compartir

Se suele afirmar, con razón, que hacer reír es una de las labores más serias.

El humor no es un accidente ni una improvisación banal; es un ejercicio intelectual que exige observación, sensibilidad, análisis del contexto y una fina comprensión de la condición humana.

El verdadero humorista hila ideas, construye relatos y calibra los tiempos con precisión casi quirúrgica para provocar sonrisas, reflexiones o carcajadas que nacen del reconocimiento y no del agravio.

El humor tiene raíces recónditas en la historia de la humanidad. Desde las sociedades antiguas, cuando la risa cumplía una función ritual, social y crítica, hasta los bufones medievales que podían decir verdades incómodas sin perder la cabeza, el humor ha sido una herramienta de inteligencia colectiva. En manos de sabios repentistas, cronistas populares y analistas agudos, la risa se convirtió en una forma de resistencia, de pedagogía y de denuncia. Reír, entonces, era también pensar.

Es cierto que el humor puede valerse de frases insinuantes y dobles sentidos. Bien construidos, estos recursos apelan a la inteligencia del oyente y establecen una complicidad sutil entre quien narra y quien escucha. Cuando existe elaboración, contexto y talento, la insinuación no degrada: estimula el ingenio y enriquece el discurso. Pero esa frontera es frágil y no admite abusos.

Por ningún motivo puede aceptarse que el humor utilice las partes íntimas de mujeres y hombres como soporte para provocar risas, ni mucho menos que recurra a malformaciones físicas o condiciones diversas como materia prima de la burla. Esa práctica, lamentablemente habitual en algunos que se autodenominan “humoristas”, consiste en arrinconar a una persona por su condición, su cuerpo o su diferencia, para convertirla en blanco del escarnio colectivo. Eso no es humor: es un acto de violencia simbólica.

La situación se agrava cuando la mujer es utilizada como parapeto para insinuaciones sexuales burdas, reduciéndola a objeto y no a sujeto del discurso. Allí el humor deja de ser irreverente para convertirse en una herramienta de reproducción de estereotipos, de desigualdad y de desprecio. No hay ingenio en la humillación ni valentía en el ataque al más vulnerable.

Esta degradación del oficio revela, en muchos casos, la incapacidad de algunos para alcanzar el nivel de análisis que exige el buen humor. Ante la falta de ideas, se recurre a la grosería; ante la ausencia de construcción narrativa, se apela al golpe bajo. El resultado puede generar risas fáciles y efímeras, pero empobrece el lenguaje, deteriora la cultura y banaliza el poder transformador de la risa.

La risa auténtica, esa que reconforta, libera tensiones y fortalece el espíritu, no necesita humillar para existir. Nace del ingenio, de la ironía bien pensada y de la crítica que revela contradicciones sin destruir la dignidad humana. Defender esa forma de humor no es un gesto moralista: es una exigencia cultural.

Basta mirar la historia y el panorama internacional para comprobar que el humor de alto nivel es posible y perdurable. Agrupaciones como Les Luthiers demostraron que la risa puede nacer de la inteligencia, la música, el lenguaje y la ironía sin necesidad de recurrir a la grosería ni al desprecio. A ellos se suman figuras como Cantinflas, cuya crítica social se disfrazaba de ingenuidad brillante; Quino, que desde la viñeta construyó una sátira profunda y universal; Charlie Chaplin, capaz de hacer reír y conmover sin pronunciar una sola palabra ofensiva; Woody Allen, con su humor neurótico y reflexivo; y Eugenio, quien desde el silencio y la pausa probó que la economía del lenguaje también es una forma de elegancia.

Todos ellos confirman que el verdadero humor no necesita humillar para trascender: le basta con inteligencia, observación y respeto por el público.

En América Latina, tierra de contradicciones profundas y creatividad inagotable, el humor también ha sabido erigirse como una forma de pensamiento crítico y de resistencia cultural. Figuras como Roberto Gómez Bolaños (Chespirito) construyeron universos humorísticos basados en la ternura, la observación social y la sátira sin necesidad de la ofensa; Virulo y Carlos Ruiz de la Tejera en Cuba apostaron por la agudeza y la canción inteligente; Les Luthiers, aunque argentinos, dialogaron con toda la región desde la erudición y la parodia; y Fontanarrosa, con su pluma mordaz, demostró que se puede ser filoso sin ser vulgar.

Ellos, también evidencian que el humor latinoamericano, cuando nace del análisis y no del desprecio, tiene la capacidad de cuestionar el poder, retratar la realidad y dignificar la risa como un acto cultural de primer orden.

En Colombia, el humor ha sido también una causa social sostenida por la inteligencia y la palabra viva. Figuras como Luis Ferro, “Guachimán”, “Chucho el rústico” o “José Labriego” transformaron el humor popular campesino en un ejercicio de crítica cotidiana, cercano al pueblo y profundamente humano, apoyado en un repentismo ágil y una lectura certera de la realidad barrial.

Jaime Garzón, por su parte, llevó la improvisación y la sátira política a un nivel excepcional, convirtiendo la agudeza inmediata en una herramienta de conciencia ciudadana. A ellos se suma Montecristo (Roberto Gómez), quien desde el escenario y la televisión hizo del ingenio verbal y la reacción oportuna un arte de observación social, demostrando que el repentismo, bien entendido, no busca la ofensa, sino la risa inteligente que interpela y revela.

Daniel Samper Ospina, cuyas parodias, construidas desde la ironía fina, la observación aguda de la actualidad y el dominio del lenguaje, llenan teatros en Bogotá y en distintas regiones del país, confirmando que el humor inteligente, cuando se apoya en el análisis y no en la grosería, convoca, perdura y dialoga con una sociedad que sabe reírse de sí misma.

En estos y en otros afortunados casos, el humor no es evasión ni ruido fácil, sino palabra crítica, compromiso y una forma legítima de participación cultural, porque el humor, cuando es verdadero, eleva y cuando se vuelve grosería, delata su propia pobreza intelectual.

expectativa

¿Humor o grosería?

Dec 15, 2025

Compartir

Scroll al inicio