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La metamorfosis del candidato a mandatario
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Desde este medio que ahora dirijo evito tocar algunos temas de los que, con experticia se ocupan otros colegas; sin embargo, atendiendo la solicitud de algunos seguidores y lectores de mis editoriales, deseo hacer un análisis general sobre este argumento que, por el instante coyuntural en el que vivimos, vuelve a ponerse de moda.
En cada ciclo electoral reaparece una sensación conocida: las ciudades se llenan de promesas como si fueran afiches nuevos pegados sobre el mismo muro de siempre. Los candidatos recorren barrios, veredas y plazas con un libreto que parece renovado, pero que en el fondo conserva los mismos titulares de campaña: pavimentación, empleo, apoyo a los jóvenes, rescate cultural, turismo como motor, lucha contra la corrupción, seguridad con rostro humano, salud digna, educación como prioridad.
Y no es que esas banderas sean falsas en sí mismas, al contrario, son necesidades verdaderas, urgentes, sentidas; sino que la distancia entre lo que se proclama en tarima y lo que se ejecuta desde el despacho se ha convertido en una fractura peligrosa para la democracia, una especie de herida abierta que no termina de cerrar porque vuelve a rasgarse cada cuatro años.
A esa fractura es preciso llamarla «la metamorfosis del candidato al mandatario». Una transformación que no siempre ocurre de golpe ni por accidente, sino por un conjunto de fuerzas que empujan a quien llega al poder a convertirse en otra cosa: menos cercano, más calculador; menos promesa social, más contabilidad política; menos ciudadano en la calle, más operador en la oficina.
El candidato habla desde la expectativa. El mandatario actúa desde el poder real. El candidato seduce con posibilidades. El mandatario se enfrenta con límites. Pero el problema no es la existencia de límites, porque gobernar siempre será más difícil que prometer; el verdadero problema es cuando esa dificultad se convierte en excusa para traicionar lo esencial y cuando el poder no solo cambia el escenario sino también la conciencia.
Y hay un actor silencioso en ese tránsito que pocas veces se nombra con suficiente claridad: los estrategas que acompañan al candidato, esos arquitectos de campaña que no sienten la calle como la siente el ciudadano, sino que la leen como un laboratorio.
Ellos no escuchan para entender; escuchan para medir y no miran al pueblo como comunidad, sino como audiencia. Son fríos, minuciosos, a veces abiertamente maquiavélicos en su cálculo, y preparan libretos emocionales a la medida de lo que la gente necesita oír y no necesariamente de lo que la realidad permite hacer.
Con encuestas en mano y tablero en blanco, elaboran una versión del candidato que funcione como producto político: una mezcla exacta de cercanía, indignación y promesa. Allí se decide qué decir, cuándo decirlo, cómo decirlo y hasta qué gestos deben acompañar la frase correcta, porque no se trata de comunicación sincera, sino de ingeniería de persuasión.
Por eso tantos discursos de campaña suenan tan perfectos aun cuando son tan poco reales, porque han sido diseñados para tocar fibras específicas: la inseguridad del barrio, el desempleo del hijo, la tristeza por la escuela abandonada, la rabia ante la corrupción, la nostalgia de las fiestas culturales que se apagaron, la esperanza de que el turismo sí pueda levantar la economía local.
El estratega sabe qué duele y convierte ese dolor en argumento, pero muchas veces lo hace sin asumir la responsabilidad moral de lo que fabrica porque promete desde la boca del candidato lo que en el fondo sabe que no está sustentado, o lo que será sacrificado apenas llegue el gobierno real. Y el candidato, en esa lógica, termina prestando su voz a un guión que no siempre le pertenece del todo, ya que lo empujan a ser más lo que conviene que lo que es.
El ciudadano, entonces, deposita su confianza no solo en un plan, sino en una narración cuidadosamente producida de integridad y esperanza. Cree porque necesita creer y porque está cansado de lo mismo. Porque quiere que esta vez sí sea diferente. Y ahí empieza el drama: el candidato se presenta como una versión mejorada de la sociedad, con lenguaje de redención, “yo sí entiendo”, “yo sí voy a hacer”, “yo no voy a robar”, y en ese gesto se instala una promesa ética, no solo administrativa.
Pero llega el día después. Se guardan las tarimas, se apagan las caravanas y el despacho abre la puerta. Aparece la administración real: presupuestos ya comprometidos, deudas heredadas, contratos amarrados, burocracias inamovibles, presiones partidistas, cuotas, alianzas, favores que alguien empieza a cobrar.
E Inicia un nuevo lenguaje, más gris: ya no es “vamos a”, sino “estamos revisando”, “no hay recursos”, “es un tema complejo”, “la ley no lo permite”. Y aunque es cierto que la realidad administrativa impone condicionamientos, el problema es cuando esos condicionamientos se usan como pantalla para ocultar una cosa peor: la renuncia voluntaria a lo prometido.
Cuando el mandatario que gritó transparencia se rodea de los mismos clanes que juró combatir. Cuando el que habla de empleo termina contratando por favores. Cuando el que prometió cultura como prioridad reduce presupuestos culturales a migajas. Cuando el que se vistió de pueblo gobierna solo para su círculo y cuando el que condenó la corrupción termina repitiendo sus rutas, solo que con otro color de camiseta.
La metamorfosis, así, se vuelve amnesia del poder, el cargo parece borrar lo dicho y el electorado queda atrapado en el déjà vu de la decepción. ¿Por qué ocurre esto una y otra vez?
Porque muchos llegan al poder capturados por estructuras políticas que no son gratuitas; porque casi siempre, prometen sin sustento técnico, con el aplauso como objetivo y no la viabilidad; porque el poder cambia entornos y prioridades, alejando al gobernante de la calle que lo hizo; porque existe una cultura política del “todo vale” que normaliza la negociación de la ética; porque hay mandatarios que gobiernan pensando en la próxima elección y no en el presente de la gente.
Pero, sobre todo, porque esos estrategas que diseñaron la campaña también diseñan la excusa futura: preparan al candidato para ganar, no para cumplir; es decir, que construyen victoria, no gobierno. Y después, cuando ya no se necesitan promesas sino decisiones, desaparecen del radar o se reciclan en el siguiente aspirante, listos para repetir la misma fórmula.
La consecuencia más dolorosa de esta metamorfosis no es solo una obra inconclusa o un programa incumplido, sino el desgaste de la fe ciudadana; porque cada promesa rota alimenta cinismo: “todos son iguales”, “para qué votar”, “la política es un negocio”.
La democracia se debilita cuando el pueblo siente que su decisión no cambia nada y ahí nace una paradoja peligrosa: cuanto más descreída está la gente, más fácil es manipularla, porque el vacío de confianza suele llenarse con extremos, con mesías improvisados o con discursos de odio que ofrecen soluciones simples a problemas complejos.
Por eso, cuando estamos otra vez en época electoral, esta reflexión no es un ejercicio de pesimismo sino de lucidez, y no es para dejar de votar, sino para votar mejor; para no enamorarnos de la promesa sin mirar el sustento, para escuchar con la cabeza y con el corazón, sin que el corazón nos quite la cabeza.
Vale preguntarse con rigor: ¿de dónde saldrá el dinero para lo que se promete?, ¿quiénes rodean al candidato?, ¿qué ha hecho antes en su vida real, no en la tarima?, ¿promete lo posible o lo espectacular?, ¿explica el cómo o solo repite el qué?, ¿cómo reacciona cuando se le cuestiona?, ¿qué silencios esconde su discurso?, ¿qué tanto de lo que dice es convicción propia y qué tanto es libreto ajeno?
Elegir representantes del colectivo es un acto serio y no es un favor, no es un impulso, no es una apuesta ciega, es una memoria activa, es revisar lo que pasó ayer para no repetirlo mañana; recordar quién dijo qué, quién cumplió qué, quién cambió qué y por qué.
Pero, que haya metamorfosis no significa que todos se transformen para mal; también existen mandatarios que honran la palabra, que ajustan planes sin traicionar principios, que gobiernan escuchando y, para que estos sean la regla y no la excepción, la ciudadanía tiene que aumentar el nivel de exigencia, tiene que aprender a detectar cuándo le están vendiendo emoción en lugar de realidad, y cuándo un candidato es más producto de estrategas que proyecto de comunidad.
En esta nueva temporada electoral, la invitación es simple y lógica: escuchemos a los candidatos, sí, pero escuchemos también la estructura que habla detrás de ellos.
Miremos sus promesas y miremos más su capacidad de cumplirlas y no renunciemos a la esperanza; pero que sea una esperanza despierta, no ingenua, porque el candidato puede decir lo que quiera; el mandatario debe responder por lo que hace y el pueblo hoy más que nunca, tiene que reconocer esa diferencia antes de que para muchas comunidades sea otra vez demasiado tarde.











